jueves, 29 de enero de 2026

LA OPRESIÓN DE LA ULTRADERECHA

 

EL PENSAMIENTO CRÍTICO CONTRA LA VIOLENCIA Y EL ECO DEL FALSO RELATO


                                       
Ángel Orcajo, Amenaza al amanecer, 1973.
Ángel Orcajo, Amenaza al amanecer, 1973.


© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


Hacer política desde las alturas no suele conducir a los ciudadanos a buen puerto. Todos hemos observado algún día desde la azotea de un edificio cómo una perspectiva tan elevada distorsiona la realidad: empequeñece a los transeúntes, difumina sus rasgos identitarios, culturales, regionales…, borra sus rostros y les reduce a una masa uniforme, anodina y sin alma. Es desde esta falsa superioridad, desconectada de los pueblos del mundo y de sus naciones, que a tan solo 72 horas aproximadas de haber inaugurado el año, se nos comunicaba desde Florida las pretendidas directrices del nuevo rumbo a tomar en Venezuela, y del orden mundial.

“Esto es Estados Unidos primero, esto es la paz a través de la fuerza”: las declaraciones realizadas por Pete Hegseth, a la cabeza del Departamento de Guerra estadounidense, en la rueda de prensa posterior a la controvertida “Operación Resolución Absoluta” abrían el telón del 2026 con una retórica pueril y temeraria, más propia de las pandillas urbanas que de la responsabilidad exigida en cuestiones de Paz, Seguridad y Defensa, y de su obligada proyección hacia la estabilidad geopolítica.

Los alardes de Donald Trump y de su Administración respecto a lo que supuso un ataque a la soberanía de Venezuela y el secuestro a su presidente Nicolás Maduro, van de la mano de una narrativa que instrumentaliza a las Fuerzas Armadas en beneficio de sus intereses, y de una acuciada indiferencia hacia las leyes y los derechos humanos: una peligrosa combinación.

No es de extrañar que el autoritarismo del mandatario, que barre el arte de la diplomacia y eleva su púlpito al ejercer las relaciones internacionales, haya desatado la inquietud mundial ante la suma de señalamientos a Groenlandia, Colombia…y la imposición de aranceles como amenaza disuasoria a aquellos países que muestran resistencia en ceder a la gravedad de sus irresponsables acciones.

Estas máximas arcaicas y simplistas de gana el más fuerte, cuanto más mejor y porque lo digo yo, corroboran la vigencia de las advertencias que nos dejó Hannah Arendt: “cada reducción de poder es una abierta invitación a la violencia; aunque solo sea por el hecho de que a quienes tienen el poder y sienten que se desliza de sus manos, sean el Gobierno o los gobernados, siempre les ha sido difícil resistir a la tentación de sustituirlo por la violencia”. La alerta de la filósofa no era en vano: las prácticas coercitivas, intimidatorias y criminales ordenadas a la lumbre de los autoritarismos, no han dejado de efectuarse para engrosar el poder político y económico.

Las sociedades que conforman América Latina conocen de primera mano la espiral de estragos que conllevan estos tipos de violencias; una radiografía premonitoria la hacía el escritor colombiano German Arciniegas al publicar “Entre la libertad y el miedo”, título que nos recuerda aquel espacio intermedio donde habitaba el silencio en el siglo XX.  

Demasiadas fueron las generaciones obligadas a reprimir sus palabras y la lectura de obras tachadas de subversivas; ejemplares que sobreviven en librerías de segunda mano, algunos de los cuales dejan entrever una postal, una nota, o entrada de cine de quien lo estaba leyendo. Páginas prohibidas que algún día estuvieron escondidas, posiblemente en el interior de la caja de resonancia de la guitarra de un estudiante, ávido por saber; letras con olor a leña, a hogar, a caramelo, a lumbre … a pensamiento, ese gran enemigo de la opresión.

Instrumentos de control como la censura, la omisión o la falsa información han seguido expandiendo sus raíces al paso de las décadas; ensanchando las posibilidades que les brindan las nuevas tecnologías. El objetivo: confundir, manipular, teledirigir a un sector de la población a través de campañas de desinformación que, en la actualidad, navegan por el ecosistema del ciberespacio en forma de serpiente invisible.

Informaciones tóxicas que pasan desapercibidas ante nuestros ojos al estar diseñadas para incendiar emociones como son el miedo, la ansiedad, la furia, la animadversión..., siendo los propios ciudadanos los que participan en su difusión cada vez que las comparten sin cuestionarse el origen de la fuente y su veracidad.

En esta dinámica, el eco del falso relato se expande de manera similar a la reverberación que produce una piedra lanzada al agua; conduciendo estas estrategias de desinformación a episodios alarmantes para la seguridad nacional como han sido el asalto al Capitolio (2021), al Congreso de Brasil (2023) o la disposición para atentar de una célula de la organización terrorista neonazi “La Base” desarticulada hace poco más de un mes en España.

Desalentador es el respaldo dado a la Carta de Madrid, propuesta de extrema derecha impulsada por el líder de Vox, Abascal, contra las iniciativas del Grupo Puebla y el “comunismo” en “Iberoesfera”. Entre sus firmantes se hallan el argentino Milei, la italiana Meloni, el chileno Antonio Kast, la venezolana María Corina Machado y el aspirante ultraderechista a la presidencia de Colombia, Abelardo de la Espriella.

Se acercan las elecciones en Perú, Colombia y Brasil, y aquellos que trabajan en América Latina por fortalecer la democracia, la cohesión y la justicia social, saben bien que ello no se construye con viejas retóricas ni imposiciones del extranjero. Por el contrario, se trenza desde la escucha de los pueblos, de sus valores e historia, y en compañía de quienes, a pesar tener las secuelas de la violencia tatuadas en su alma, siguen luchando para sembrar el dialogo, el amor y la reflexión… desde las aulas donde la represión amordazó la voz…, desde aquellas veredas en las que el río acaricia el silencio…

En tiempos de guerra cognitiva, de información contaminada por mensajes radicalizados de odio contra la oposición, de racismo y xenofobia, que invocan el retorno de historias irreversibles que avergonzaron a la humanidad; el pensamiento crítico, oxígeno de los pueblos, resiste como un escudo contra la sumisión, y esperanza para la democracia.


