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domingo, 14 de octubre de 2018

LA OSCURIDAD DE SIBILA


Vladimir Ryabchikov 

© Natalie Volkmar Ossa

La luna anunció la media noche. Se diría que habría muchas cenicientas despilfarradas entre los rascacielos de la zona adinerada aunque lejos del epicentro de negocios y discotecas de moda, la otra cara de la ciudad callaba... tan solo se oía el ronroneo del motor de un automóvil. 
Sibila desconfiaba. Se encontraba frente a su casa, en un barrio periférico donde familias sin hogar, vagabundos e indigentes, barridos por la policía del centro neurálgico, se amontonaban en torno a fogatas improvisadas. El aire olía a sopa, a sudor y alcohol barato.

Ángel Orcajo, La imagen permanente, 1989.
De pronto, una silueta blanca recortó la noche… era quizás un manto pesado que simulaba el tono grave de una ópera… o el suspiro de Wagner…, en cualquier caso, se desplazaba de forma sinuosa y discreta. 
Sibila tembló, permanecía al fondo de un callejón de basura donde los perros raquíticos deambulaban sin esperanza y no se escuchaba ni un solo ladrido al paso de aquello que parecía ser la túnica de un diablo vestido de ángel.
Encogida como un animal al asecho, la pequeña fijó su atención en el caminar cauteloso de aquella figura… apretó los dientes y aguardó. Al aproximarse, Sibila saltó enloquecida y con furia temeraria se abalanzó sobre ella, momento en el cual, por designio de los dioses -según Sibila-, la atmósfera se cubrió de plata.

Tronó. Aquel cielo -profundo océano contaminado, triste carretera de asfalto- se desquebrajó en grietas metálicas por donde comenzaron a caer extravagantes cantidades de agua y con ella, la silueta se escurrió entre sus dedos. 


Sibila, deslumbrada por la agilidad de aquella figura, la siguió fascinada con su mirada... Mientras, como si se tratase de una época lejana y mísera, la ciudad rompía en quejidos: los perros aullaban, los sintecho corrían despavoridos bajo la lluvia y las sombras se multiplicaban por las paredes al tiempo que sus dueños resbalaban como muñecos de trapo olvidados.



Los rugidos de la tormenta y el sonido afilado de un hombre que acariciaba la lluvia con su violín hacían bufar a los gatos y bailar a Sibila, que enamorada de tal noche tormentosa olvidó su vestido de niña correcta y se puso a ladrar magnetizada por la pantomima y las sombras que desprendía aquel muro del callejón sin salida.

Obnubilada por aquella persecución de rayos, sombras, perros y agua, la chiquilla se quedó petrificada bajo una farola que a cada parpadeo lanzaba chispas eléctricas impidiéndola distinguir la multitud de rostros que giraban como máscaras a su alrededor, entre ellas... aquella silueta… de túnica lisa y brillante… a cuyo paso la oscuridad agachaba su rostro.
Sí, esa noche Sibila era feliz, con sus pies menudos metidos en un charco de suciedad y barro, no atendía a las órdenes de su abuelo y seguía ladrando como una bestia a aquella pared habitada por seres de un mundo tan extraño como cautivador.

Inesperadamente, sonó el estruendo de un motor. La silueta blanca desapareció. Una fila de motos iluminó el muro frente al cual se encontraba la niña. Sibila paró de ladrar al tiempo que su mundo fantástico se desvaneció.  
Aquel foco que acariciaba el muro... silueta blanca y sinuosa... se fundió, quedando una pared insípida, despoblada de personajes, historias y emociones. 

La sesión de cine se interrumpió. El proyector se habría reventado por la lluvia. Los faros de las motocicletas de algunos vecinos alumbraban el paso al resto; unos regresaban a sus pequeñas casas de ladrillo, otros en busca de cubiertas y cartones secos para refugiarse. 
Sibila se aferró a la mano de su abuelo y juntos, bajo la lluvia, esperaron frente al muro con la esperanza de que el proyector volviera a activar su imaginación. 

La pequeña se resistía a volver a su rutina, siempre aburrida frente a esa diminuta ventana al mundo que le ofrecía el televisor donde muñecas maquilladas y repeinadas le intentaban enseñar los buenos modales de la vida. Ella no quería ser así, prefería viajar de la mano de su abuelo y de aquel manto blanco, ángel o diablo, pero capaz de descubrir ante ella mundos lejanos y desconocidos, tan reales o ficticios como ella.

Indefinidos años después, una mujer salía del cine y se alejaba entre los rascacielos, construcciones cada vez más corrientes, livianas y acartonadas que le parecían simples decorados de película. Subió a una buseta destartalada hasta llegar a su modesto barrio.