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martes, 19 de agosto de 2025

VOCES POR LA PAZ, LA UNIDAD Y LA JUSTICIA SOCIAL



Una pancarta ondeada en Santa Marta el 20 de julio (foto propia) 
Una pancarta ondeada en Santa Marta el 20 de julio (foto propia)

                        

© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


Sus huellas, caligrafiadas en las piedras de los ríos, talladas en los troncos de los árboles, tatuadas en las paredes de las universidades, y en los morrales de los estudiantes. Allí están, serpenteando con vigor las calles, iluminando los túneles de la ciudad a través de murales que convocan sus nombres. Su recuerdo revive desde la mirada de los otros, y de tantas voces en Colombia que dan continuidad a sus sueños. Ellos y ellas, asesinados por defender los derechos humanos, su territorio y el medio ambiente, por denunciar los abusos del poder y desvelar la historia no oficial, también estuvieron presentes aquel 20 de julio en el que el canto de la Independencia, emitido desde la perla del Caribe, desplegó sus alas al hilvanar la idea de dignidad, libertad y justicia social. Allí mismo, frente a la oficialidad del acto y bajo una arboleda, se ondeaba una nítida pancarta que rememoraba a los héroes del Magdalena, custodiada por un grupo de costeños de profundos ojos negros en colaboración con los chiquillos que, tras trepar a las ramas, lograban amarrarla y tensarla con mayor pericia. Los rostros de cada uno de ellos, Zully Codina, sindicalista y periodista, Alfredo Correa de Andréis, sociólogo, maestro e investigador, Jorge Adolfo Freytter Romero, docente y sindicalista…, proyectaban el reflejo de miles de personas represaliadas durante décadas; voces indómitas contra la desigualdad social, el crimen organizado, el terrorismo de Estado, y la ocultación de la verdad.

Dicha conmemoración, celebrada en el marco de un desfile militar desligado de toda narrativa belicista, lejos de limitarse a un recordatorio histórico, trazó un horizonte de reflexión en torno a un abanico de propuestas sociales, en un contexto de anhelo por la paz en el que se fusionó la diversidad con las flores, la prevención con la cultura, la patria con las oportunidades, los uniformes con los libros, y la paz sin sumisión.

En aquella arboleda, personas de diversas generaciones, resguardadas entre el amor y el dolor, esperaban pacientes y expectantes el discurso del presidente de la República, cuyas palabras, que aludían a la poesía e ingenio de García Márquez, también hicieron referencia a los ausentes que habitaban aquella pancarta de gran dimensión simbólica, y hacia quienes cobijaban su recuerdo.

La esperanza hizo eco para abrazar a la población palestina con la invitación de Gustavo Petro a abandonar la soledad y cederle el paso a la solidaridad; en concordancia con la reciente cumbre del Grupo de La Haya celebrada en Bogotá, en la cual se alertó de la amenaza que suponen los experimentos aéreos de Israel contra Gaza, espejo de aquellos que pulverizaron Gernika y materializaron la deshumanización en la II Guerra Mundial.

A la mañana siguiente, la cotidianidad retomó su rutina. El vendedor de periódicos regresó a su habitual esquina cerca al Museo del oro Tairona, en cuyo interior perviven creencias prehispánicas como la de los Ettes, indígenas que colgaban figuras de perros en las hamacas para ahuyentar el mal y escoltar sus sueños, lo cuales recibían como reales. No tan alejados de ellos, nos debatimos en la actualidad cómo proteger los nuestros del retorno y perversidad del racismo, de sus ejércitos empleados para la muerte, de las cadenas y celdas para los migrantes, de los falsos relatos y persecución a periodistas, de los golpes blandos que ignoran la voluntad del pueblo, de la impunidad…Cada día, los titulares nos anuncian la esfera de violencia que azota al mundo. En Colombia, a los líderes sociales les siguen arrebatando la vida por intereses ocultos; en Argentina, Milei carga de odio contra los periodistas; en EEUU, Trump pretende adoctrinar en las escuelas con una historia falsificada; en España, los inmigrantes trabajadores del campo en Torre Pacheco (Murcia) se recuperan de la caza neonazi, alentada por el partido ultraderechista Vox, al más aterrador estilo de la película La Jauría Humana.

Si bien, las reflexiones que nos dejó aquel 20 de julio, mantienen su pulso activo en un llamado a la unidad; acompañando nuestros pasos, aquí y allá, en una trenza de retos y rebeldía contra el declive de la humanidad.

Así, en cualquier rincón del mundo; una música, una pieza de baile, unas gotas de lluvia sobre el rostro, la mirada amiga de un desconocido, o una rockera de bella sonrisa mestiza cuya letra rompe la monotonía del tráfico de Bogotá, nos recuerdan la lucha de tantos ausentes que dieron su vida por un mundo en el que todos, indistintamente del color de las ideas, religiones o banderas, podamos soñar, expandir las alas y volar…

 

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jueves, 3 de julio de 2025

DESINFORMACIÓN COMO ESTRATEGIA, LA INSTRUMENTALIZACIÓN DEL CIUDADANO Y EL ODIO

 


Extracto de “La lucha”, 1975, Ángel Orcajo (foto propia)

 

© Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo

 

Pasaba los tornos de un control de seguridad en España cuando un guardia civil le recordó a un periodista que le enseñaba sus bolsillos vacíos de artefactos, que la pluma era más peligrosa que un arma. Este instrumento, de tintero, carbón o dígitos fabricados desde un ordenador, si bien ha denunciado los abusos de poder y dado voz a los invisibilizados, también ha sido utilizado a lo largo de los siglos para incendiar y quebrantar sociedades.