La luna comenzaba a entreverse, aceleró el paso. 

Poco antes de abrir la puerta de su humilde casa y con los mismos ojos vivaces de Sibila, volteó el rostro hacia el callejón que utilizaban los vecinos en su infancia para proyectar películas al aire libre sobre aquel muro.


Oswaldo Guayasamín
Fotograma a fotograma reconstruyó aquella escena lluviosa hasta quedarse dormida en su recuerdo. La luna marcó sobre la colina la medianoche. 

Observó las luces de los rascacielos que con tanto orgullo y cinismo gobernaban su ciudad…, su familia vociferaba para que preparase y sirviera la cena. 

Guardó silencio y esbozó para sí una pausada y delicada sonrisa. Así era, ir al cine se había convertido en su refugio clandestino. 

Ese era su único y gran secreto: después de largas horas limpiando el interior de aquellos rascacielos, cada atardecer compraba una entrada para sumergirse, entre la realidad y la fantasía, en la oscuridad de Sibila...


viernes, 5 de enero de 2018

LOS REYES MAGOS, PASAN DE LARGO




Aportar el nombre y apellido de quien se habla a veces puede resultar poco discreto y carente de exactitud en caso de que su perfil represente un alto porcentaje de la población ya que podría interpretarse que hablamos desde la excepción, cuando mi intención es hacerlo desde la colectividad. Omitiré este tipo de datos a fin de reflexionar con las palabras y la imagen que me aportó un joven, quien a pesar de lo solo que se encontraba, me hizo sentir que le acompañaban muchos como él. 

El reloj de la Puerta del Sol marcó la madrugada de un 5 de enero. El chico permanecía cabizbajo sobre uno de los fríos bancos de la plaza Colón. La luz tenue de la noche y el espacio desértico difuminaban su cuerpo que parecía ser una estatua de piedra olvidada por el museo arqueológico colindante. 
Estaba sólo, desaliñado y envuelto en su abrigo de plumas. Su rostro, oculto bajo la capucha y desdibujado por la bruma, parecía no existir. Agazapado entre su cuello y unos cuantos papeles no se cansaba de escribir con el desenfreno de quien toca una melodía apasionada al piano. 
El viento gélido borró su expresión de adolescente y agrietó sus delicadas manos que comenzaban a abrir heridas.
No era la primera vez que se pasaba la noche escribiendo bajo una farola, había encontrado en la palabra un aliado para dibujar en la atmósfera aquellas ideas que tanto le prohibían pintar sobre las paredes de los edificios.
A cada garabato desataba con furia una ráfaga de palabras hasta esculpir una imagen ilegal y prohibida:

“En mi ciudad, los reyes magos no existen…no lo digo yo, lo dicen sus discursos. Si fueran magos (o sabios) sus palabras serían originales, se saltarían un protocolo casposo, lucharían contra la desigualdad social y no respaldarían al gobierno que la fomenta. 
Se dirigirían al pueblo como iguales, sentirían vergüenza mostrando la puesta en escena de su riqueza mientras la gente no llega a fin de mes y va perdiendo su vida con interminables jornadas que les impide pagarse una casa.
Si fueran magos no permitirían los desahucios, que los viejos malvivan con una ínfima pensión, que las mujeres todavía tengan que prostituirse o que los bancos roben a la gente humilde. 
Para qué engañarnos, nuestros reyes tan sólo perduran como una lejana tradición, ya ni siquiera son ilusión, de ahí el culto a la lotería… simplemente están en nuestro imaginario como la figuración del pesebre, cómo pedirle magia a unos juguetes”. 


Pronto comenzaría a amanecer -pensó-, debería callar este tipo de pensamientos inapropiados y contentarme con mascar un par de dulces navideños baratos del super mientras mi madre se gasta su sueldo del mes en darnos regalos, convencida de que serán el antídoto contra tanta mirada que, según ella, vaga drogada de tristeza por el barrio. Claro que ese será un breve consuelo comparado con los perfumes, joyas, príncipes, princesas, coches o carruajes de alto standing y espacios de lujo protagonizados por otras glamurosas figuras de porcelana que desfilan por la vitrina de la santa televisión, escaparate de hadas madrinas. Cómo no querer hacer un grafiti sobre la pantalla del televisor…


Antonio Berni, Los Maniquíes vivientes, 1975.

Pero aquí seguimos, “Felices Fiestas y Próspero Año Nuevo” -se dijo-, cada año bajo el mismo eslogan, sumidos en una cápsula donde todo brilla menos nosotros que seguimos deambulando bajo una densa penumbra convertidos en una masa insustancial, sin rostro, imperceptible, que se dirige en bloque a los comercios para comprar un gramo de felicidad. Pero sólo nos venden eso, un gramo, un envoltorio hueco, un engaño de promesas perdidas en el sueño de una eterna espera. Porque, francamente, todos sabemos que el próximo año seguirá la misma espiral: corrupción, recortes, despidos, contratos basura, una precaria economía que desembocará en peleas familiares, divorcios, niños que no ven a sus padres, adolescentes que no tienen con quien hablar… alcoholismo, droga, soledad, violencia... Es más, suena tan cotidiano que ya ni siquiera nos impresiona, forma parte de nuestra rutina.


Antonio Berni
El móvil sonó, era su madre. Su rostro recobró vida, sus ojos, de un verde esmeralda saltaron como chispas tras quitarse la capucha, y con voz suave y tierna prometió volver a casa. Al colgar, el muchacho sintió una profunda nostalgia mezclada con una agria vergüenza de haber escrito todas esas cosas. 
Al fin y al cabo la navidad era el único momento en el que veía sonreír a su madre y a su abuela, y sí, evadirse en estas fechas era igual que esnifar una espumosa droga y bailar abrazados una milonga al son de los reyes magos. 
Iría a comprarle a su madre unos dulces en una fina pastelería y le daría un beso nada más llegar. Colocaría los regalos para su hermano, su abuela y su madre junto al pesebre y le escribiría una carta a su padre… allí donde estuviera... 

No podía defraudar a su madre y contarle que los reyes no existen, que para conseguir tener “Paz, Salud y Felicidad” primero hemos tenido que luchar contra la desigualdad social, contra un gobierno que nos desprecia, nos roba y humilla. 



De qué modo explicarle a su madre que la lucha luce más bella que la navidad, que rebelarse contra la opresión y reivindicar nuestros derechos es más gratificante que la espera. Y que ahí donde hay lucha siempre está la magia de poder convertir la utopía en realidad.  
Pero cómo iba a entenderlo su familia si desde pequeños les habían contado siempre la misma milonga: paciencia, bondad y decencia, ante todo decencia... 

El chico se dirigió pausadamente hacia una papelera, tiró cuidadosamente sus escritos y se dio media vuelta.
A paso lento cruzó la calle Serrano, poblada de ostentosos escaparates decorados con deshumanizados maniquís cuyas miradas impertérritas atravesaban con indiferencia el cristal.

Bajó las escaleras del metro y esperó largos minutos dentro de aquel túnel inhóspito y desangelado que parecía conducirle al infierno. Al entrar en el vagón comprendió, una vez más, que con tanto culto a un capitalismo maquillado de tradición, por mucho grafiti y rap… su vida, siempre seguiría igual.


Antonio Berni, Desocupados, 1934.

                                                                                                                          

viernes, 20 de octubre de 2017

LA BANDERA, EL BESO DE JUDAS...




Käthe Kollwitz, 1910.




Era una mañana de domingo, de esas que despiertan tanta nostalgia entre los madrileños de antaño al recordar su vermut al aperitivo, el jolgorio y el carácter de las guapas melenas de las gitanas vendiendo en el rastro. O la cuesta de antigüedades con sus espejos, tocadiscos y cámaras fotográficas, todos aquellos trastos amontonados, claro, entre bares repletos de avivadas charlas mientras las palomas circulan por un suelo revestido del festín de pipas, golosinas o aceitunas. 


Mark Rothko, 1968.
Llegado el mediodía, María, con sus noventa años y en compañía de su agraciado perro, salió a pasear como de costumbre hacia su bar de rigor.
Se sentó en su mesa al aire libre, no sin antes haberse detenido en el kiosco a comprar el periódico, y pidió aquel vermut que tanto le recordaba a cuando era niña y que olía tras la barra mientras sus padres entre amigos se deleitaban de ronda en ronda.

Su fiel compañero, tumbado sobre sus pies, la protegía del aire frío de la calle mientras ella pasaba con cierta dificultad las hojas de aquel aparatoso periódico. Cada vez le costaba más forzar la vista con la letra pequeña, decididamente prefería mirar a su alrededor.

Levantó aquellos ojos traslúcidos, de párpados ya cansados, y empezó a distinguir sobre los balcones un desfile de repetidas banderas del color de su país; color sol, color vermut. 
Allí estaban; tendidas, enfiladas, impolutas y desafiantes, tiesas en las ventanas de sus vecinos.  

De pronto, como si estuviera frente a un espejo de una de aquellas míticas tiendas de antigüedades, su rostro difuminado se tornó sepia, regresó a la infancia. Allí permanecía, rígida y clavada en el asfalto de esa misma calle agarrada a la mano de su madre mirando perpleja los edificios bombardeados.