Narrativas fabuladas, información engañosa enfocada a sembrar incertidumbre; tácticas retóricas y una violencia verbal encaminada a despertar el germen del odio han cristalizado en actos terroristas, golpes de Estado, guerras civiles, persecuciones a colectivos y exterminios. “Inventar y expandir ficciones, fantasías, ilusiones” en aras a desinformar, manipular y controlar, es algo que ha existido durante miles de años, anotó Yuval Noah Harari al matizar que la mayoría de los alemanes que votaron a Hitler en 1933, lejos de ser psicópatas, aplaudieron al nazismo por “un problema de información”.

En este sentido, el funcionamiento de las campañas de desinformación se basa en instrumentalizar a la opinión pública, pilar imprescindible para la salud democrática.  Si bien, esclarece el especialista en comunicación, Jordi Ballera: “Se requiere anclar esa campaña en un evento traumático que haya tenido un impacto emocional relevante entre los ciudadanos, y que les haya conmocionado. Esa conmoción genera agitación entre la población que demanda una respuesta que garantice la seguridad futura”.

Siendo así, a partir de un acontecimiento como puede ser un atentado, una reducción de poder drástica para un sector de la población, ataques terroristas…, los actores interesados aprovechan el miedo latente entre la población para avivarlo.

No es extraño, explicó el historiador González Calleja, que el miedo sea aplicado como táctica ya que, al igual que la agresividad, está programado en la conducta del hombre como supervivencia al medio hostil, de modo que frente a una amenaza el ser humano responde atacando, acción que puede desencadenar conductas con un grado de violencia equiparable al nivel de temor que esté padeciendo, tal como buscan los instigadores.

Cabe recordar el papel que jugó parte de la prensa chilena, con El Mercurio a la cabeza, en generar un clima prebélico para justificar el posterior golpe de Estado al legítimo gobierno de Allende. Así mismo, la limpieza étnica en la ex Yugoslavia estuvo precedida por una feroz campaña de incitación al odio. En relación con los efectos que provoca la creación semántica del enemigo y su articulación mediática, indicó Ballera: “Hay una graduación, una escala, una cronología del odio. La indiferencia, la burla, el desprecio, el odio y finalmente la eliminación”.

De tal manera que, tras la degradación, cosificación y animalización verbal del otro, a la cual se refirió en su día Hannah Arendt como la “elocuencia del diablo”, el temor se convierte en aversión al supuesto enemigo y ante todo lo que él representa.     

Cuando bajas el tono para que el vecino no escuche tu opinión política, silencias tu preferencia ideológica en el trabajo por temor a un despido, miras con rencor a un miembro de la familia que opina diferente, detestas a un colectivo que también te aborrece y sientes cómo te hierve la sangre de rechazo hacia el contrario, en ese momento, la violencia verbal está a un paso de convertirse en física, teniendo en cuenta que, tal como perfiló el historiador y filósofo Xabier Irujo: “la esencia del mal radica precisamente en la ausencia de empatía”.

“Los tutsis ya no nos parecían humanos, ni siquiera criaturas de Dios”, atestiguó un victimario, en alusión a lo fácil que les resultaba “suprimirlos” durante el genocidio en Ruanda (Hatzfel, 2006).  La gravedad de esta violencia verbal radica en que, una vez deshumanizado el grupo social, los victimarios ya no consideran que en su represión haya cabida para los derechos humanos, expresó Gideon Levy al referirse a la estigmatización sufrida por los palestinos.

Observamos que esta estrategia de antaño se expande con mayor velocidad en el ecosistema del ciberespacio, donde el propio ciudadano -incauto y manipulado- participa en la propagación de noticias falsas circunscritas en aquellas campañas de desestabilización que forman parte de las actualmente denominadas: amenazas híbridas.

En esta coyuntura geopolítica, convulsa e incierta, marcada por el auge de una extrema derecha retrógrada y xenófoba, por gobernantes de potencias que izan las banderas bélicas, ponen en riesgo la seguridad mundial y demuestran un ofensivo desprecio hacia los derechos humanos; en este contexto, sin obviar, un crimen organizado transnacional que pretende asentarse en los Estados y élites económicas, las campañas de desinformación operan en la esfera cognitiva para confundir y atizar a los ciudadanos, susceptibles de pasar de víctimas a potenciales victimarios.

Ante escenarios políticos cada vez más polarizados, frente a la ilimitada libertad de expresión que circula por las redes sociales y en algunos medios de comunicación incendiarios, y considerando que los ciudadanos somos el instrumento del que se valen los actores hostiles para sembrar el desconcierto, la tensión social y fracturar nuestros lazos de convivencia, sería pertinente repensar el vínculo existente entre ética y libertad ya que, tal como subrayó Xabier Irujo: “No hay ética sin responsabilidad con respecto a otros individuos como tampoco hay libertad sin obligación hacia estos”.

 

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jueves, 20 de marzo de 2025

DOCUMENTAR TU PROPIO GENOCIDIO, FRENTE A LA INDIFERENCIA DEL PODER INTERNACIONAL

 

EL LEGADO DE LOS PERIODISTAS PALESTINOS: 

FUENTES PARA SALVAGUARDAR LA VERDAD DE UN PUEBLO MASACRADO


Manifestación contra el genocidio en Gaza, Madrid. (Foto Propia)



  © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


En una céntrica plaza de Madrid (España), a las puertas del 2025, se cerraba el pasado año con una vigilia contra el genocidio en Palestina. Las velas iluminaban las sombras que se iban congregando, mostrando su respeto ante una inagotable fila de nombres y apellidos, encaminada a sumar las que serían más de 48.000 víctimas mortales, entre ellas, periodistas palestinos. “Tengo miedo. No sé por qué. Son las 9 de la mañana y nos vamos a Gaza. Ayer tomamos las primeras fotos de un muerto […]. Ahora nos persiguen los espías israelís. Creo que hoy nos pasa algo”, escribía en su diario a finales de los ochenta, el fotoperiodista español Javier Bauluz. Sus palabras, recuperadas en “Intifada Palestina 1988. No empezó todo en octubre de 2023”, coinciden con Fran Sevilla, al anotar que el acoso a los periodistas y la guerra no comenzaron el 7 de octubre; si bien, a partir de aquel día, Israel emprendió una campaña enfocada a asesinar, en los sucesivos bombardeos, a todos aquellos que “se atrevían a empuñar una cámara, un micrófono, un ordenador o incluso un bolígrafo o pluma”. Una estrategia de antaño que busca acallar la verdad de la víctima, borrar y tergiversar su historia.