María recordaba bien aquella imagen dantesca, fue entonces cuando ya a los siete años comenzó a desconfiar de los políticos. Le parecía todo la misma historia, le habían dicho que dios existía sin embargo, el cura no lograba dar una explicación coherente de por qué ese dios tan misericordioso permitía que la gente muriera bajo los escombros y se denunciara entre ella.

Al acabar la guerra le habían dicho que los “rojos” eran monstruos pero nadie le aclaró por qué los franquistas durante la Guerra Civil habían ordenado los bombardeos intencionados sobre la población civil llenando la ciudad de miedo, cadáveres y dolor.


Käthe Kollwitz, (1921-1922).
Un desagradable escalofrío recorrió su cuerpo. Dejó el vermut sin llegar a sentir siquiera un trago de dulzura, sus ojos se aguaron. Aquella fila de banderas distintivas y amenazantes entre vecino y vecino había avivado en ella recuerdos adormecidos o, quizás, anestesiados por el tiempo.

Revivió cómo en julio de 1936 los golpistas se apropiaron de la actual bandera y del término “España” para, a través de una avalancha de eslóganes que incluían el resurgimiento de una España unida, católica y patriótica, justificar el golpe de Estado al gobierno de la II República.


Le parecía sarcástico que fuera justo bajo el culto a esta luminosa e inofensiva bandera que se lograra sembrar el terror y la represión que tantos españoles sufrieron durante el franquismo.


Sí, María era muy consciente de que los tiempos cambiaban, que se lo digan a ella que recibió con asombro los aires frescos de mayo del 68, el final de la dictadura y el despliegue de libertades de la movida madrileña. No obstante, no dudaba… tenía aquella certeza que dan los años vividos, sabía que un gobierno que infunde el miedo, engendra el odio e incita a la gente a ondear la bandera contra un enemigo señalado, no cuida ni quiere a su población. De lo contrario, jamás la arrastraría a una ruptura entre familias, vecinos o naciones.  

Käthe Kollwitz, (1921-1922)
María, que se había acostumbrado a hablar en silencio consigo misma, aquel domingo, ante la portada del periódico que anunciaba las últimas noticias sobre el conflicto con los independentistas de Cataluña, se preguntaba cómo iba a creer en la política si dentro de un tiempo -cuando la cúpula de ambas partes decidiera, a puerta cerrada, pactar con un fuerte apretón de manos- el daño y el rencor entre la población ya sería irreversible.

Acarició afligida a su perro. Le parecía mezquino que unos dirigentes políticos, de un bando o de otro, se escudaran en las banderas como discurso ocultando otras muchas intenciones políticas, por cierto -ya se podía imaginar- nada patrióticas.


Se apoyó en el bastón para levantarse con la lentitud de su edad y se alejó dejando el periódico sobre la mesa que con la brisa del otoño fue desperdigando sus páginas por el asfalto.

Claro que será una cuestión de fragilidad… dicen que los años vuelven más sensibles a las personas y que, como los niños o los borrachos, los viejos acaban diciendo sin temor las verdades. 

Y es que tanta bandera da que pensar… no vaya a ser que retrocedamos de la dulce y rabiosa movida madrileña, a la rigidez y al control de un nuevo fascismo oculto tras la bandera, ya sea de aquí o de allá, adaptado -claro está- al nuevo siglo, con discursos más modernos, más europeos…

Edvard Munch, 1894.


miércoles, 28 de junio de 2017

LA CULPA




El golpe que sintió al caer sobre el asfalto le dejó semiinconsciente durante unos largos segundos. El cuerpo le temblaba. El hueso de su rodilla parecía haber estallado en astillas, como un puzle desecho o una roca convertida en arena. Al instante, pudo sentir los tendones de su pecho como las cuerdas reventadas de un arpa.
Tendido en el asfalto imaginó la ridícula imagen que estaba dando: un toro moribundo boca abajo. La bicicleta que le había atropellado se esfumó como un fantasma. 
Le costaba incorporarse con sus 85 kilos y prominente barriga pero su orgullo le podía más que el agudo dolor que sentía. La gente le observaba recelosa. Se levantó sin ayuda y buscó refugio en el bar de enfrente.

La luz de neón y la barra metálica del bar le deprimían, se sentía en la morgue si no fuera por el sonido de la televisión. Le sirvieron un botellín caliente. A menudo, en su juventud, había ingerido grandes cantidades de cerveza caliente así que no le incomodó. 
El primer trago le recordó a su pueblo, a la cantina de sus padres donde frecuentemente les cortaban la electricidad y no había nevera para enfriar las bebidas.
El sabor oxidado de la cerveza le servía de bálsamo; recordar sus primeros diecisiete años de vida, borraba por momentos las impurezas de su alma.

Su piel morena estaba adornada con unos claros ojos verdes que parecían ser un río atravesando un profundo bosque misterioso.
Recordó la pequeña iglesia de su pueblo, las frutas, canastos y verduras de los tenderetes del mercado y el olor a ganado cada vez que caminaba bajo la lluvia por las calles sin asfaltar...

Eduardo Kingman, Alba de Sangre, 1967.
Se fijó en las cucarachas negras que permanecían clavadas con sus antenas en los rincones de las baldosas del bar, prácticamente no se habían movido desde su llegada. Ese negro metálico de la cucaracha siempre le había generado inquietud. Le parecía un insecto abúlico y sucio pero por otro lado, le resultaba sobrenatural y elegante con esa textura casi galáctica. Quizás por ello llevaba tatuado un escarabajo negro en su pecho. Aunque más bien era porque le recordaba al uniforme de las fuerzas especiales de su país, muy similar a la apariencia del escarabajo. Esa imagen le fortalecía.

Le quedaban siete horas para su vuelo. Debía regresar al hotel y dormir un par de horas. El cuerpo seguía adolorido pero prefería pensar que no se había roto nada, no podía ir a urgencias ni perder aquel vuelo. De hecho, su paso por Madrid no debía ser visible, esa fue parte de la condición del encargo.


Se dirigió a su hotel frente a la estación de Atocha. Las habitaciones se alquilaban por horas a prostitutas que subían con clientes poco visibles. Eran habitaciones sórdidas, oscuras y frías con un pronunciado tufo a tabaco, alcohol y sudores corporales. Encendió la televisión y se tumbó adolorido sobre la colcha, que aun conservaba el hedor a colonia barata del anterior cliente.

Le gustaba ver las noticias aunque nunca llegó a conmoverse con los sucesos, desastres naturales o guerras. Tampoco se interesaba por la política, le parecía un negocio más cínico que el suyo. No votaba ni tenía ideología alguna, sólo creía en el dinero.

Una noticia internacional captó su interés. La esperaba. Se había hallado el cuerpo sin vida de un reconocido líder sindical desaparecido semanas antes. 
Conocía mejor que nadie ese suceso y tampoco le hacía parpadear. Había sido una orden y él se había limitado a cumplirla. 
Lo reconocía,  era uno mas de los muchos que trabajaban por dinero sin pensar.
Aun así, le gustaba aferrarse a su cruz de oro que colgaba delicadamente sobre su tosco pecho. Podría volver a su rutina en un par de semanas, cuando hubiera pasado el revuelo inicial de algunas organizaciones pro derechos humanos. Afortunadamente -pensó- la prensa olvida en unas horas esos pequeños y cotidianos sucesos.

Como si se tratara de un rosario, le daba vueltas a su cadena de oro mientras ensimismado, escuchaba la noticia…Sólo había una cosa que sacudía su frialdad y era no sentir el peso de la culpa. Le habían entrenado bien, pero ese estatus de soldado domesticado y robotizado no dejaba de producirle cierta incomodidad con el paso de los años. Veía en él a un alma muerta que ejecutaba sin preguntar, un idiota al fin y al cabo.  


Eduardo Kingman
Le disgustaba imaginar cuál sería el rostro de la viuda del sindicalista y de su hija. 
Las veía a las dos, entrelazadas como animales indefensos, calladas por su tristeza y condenadas al olvido.  
Sin embargo, le irritaba mas aun imaginar a su jefe de la alta sociedad con su traje impoluto y perfume caro, acompañado de su mujer e hijos dándole el pésame a la viuda y a la pequeña, que suponía, no iban a estar muy convencidas de su sinceridad. 

¿Sentiría su jefe el peso de la culpa tras haber dado la orden?

Su condición de ejecutor, sicario, paramilitar, escarabajo o más bien, simple cucaracha prescindible era, principalmente, no sentir, no pensar, no hacer preguntas. 


Pero no dejaba de resultarle extraño que gran parte de la población tampoco hiciera preguntas, que siempre acabara creyendo la más inverosímil versión oficial, muy a menudo, respaldada con ahínco por los principales medios de comunicación.

Sus jefes seguían desfilando con el paso de los años por las revistas del corazón, por los actos oficiales, las fiestas de la alta sociedad, los congresos de empresarios, las reuniones políticas y, sin embargo, la sociedad seguía confiando en el caché de su apariencia, deslumbrada quizás por el brillo de sus zapatos, la finura de los vestidos de las esposas o el carmín de sus amantes, como él estaba deslumbrado con el color excéntrico del caparazón de las cucarachas.