Contra ello, la concentración en lamento por los civiles bombardeados en Gaza quedaba sumergida en un profundo minuto de silencio. El sonido que emitía el proyector al visibilizar el número de masacrados, un ronroneo atemporal, parecía tintar aquella atmósfera de blanco y negro, y en un flashback, retornar al siglo pasado: a la universalidad de la guerra moderna. Concretamente, a aquel solar en ruinas al que quedó reducida y pulverizada la España republicana, víctima de los ataques aéreos a cargo del franquismo, fascismo y nazismo.

Aquellas fotografías de los años 30 revelaban por primera vez la espiral de estragos humanos que provocaban los experimentos de la guerra total: la desintegración de cascos urbanos, la muchedumbre huyendo, almas rotas, personas deambulando entre los escombros de sus hogares perdidos, desesperados, buscando a sus familiares…otros, ensimismados, intentando recordar su propio nombre… Era el horror de la guerra total, al que fueron indiferentes potencias como Francia e Inglaterra a pesar de ver -a través de una cobertura periodística colmada de fotografías que probaban las más cruentas masacres contra mujeres, ancianos y niños-, cómo estaba siendo aniquilada, desde el aire y ante sus ojos, la población republicana.

Potencias que permanecieron imperturbables ante el dolor ajeno, sordas a las advertencias de aquellos humanistas, filósofos o juristas que, ya en la época, estaban escandalizados respecto a un método que atentaba contra el Derecho Internacional; aquel que pocos años después, protagonizó la devastación de masivas poblaciones, sumidas en la II Guerra Mundial.

Casi un siglo después, contemplamos la misma indolencia de las grandes potencias y poderes internacionales que, en contra del dialogo, de la responsabilidad y empatía social, continúan enarbolando armas, inyectando odio y alentando con discursos belicistas a más guerra; conduciendo a la humanidad a un mayor retroceso.

Mientras tanto, aquellas fotografías de ruinas, vacío y abandono que recordamos del siglo pasado, se encarnan ahora en Gaza, lugar desde donde Abubaker Abed, en nombre de los periodistas palestinos, pronunciaba un comunicado de prensa, a principios de enero: “Nos has visto derramar lágrimas por nuestros seres queridos, colegas, amigos y familiares. Nos habéis visto morir de todas las formas posibles. Hemos sido inmolados, incinerados, desmembrados y destripados. ¿De qué otras maneras deberíais vernos morir para que podáis moveros y actuar, y detener el infierno que se nos ha impuesto?”.

Efectivamente, hemos comprobado cómo el cuerpo de periodistas palestinos no ha cesado de documentar, desde dentro, el terror, dolor y desesperación de su propio genocidio.

Frente al estado de humillación, aquel que inmoviliza y hace enmudecer, lograr documentar tu experiencia, reconocerla en el otro, convertirla en conocimiento y en una fuente histórica, constituye -explicaba Didi-Huberman- un acto de subversión. En este sentido, si trasladamos el argumento que desarrolló el filósofo en “Cuando el humillado mira al humillado” -en alusión a las imágenes registradas en 1939 por el fotógrafo republicano Centelles, preso en el campo de concentración de Bram (Francia)-, a la cobertura de los periodistas en Gaza, observamos que, a medida que fraguaron un trabajo documental sobre el genocidio, “por una especie de inversión dialéctica” también fueron germinando un trabajo de rebeldía e insumisión contra él.

Ante la impunidad e indolente normalización del horror que proyectan las grandes potencias respecto a Gaza, nos queda aferramos al legado que nos dejan los periodistas palestinos, aquellos que encaminaron su labor a salvaguardar la verdad de un pueblo, el suyo, sepultado deliberadamente bajo las bombas. Y es que, en consonancia con las palabras de Herbert Matthews, revividas por Paul Preston: “Puede parecer que el periodismo fracasa en su labor cotidiana de suministrar material para la historia, pero la historia nunca fracasará mientras el periodista escriba la verdad”.


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miércoles, 22 de enero de 2025

DOCUMENTAR LAS AUSENCIAS, REVELAR LO ENCUBIERTO, FISURAR EL SILENCIO

 

Plegaria, 1949, F. Botero.


 © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


“Quisiera no decir mucho para no perturbar el silencio de las madres ausentes que arañaron esta montaña de escombros con la fuerza del amor, la memoria y la desgarrada esperanza”, fueron las palabras del magistrado de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), Gustavo Salazar, al iniciar la intervención forense en La Escombrera, Comuna 13 de Medellín, en busca de víctimas de la desaparición forzada durante el conflicto armado en Colombia. El pasado 18 de diciembre, una poderosa luna roja se descubría ante las montañas antioqueñas de la mano de las primeras estructuras óseas halladas bajo tierra.

Las pruebas encontradas han ido demostrando que la existencia de cuerpos bajo fosas clandestinas en La Escombrera no era una leyenda urbana; las madres “no estaban locas, como en su momento había señalado el Estado y la sociedad”, comunicó la JEP.

El método de la desaparición forzada ha ido engrosando la tierra de impiedad, ha colmado hogares de un lamento prolongado, de un eterno insomnio con lágrimas de impotencia, de velas que, bajo cientos de lunas, alumbraron cada noche el recuerdo; miradas penetrantes, tiernas, acongojadas por la añoranza del abrazo perdido.

Titánicas las voces que, durante décadas, consagraron su amor a la búsqueda; manos curtidas sosteniendo las fotografías de los rostros desaparecidos, su anhelo, reivindicando los cuerpos robados, arrojados, pronunciando sus nombres queridos. Aquella fuerza irrefrenable de la dignidad, que logró vencer al miedo, fue fisurando el silencio; destapando la opacidad de un modelo represivo trazado para acallar la historia de la víctima.

Este método está blindado por un muro que obstaculiza su investigación, su cobertura periodística y la labor documental: ¿cómo testimoniar lo invisible, lo incorpóreo, lo clandestino, lo sumergido? “Tú, investigador, busca por todas partes, en cada parcela del terreno. Allí encontrarás enterrados documentos, los míos y los de otra gente, que sacan a la luz la crudeza de todo lo que aquí ha sucedido”, podía leerse en un escrito encontrado en Auschwitz al cual alude Didi-Huberman para referirse a la necesidad de desenterrar fragmentos que puedan desmontar el “plan de desimaginación” de los victimarios. Y es que, aquellas violencias invisibilizadas, han quedado relegadas a lo inimaginable, intangible, indescriptible; a un peligroso paso de lo increíble e irreal.

Precisamente, hacer pasar la ignominia por una invención, un mito, forma parte de la narrativa intrínseca a estos patrones represivos, edificados en la negación, tergiversación y ocultación de la verdad. Ya Hanna Arendt explicaba que el nazismo estaba convencido de que el éxito de sus crímenes residía en que nadie del exterior “podría creérselo”.

En sintonía con ello, las últimas palabras que escribió Matilde Gras en sus Memorias sobre la represión franquista y ejecución de su marido, caligrafiaron una esperanza: “Espero que todo esto que os he contado no lo toméis como un cuento”.  A pesar del salto en el tiempo, también las madres que reclamaron la búsqueda de sus familiares en La Escombrera han tenido que demostrar que no narraban cuentos.

Ante esta estrategia de negación se torna imprescindible, desde un punto de vista social, periodístico e histórico: investigar, hallar y visibilizar las intervenciones forenses que vienen a completar aquella labor documental inacabada, sesgada, abortada por una narrativa que ha tergiversado la historia, pretendiendo reducir métodos como la desaparición forzada a lo que temía Matilde…a una leyenda o fantasía, cuando por el contrario, ha sido una realidad tangible, descriptible, estandarizada y sistemática.

Ejemplo de su meticulosa planificación lo revelan las dolorosas cifras de desaparecidos que dejó en América Latina la implantación de la Doctrina de la Seguridad Nacional durante la Guerra Fría. El investigador Prudencio García, coronel retirado y ex miembro del equipo de expertos internacionales de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de la ONU en Guatemala, destacó en Crímenes de Guerra que la Escuela de las Américas, fundada en el Canal de Panamá, adiestró a miles de jefes y oficiales de ejércitos latinoamericanos con el objetivo de derrocar al “enemigo interior” y a sus “potentes tentáculos subversivos” de ámbitos civiles, eclesiásticos, empresariales, universitarios, artísticos, literarios… Este elaborado aparato doctrinal estadounidense amplió el ángulo de acción en su lucha contra el comunismo a opositores políticos, defensores de derechos humanos, activistas sindicales o estudiantes que, aun siendo democráticos, se les reducía a la categoría de individuos que merecían ser secuestrados, torturados y finalmente eliminados, con o sin desaparición de su cadáver. La puesta en marcha de la Operación Cóndor contribuyó a incrementar el horror.

Tras décadas de negación, con la apertura de las fosas comenzó a emerger lo encubierto, lo prohibido, lo silenciado, lo tabú; historias que hasta entonces habían sido ignoradas, se fueron tornando visibles, legibles y demostrables. En este sentido, se establecía un diálogo pendiente entre un pasado soterrado y un presente inconcluso, en aras a esclarecen una verdad secuestrada, ignorada y estigmatizada.

Detener este proceso, truncar la memoria colectiva, teledirigirla a un camino unidireccional; vaciar de verdad la historia borrando las desapariciones forzadas como aspira el gobierno de Milei y sectores de la ultraderecha mundial, denota un acuciante desprecio hacia los derechos humanos.

 

Pertenezcan o no los hallazgos en La Escombrera a desaparecidos en el marco de la Operación Orión, el salto ha sido enorme: la indiferencia vertida sobre las madres buscadoras a lo largo de más de veinte años ha quedado atrás.

Ellas, empoderadas, han demostrado que son capaces de revelar aquellos testimonios que la impunidad condenó al olvido, pero que la dignidad sigue luchando por rescatar.

 

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lunes, 4 de marzo de 2024

“VIDAS MINADAS”, LA SIEMBRA DE UN “PROGRESO” DESHUMANIZADO

UNA PEREGRINACIÓN DE AMOR HACIA LA VÍCTIMA

                                                                                                         Foto: Gervasio Sánchez, procedencia  expo. “Vidas Minadas 25 años”.

 

 © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


Caen gotas desde el inabarcable espacio celeste; lluvia para sembrar, cosechar, nutrir raíces y entretejer la existencia con su hábitat. Zonas rurales, selváticas, fértiles, donde el oxígeno y la madera aún perviven: un tesoro de atmósfera poblada de biodiversidad, donde cada amanecer trae consigo la vida.  

En estado puro, podríamos cristalizar esta imagen en el entorno de aquellas culturas que enriquecieron y embellecieron de opciones la tierra, antes de haber sido arrasadas, heridas, maltratadas, por la avaricia del poder occidental.

El paso de los siglos demostró que aquella colonización, cimentada en masacres, expolio, humillación, exterminio y opresión, convirtió dentro y fuera de sus sociedades, la lluvia en bombas, los alimentos en cenizas, la salud en epidemias, el aire en armas químicas, las aldeas en desplazamientos forzosos, las cosechas en fábricas de armamento y los cultivos en acumulación de tumbas.