Apagó el televisor. Cogió el pasaporte que le tocaba esta vez y pensó que pronto dejaría su trabajo, otros más jóvenes presionaban para sustituirle.


Oswaldo Guayasamín, Madre y niño, 1992.


El avión despegó al tiempo que disminuía el dolor de las contusiones de su caída. Desde lo alto, observó lo que durante días fue su ciudad escondite,  una maqueta insignificante tapizada por las nubes.
Una vez más su trabajo fue fácil e impecable, se esfumó como un fantasma, tal como lo hizo el ciclista que horas antes le había atropellado y al cual jamás vio la cara, como tampoco llegó nunca a ver los ojos de aquel sindicalista al cual disparó.





Todo salió y se enterró según lo previsto. Y lo único que le incomodaba, la imagen de la viuda y de su hija, se evaporó en el olvido de algún remoto pueblo de las montañas donde permanecen agazapadas con su recuerdo.

Sus jefes continúan alardeando de su pulcritud y honorables principios mientras parte de la población, una vez más, confía en la falsedad de sus abrazos...o quien sabe, quizás, simplemente aceptemos su hipocresía.


domingo, 26 de febrero de 2017

INVISIBLE



Oswaldo Guayasamín


Le daba miedo el vacío... no era la nada, ni la oscuridad o el silencio lo que tanto vértigo le provocaba. Tampoco la muerte, pensar que algún día sería una invisible partícula que vagaría entre vientos del cosmos no le asustaba, más bien le agradaba la idea de ser una libélula gravitando entre estrellas.
Que alguien la echara en falta no lo esperaba, sabía que nadie la quería, ni ella misma lo hacía. En cierto modo eso le aliviaba,  no tener por quien encariñarse a una vida que vislumbraba cada vez más corta. Lo que sí le generaba un profundo vértigo era aguantar el paso de las horas, tan lentas…
A través de su ventana, un agujero alargado en el tabique por donde apenas podía respirar, intentaba romper la claustrofobia que le provocaba vivir en aquel bajo, tan frío e inhóspito.

Admiraba y envidiaba con desazón la vida que desprendía el resto del mundo. Parecía que la única farola fundida en la ciudad estaba en su pequeña habitación, con aquella bombilla colgaba del cable desgastado y mustio. 
Quizás la única mota opaca entre los viandantes era su propio cuerpo o quizás, ya se había convertido en una diminuta partícula que viajaba al retorno de sus días entre los tristes vagones del metro.
Pasaba largas horas en aquella habitación insípida, más horas que sus años que tan sólo eran 22, de hecho, sus momentos más placenteros, si podía llamarlos así, eran sus viajes en esos desangelados vagones de metro entre desconocidos. El que la gente cabizbaja únicamente fijara su atención en sus móviles la permitía observar tantos rostros e imaginar tantos estilos de vida que sentía estar ante una pantalla de cine.


Oswaldo Guayasamín
Los fines de semana las risas y el barullo de la calle que rondaban la ventana de su habitación la atormentaban. Sólo veía filas interminables de zapatos invadiendo su habitación sin tan siquiera fijarse en su presencia. Se sentía escupida. Estiraba sus dulces y frágiles dedos a través de los barrotes de su asfixiante ventana para ser invitada o tan solo para ser partícipe del aire fresco que respiraban aquellas personas.  

Era tímida y a pesar del tiempo que llevaba en España no dominaba el lenguaje coloquial, menos aún la jerga. Tampoco tenía dinero con el que pagar algunos minutos de compañía en un bar donde poder hacer amigos. Hubiera querido conocer a alguien de su edad para no deambular sola por las calles o bares, su timidez no se lo permitía y menos aún la educación que había recibido. Aunque tampoco hubiera podido mantener una amistad; hablar de su vida era avivar el vacío...

Le disgustaba los constantes vómitos de los borrachos sobre su ventana en verano, era un olor que se quedaba días impregnado en su colchón. Los gritos estruendosos en la madrugada y las botellas golpeadas contra el asfalto emergían como seres desfigurados, demonios que se burlaban de su miedo. Nunca lograba ver el rostro de aquellas voces cuya brutalidad le recordaba a los gritos de los militares.

Así es, estaba vacía, solo le quedaban aquellos recuerdos que acribillaban su pecho como cristales para devolverle el reflejo de un pueblo perdido, enterrado bajo los escombros de sus casas, un desierto donde tan solo parpadeaba su recuerdo como un quejido.
Pronunciaba la palabra muerte sin temblar, como si se batiera en un duelo. Era incapaz sin embargo, de nombrar aquello que la muerte se había llevado consigo, únicamente esperaba que el paso de los años la convirtiera en aquella libélula que gravitaría en el espacio junto a los suyos.