Hasta la estética tuvo un lugar para abrazar al horror: “La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas, como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas …”, publicó el futurista Marinetti en el marco de la guerra de Etiopía, 1935, mientras la aviación de Mussolini gaseaba a los nativos. Previamente, como documentó Sven Lindqvist, ya Gran Bretaña, EEUU, Francia y España habían bombardeado a poblaciones no occidentales, amparados en un discurso discriminatorio que reajustaba las leyes de guerra conforme a sus intereses y a su autodesignada superioridad; aquella que le permite a EEUU seguir imponiendo su veto en la ONU.

No es de extrañar que, tras haber presenciado la explotación, el hambre, el éxodo y una espiral de guerras a lo largo del siglo XX, el fotógrafo brasileño, Sebastião Salgado, se decantara en su obra “Génesis” por retornar su mirada hacia la plenitud de la naturaleza, y reclamar con “Amazonía” la protección de sus tribus y del ecosistema, gravemente amenazado por proyectos que contribuyen a su destrucción. 

La industria de la minería, hidroeléctricas, cementeras o megaproyectos turísticos que persiguen engrosar su riqueza a costa de tierras ancestrales, sin contar con la aprobación de sus comunidades, es una constante que continúan denunciando sus líderes y lideresas, especialmente en Centroamérica y Suramérica; permanentemente intimidados, criminalizados y asesinados. Entre los testimonios recabados desde Honduras y Guatemala por el fotógrafo Gervasio Sánchez, nos compartía la lideresa hondureña, Rosalina Domínguez, el motor de su perseverancia: trasladar a las siguientes generaciones la necesidad de salvaguardar su entorno, entendiendo que su lucha, incluso su muerte, constituye una siembra… De resistencia y dignidad; un pulso que irradian los rostros de este trabajo documental, “Activistas por la vida”, realizado por el mencionado fotoperiodista quien, no solo ha profundizado durante décadas en las secuelas de los conflictos armados o entramados represivos, sino que se detiene en responsabilizar a la industria armamentística y a quienes la sostienen.

“Los responsables de tanto dolor se esconden tras la nebulosa de intereses y siglas. La industria armamentística es cada día más poderosa e impenetrable a pesar de las leyes sobre el control de armas de los países democráticos y que casi siempre se convierten en papel mojado a la hora de realizar negocios de la muerte”, señaló Gervasio Sánchez en “Vidas minadas 25 años”; su reciente obra que nos conduce a reflexionar sobre cómo las guerras suprimen, mutilan y limitan la vida de las personas, talando su cuerpo a través de un artefacto o perforando su alma ante el dolor de una pérdida: propia o ajena.  Algo actual, que podemos equiparar al recuerdo del cirujano mexicano de Médicos Sin Fronteras, Aldo Rodríguez, sobre los niños que llegan heridos por los bombardeos, sin familiares supervivientes, al hospital en Gaza: “Después de la amputación quedan deprimidos, sin ganas de hablar. Es una situación dramática porque no se trata sólo de la cirugía, sino de todo lo que viene después. […] Puede que mejoren físicamente, pero mentalmente están destrozados”.

Las historias que nos narra Gervasio Sánchez en su último trabajo están intrínsecas en este mosaico de vidas truncadas y muertes vividas, en el pasado y en el presente; todas ellas provocadas por la cara encubierta de los grandes poderes económicos y políticos, responsables de la venta de armas que son utilizadas, mayoritariamente, contra civiles y poblaciones vulnerables.

Respecto a las minas antipersona, aunque prohibidas, siguen germinando muerte bajo la tierra de los campesinos, cercando sus casas, bosques y caminos; un artefacto que no solo simboliza la desconstrucción en tiempos de paz, sino que culmina en una metáfora que aúna a todos los tipos de armas bélicas: la siembra de la deshumanización.

Frente a ello, este periodista que no se pliega a los poderes o entidades, prosigue su andadura y peregrinación de amor hacia las víctimas, en “Vidas Minadas 25 años”, al mostrarnos su cotidianidad: miradas afligidas ante las libertades y oportunidades arrebatadas; miradas atrapadas por su cuerpo, dignificadas por sus propios retos; miradas que siembran vida…  que no se doblegan, y nos hacen repensar con qué tipo de “progreso” queremos continuar.


Publicado en Desde Abajo

lunes, 29 de enero de 2024

Ante una población civil bombardeada por el terror:

VOCES ALUMBRAN EL PLANETA CONTRA LA DESTRUCCIÓN DE GAZA, Y DE LA HUMANIDAD


                                                                              Manifestación en Madrid, enero 2024. (Foto propia).





Estar señalado, cercado, desplazado de tu tierra… despojado de tu casa y arrojado hacia la nada… acompañado del vacío de una maleta en cuyo interior resiste tu nombre, erguido, aquel que hace tiempo unos, con otro nombre, decidieron que no tenía valor humano. “Mi ciudad está triste”, escribía el pasado siglo la poetisa palestina, Fadwa Tuqan: “las ventanas del cielo se cerraron”. Años posteriores, el fotoperiodista Javier Bauluz describía la insoportable situación que sufría la población palestina bajo aquel cielo clausurado por la ocupación israelí. Era 1988: “He visto a niños, viejos y mujeres casi muriendo, tras haberlos encerrado en su propia casa con gas dentro”. […] He visto a los soldados bailar al día siguiente de haber matado a un niño. He visto detener a gente en sus casas y golpearlos con los cañones de los fusiles hasta hacerles perder el conocimiento”.

Si enlazamos las concatenaciones de “yo lo he visto” del pasado con el presente, comprobamos que la violencia selectiva e intencionada contra la población civil, no ha cesado de ejecutarse hasta quebrantar la humanidad.

El periodista L. Delaprée, testigo de los bombardeos contra hogares, escuelas y hospitales del Madrid republicano, escribió en 1936: “El sentimiento más fuerte que he experimentado hasta el día de hoy no es el miedo, ni la ira, ni la compasión, ES LA VERGÜENZA. Estoy avergonzado de ser un hombre cuando el género humano se muestra capaz de masacrar de tal forma a los inocentes”. En eso consistía la guerra total, en atacar a los más frágiles y vulnerables con la “máxima intensidad y violencia” -indicaba Giulio Douhet- para desmoralizar al enemigo ante “la pesadilla continua de las terribles acciones ofensivas”: un método que acabó siendo materializado y justificado por gobiernos y potencias democráticas. Y es que, a pesar de la incompatibilidad de la “guerra moderna” con el progreso humanitario, el símbolo de Gernika -ocultado bajo la tela de la ONU en una rueda de prensa en la que EEUU anunciaba bombardear Irak, en busca de unas armas inexistentes (2003)- , lejos de cerrar el ciclo del horror, abrió el telón a un método aéreo que expandió su grado de crueldad desde Dresde o Hiroshima y Nagasaki en adelante, bajo distintos contextos y tecnologías, pero con un denominador común: sembrar el terror entre la población indefensa.

Que Israel apunte como objetivo a civiles para inyectar el terror, tal como hicieron los deleznables ataques terroristas de Hamas del 7 de octubre, convierte sus acciones en otra forma de terrorismo. Lo atestiguan las escenas que desde Gaza cerraban el año y retoman la espiral en 2024:  un médico ve llegar a su hospital los cuerpos de su padre e hijo bombardeados; una trabajadora sanitaria entra en pánico al reconocer a su pequeña agonizando;  un adolescente tiembla al tomar conciencia de que su amigo acaba de ser enterrado bajo los escombros; un padre regresa con una prenda para calentar a su hijo y lo encuentra bombardeado; un grito desgarrador emerge de un familiar al no poder revivir a un ser querido: aquel gemido que nace de las entrañas y ante el cual nos tapamos los oídos para no saber a qué suena tanto dolor; las voces entrecortadas de los periodistas despidiéndose porque saben que van a ser asesinados en días, horas o minutos… “Este es el último hospital en funcionamiento en Gaza. Esto significa que miles de heridos están solos en el hospital […] Todavía estoy viva pero no sé si sobreviviré esta noche”, reportó Bisan Wizard.

Frente al terror psicológico que supone el saber que vas a morir, y antes de ser masacrado junto a su familia, Refaat Alareer, dibujó con sus versos una cometa que hilvanaba paz, amor y esperanza, en un acto de entereza contra los tortuosos bombardeos que persiguen enloquecer el alma de los supervivientes.

Esta vieja aplicación del terror viene precedida de una violenta instrumentalización del lenguaje, a fin de generar odio contra un sector de la población, deshumanizarlo y justificar lo injustificable: su exterminio. Basta con ver los intolerables vídeos que se toman los soldados israelís festejando, degradando y burlándose con sevicia de los civiles masacrados, al tiempo que recibimos las lágrimas contenidas de un padre que sólo puede envolver con una bolsa de plástico el pequeño cadáver de su hijo, la imagen de un chiquillo que recoge restos humanos o  niños amputados sin anestesia, sin medicamentos, sin agua, sin alimentos, sin padres… Es en su nombre, que durante la pasada manifestación en Madrid, adultos y niños sembraron sus pancartas entre jardines, plazas y flores, convirtiendo la vía pública en un Paseo por Palestina.

Entretanto, incomunicados bajo un cielo tapizado por el horror, civiles y periodistas, siguen lanzando su voz con lo que les queda de aliento, de vista, de oído. “¿Habrá alguien que escuche?”, recitó en 2011 la palestina Rafeef Ziadah: “Hoy, mi cuerpo fue una masacre televisiva y dejarme decir que no hay nada que vuestras resoluciones de las Naciones Unidas hayan hecho jamás”.

Más de una década después, ante un genocidio visibilizado por sus víctimas civiles, me pregunto en qué violencia se inserta su justificación, el silencio, cinismo o la omisión; actitudes que perduran dentro de la comunidad internacional.

Menos mal que no todo el globo terrestre está dominado por la uniformidad y que la dignidad de Sudáfrica alzó su voz; aplaudida, en una ofrenda de gratitud, por otras miles de voces y pulsaciones de esperanza que siguen alumbrando el planeta para clamar la condena y el cese de los actos terroríficos de Israel contra la población civil palestina:  una exigencia sin la cual, de ninguna manera, se podrá cosechar humanidad.

 

Publicado en Desde Abajo

martes, 14 de noviembre de 2023

Tierra callada bajo cielos estrellados


 Foto de Jesús Abad Colorado: Necocli, Uraba, 2012,               
 (propia, tomada en Expo “El Testigo”).
        
                                                    


© Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


En este presente, tensionado por la guerra y ausencias ininterrumpidas, me es imposible olvidar aquella fotografía en la que Jesús Abad Colorado, nos muestra el interior de una casa destruida, redecorada con unas flores que su dueña, Ana Felicia, deposita entre las ruinas. Aquella acción, que nos habla de resistencia y dignidad, me hizo tomar conciencia del pulso perseverante de las víctimas; un latido atemporal y trasfronterizo que nos acompaña de manera intergeneracional… un susurro rebelándose contra el olvido.

Abrazada a este pensamiento rebusqué en el Centro de Memoria Histórica de Salamanca huellas y testimonios sobre los represaliados en España, hasta quedar obnubilada por una poderosa enredadera, de un verde intenso, que se abría paso entre las piedras. Aquel pálpito silvestre, insumiso, pretendiendo escapar del silencioso recinto parecía ser el murmullo de los ausentes, resistiéndose a desvanecer.

Me aferré a mi maletín cargado de fuentes históricas, rememorando aquella metáfora que equipara al patrimonio con “nuestro equipaje de mano” y emprendí mi regreso. Había oscurecido y empezaba a llover. Me fijé en los reflejos del agua y a modo de espejismo imaginé cómo emergían sobre los adoquines los rostros de la guerra: reflejos caídos de las estrellas. En la espera de un semáforo elevé la vista y percibí en una inmensa pared el dibujo de unos ojos pensativos, en blanco y negro, que decía: “La mirada donde pueda ver más lejos”. Los únicos brochazos de color que tenía aquel mural del artista Caín Ferreras, compartían el amarillo, azul y rojo de la bandera de Colombia.