Oswaldo Guayasamín
Le gustaba poner velas en su habitación para recordar su infancia, y que lejos quedaban aquellos años en los que podía cobijarse al calor de la chimenea y escuchar el crujido que desprendía la leña. Cómo le gustaba distraerse con la infinidad de figuras que perfilaban aquellas llamas al bailar como diosas.
Su pasado se detenía allí, junto al olor de los dulces recién hechos, protegida por las caricias de su madre; y allí moriría su presente, entre los brazos de su pasado.

No quiso decirnos su nombre pero por su dolorosa mirada podría llamarse Palestina, aunque podría tener los ojos miel de Siria o guardar el silencio de las víctimas de Colombia…

La conocemos a través de muchos rostros, el suyo se oculta tras los barrotes de una habitación vacía donde pasa sus largas horas como una estatua fuera de lugar, congelada en el momento en el que fue esculpida y deseando tan solo ser derretida por el calor de su infancia.   

viernes, 13 de enero de 2017

ESPEJO NOCTURNO



© Natalie Volkmar Ossa

He olvidado ya su nombre aunque su apodo de joven era Narciso. Su nuevo mote lo desconozco pero sí tengo grabada su imagen con el detalle de una calcomanía.
Recuerdo sus ojeras como profundos surcos donde navegaban las cenizas de su amargura. Sus ojos, hundidos en dos agujeros vacíos, sugerían túneles tenebrosos que conducían al calor del infierno. Su rostro, opaco y frío, desprendía una constante turbación.  Si bien, mantenía con ahínco la mirada fija a las personas a fin de ocultar la languidez y cobardía de su alma. En eso aún le quedaba un retazo de valentía o quizás, más bien de orgullo.

La línea de su boca había desaparecido por el silencio de tantos años, aquel mutismo que ahogaba cada noche en alcohol y drogas había convertido su rostro en un áspero cascarón de ojos asustados. Y su piel, una sucesión de pliegues que se enterraban en fangos,  arrugas o grietas de arcilla seca. 
Apenas vocalizaba, le costaba encontrar las palabras y armar de seguido más de una frase. Ese tartamudeo inesperado le desquiciaba, ponía en evidencia su inseguridad y subrayaba su baja autoestima, no recordaba cuando apareció. Tampoco recordaba en qué momento comenzó a detestar la soledad, quizás en el instante en el que se sintió marginado en su propia ciudad. Esa sensación de desarraigo y desencanto le impulsaba a deambular cada minuto de vicio en vicio. 

Ocultaba la hipocresía y flacidez de su rostro bajo el humo de su cigarro que lograba desprender cierto enigma, más aún bajo la luz tenue de los locales nocturnos. Se dejaba adular de todo tipo de mujeres capaces de subirle el ego y se refugiaba entre sus piernas como un pequeño animal. Las prefería a ellas, los hombres le provocaban unos celos feroces que lograba disimular, no sin cierto cinismo.

Nada le saciaba. El ritmo del consumo de los vicios más morbosos se sucedían como su único bálsamo. Nada le quitaba el vacío. La ansiedad se incrementaba. Su humor se tornaba agrio y ácido como el aliento y sudor que desprendía. Sus extremidades habían empequeñecido, cada día menguaba más a medida que su egocentrismo crecía. Tan sólo se preocupaba de encubrir como un volcán su resentimiento bajo los efectos de las drogas o apaciguarlo con su cigarro, fiel compañero convertido en cenizas, como todo aquello que le rodeaba.

Anochecía. La percusión que producían las gotas de lluvia sobre el tejado le incitaron a mirar por la ventana. Encendió su pitillo. La buhardilla estaba repleta de ranuras por donde se filtraba el viento helado. Tenía los pies fríos y el estómago vacío, debía cenar algo antes de salir, con la edad su estómago se había vuelto frágil y el alcohol cada vez le provocaba más ardores.
La lluvia caía con brusquedad mientras él fumaba compulsivamente.
De pronto la presencia de un extraño en la ventana de enfrente despertó su interés. Nunca antes había reparado en él, solía gustarle observar a personas desconocidas que no se percataran de su presencia. Tenía esa capacidad de pasar desapercibido y sabía aprovecharla, aunque no sería sincero si no reconociera que le resultaba desgarrador ser un hombre tan insignificante que a los ojos de los demás fuera invisible.
Observaba con atención cómo el joven muchacho del piso de enfrente sí era de aquellos que atraía las miradas con aquel magnetismo que él no tenía. El joven  se movía con la agilidad de un acróbata, tenía la musculatura fibrosa, los cabellos rebeldes de alegría y una mirada que irradiaba vigor. Le disgustaba. Compararse con aquel veinteañero le producía un malestar que le agujereaba el estómago y mareaba el alma. A fuerza de perfilar su egoísmo había conseguido que ninguna emoción incómoda perturbara su ánimo pero aquel muchacho, delgado y menudo como él, había conseguido despertarle un sentimiento ya olvidado, la añoranza. Efectivamente, aquel joven entusiasta que desprendía tanta frescura le recordaba a él treinta años atrás; el mismo ímpetu, la misma gracia.
Su mirada estaba presa en la ventana, hipnotizada con aquel desdoblamiento en el tiempo. 

Ángel Orcajo, Símbolo amenazante, 1973. 
Repentinamente vio su reflejo en el cristal. No se reconoció.  Tenía ante sí un rostro angustiado, quemado de vicios y derrotado de ansiedad. Mientras el joven encarnaba la primavera, él era un enfermo e impenetrable invierno.
Pensó en aquel retrato de Dorian Gray, ¿se habría convertido en un rostro podrido, trazado por su mala vida? Para qué negarlo, había sido vicioso, traidor, mezquino, mentiroso, trepa, infiel, manipulador, había disfrutado con el mal ajeno, había sido vil, cruel…pero y ¿quién no lo había sido alguna vez? Aun así, desdoblado en aquel joven podía imaginar la profunda decepción que hubiera sentido a los veinte años de haberse visto en el futuro. Solía mirarse a menudo en el espejo para perfilar con meticulosidad su barba, era presumido, sin embargo, jamás había visto aquello que el cristal de su ventana reflejaba: un hombre decadente.
Si, efectivamente, su ciudad le había abandonado…o quizás, le había olvidado.   
El paso de los años tambalearon su confianza y el aburrimiento se había instalado en su cotidianidad como un virus hasta evaporar sus proyectos con el alcohol. Comenzaron a disgustarle las sonrisas ajenas,  envidiaba a los enamorados y detestaba las historias con final feliz.

La noche oscureció el reflejo de su rostro. Había llegado la hora de salir. 


Él mismo se había definido con orgullo como un hombre de la noche, perro callejero y pendenciero. No iba a permitir que un simple destello de luz destrozara su ego. Estaba decrépito sí, como todas aquellas personas con las que se codeaba en los locales nocturnos, si no ajadas físicamente, sí mentalmente: deshabitadas de ilusión, agarradas a la copa como quien se aferra al último sorbo de la vida.
No era el único. Eran muchos los abandonados por la ciudad. Todos ellos se refugiaban al anochecer en un cálido infierno, entre drogas, seducción, máscaras, decoración pastiche, música, juegos, luces ilusorias... donde él se sentía el rey.

Finalmente abrió el armario en la penumbra de su habitación, se puso su camisa estrella de estampados, se perfumó y decidió salir cuanto antes a su hábitat, la calle. 


Ángel Orcajo, Transformación, 1960.
Caminando bajo el leve chispear, su sombra destellaba en el asfalto. Se subió los picos de la chaqueta y encendió un cigarro.  El vacío de la calle le hizo recordar unos versos:


“Fuera la luna platea,
cúpulas, torres, tejados:
dentro, mi sombra pasea
por los muros encalados.
Con esta luna, parece
que hasta la luna envejece.”

A. Machado,  
La luna, la sombra y el bufón.




A cada paso, ocultaba con el humo que exhalaba el reflejo de su sombra y pisaba cada brillo que destellaba sobre el asfalto. Cavilaba. 
No, su ciudad nunca le había abandonado. Rompiendo el silencio de la noche con sus abrumados pensamientos dio con una revelación: acababa de desenmascarar el verdadero rostro de la ciudad. No era el artificial glamour de los edificios, ni la repentina euforia pasajera de los viandantes. El verdadero rostro de la ciudad era aquel que no deslumbraba, aquel que se camuflaba imperceptible entre los muros, que caminaba agazapado y apesadumbrado, etéreo como la contaminación del aire. Quién era la ciudad sino él mismo. 

Su rostro personificaba el alma, el fondo, los viejos cimientos de la ciudad, el desafecto, la frustración y crudeza urbana, todo aquello que no sale a relucir más que en la clandestinidad de la noche. Él era el susurro desesperado que difumina el resplandor del sol y cuyo velo la luna retira con el devenir de la noche. Era su rostro quien simbolizaba el abismo de la auténtica y atormentada ciudad. El egoísmo y llanto de la metrópoli. Y ella, tan sólo era un despiadado espejo sobre el cual mirar su rostro en aquellas noches sinceras y plateadas.