Enseguida me transporté a aquellas tardes de diluvio por la séptima de Bogotá, y concretamente, a los cielos estrellados de lugares “donde se ofendió la vida”: fotografías de Abad Colorado que bien podrían conformar una bóveda que recubra el Claustro de San Agustín: espacio de sigilo, actualmente habitado por la exposición “El Testigo”.

Un recorrido que -en comunión con la necesidad que defendía Walter Benjamin de resignificar la guerra, desde abajo, desde quienes sufren sus estragos-, visibiliza las ausencias, las historias inconclusas, los episodios rotos, sus fragmentos y resistencias, lo anónimo…

De acuerdo con ello, la labor documental de Jesús Abad manifiesta la cara opuesta a toda espectacularidad, heroización y estetización bélica, caligrafiando los estragos con imágenes rebeldes, independientes, humanizadas, dentro de las cuales el detalle y lo cotidiano, insignificantes para los grandes medios de comunicación, rebosan de significado. En este sentido, sus fotografías, desvinculadas de toda “narrativa codificada” - diría Susan Buck-Morss -, sacuden y desmontan, generando una contranarrativa, aquella versión unilateral diseñada por determinadas élites que proyectan -bajo sus intereses y desde un ángulo contrario a la víctima- una justificación y representación banal, normalizada y permisiva de la guerra.  

Algo habitual, teniendo en cuenta que tal como expresaba J. Esteban Marquillas, en una entrevista para La Vanguardia, toda decisión de hacer la guerra surge “de un cálculo de coste- oportunidad por el que las élites la instigan tras calibrar incentivos y desincentivos”. Frente a ello, las fotografías de Abad -a las cuales R. Barthes se referiría como pensativas o “subversivas”, por rasgar y herir más allá del impacto-, amplían el prisma con el que responsabilizar a quienes -a salvo de sufrir los efectos bélicos-, fomentan el odio para perpetuar la violencia. Una reflexión que va en consonancia con el argumento de Hannah Arendt respecto a cómo el grado de responsabilidad no debe reducirse a quien porta el arma.

En este contexto, los testimonios visuales que recoge el periodista y fotógrafo para documentar en profundidad el conflicto armado de Colombia, lejos de quedar restringidos a una temporalidad o geografía, irradian un valor universal.

Si nos acogemos a la interpretación que hace G. Didi- Huberman respecto a los usos antagónicos que tiene la imagen, los testimonios de Abad Colorado -contrarios a registrar el poder- desvelan su “potencia” al resignificar la guerra, precisamente, desde la “impotencia” o entereza de quienes se hallan en una situación de vulnerabilidad, opresión e invisibilidad, tal como lo hizo en su tiempo Goya con los Estragos de la Guerra o Picasso en Gernika.

Imágenes de carácter universal que, en este caso, despegan del Claustro de San Agustín - un refugio pedagógico, democrático y sede de patrimonio cultural donde rostros, voces y miradas sobresalen de las paredes entretejiendo y cristalizando memoria- para abrir sus alas entre las páginas de la reciente colección publicada, en cuatro volúmenes, “El Testigo: Memorias del Conflicto Armado Colombiano…”. Libros cuya adquisición me hace evocar aquella bellísima noción de patrimonio que esboza Serban Anghelescu: “Patrimonio (patrimonium) es, etimológicamente la herencia del padre (pater) pero se puede llevar consigo, en sus peregrinaciones, las cenizas o los huesos del padre, se puede tratar patrimonialmente el propio cuerpo paterno. Es el caso de Ulenspigel, que no se separa jamás de un saquito hecho por su madre, de un saquito que contiene las cenizas del corazón de su padre […]”.

De esta manera, tal como custodiamos a nuestros ancestros con el corazón, nuestro patrimonio cultural y la memoria colectiva nos reviste de una segunda piel al enseñarnos a transitar, comprender y a mirar fuera de nosotros mismos.

Considerando que la guerra es enemiga del saber, y atendiendo a aquella fotografía de Abad Colorado que muestra a una niña en Bahía Portete, la Guajira, frente a un tablero de una escuela derruida, en disposición de escribir y envuelta en un vestido de un rojo intenso que simboliza para los wayuu la resistencia, cada libro de esta colección se subleva -de la mano de las víctimas- contra la desinformación, en busca de memoria: un derecho de los territorios para sembrar la paz, reescribir su historia y compartir una conciencia social capaz de trenzar una red de solidaridad, universal, en contra de la violencia.  

Siendo así, y en cualquier rincón del mundo, cada vez que el viento levanta el vuelo de las hojas -diminutas perlas sobrevolando la atmosfera-, está presente el latir de los ausentes, junto con la esperanza que personificó Jesús Abad al fotografiar a un campesino adentrándose en una vereda tapizada de un manto de hojas (o mariposas) amarillas… en ese caminar en paz.  Ha llegado el momento, escribía María Belén Sáez de Ibarra, de “alejarnos de la procesión victoriosa de los amos de la guerra” y acompañar “la resistencia”…, una fortaleza que bien podría ser la de los pueblos, en un canto a la vida y acto de rebeldía contra toda guerra.  


 Publicado en Desde Abajo

viernes, 17 de junio de 2022

DIGNIFICANDO A LOS AUSENTES


Dignificando a los ausentes



(Foto propia)
 

 © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


Desde una “perspectiva anacrónica” e “internacional”, Didi-Huberman planteó una relación entre los distintos periodos históricos al demostrar que, aun teniendo las peculiaridades cada uno de su “historia precisa”, compartían un denominador común. Y es que, aunque la historia nunca se repite -escribía Trullén Floría- existe en ella “una tendencia circular a la rima”.

Si reflexionamos de la mano de estas premisas, observamos que con el paso de las décadas la violencia física y verbal contra la izquierda, y su proyecto social, ha sido diseñada, planificada y ejecutada de manera ininterrumpida. Explicaba el historiador Francisco Espinosa que el modelo de represión utilizado en las dictaduras latinoamericanas imitó al que se inauguró en España, donde los hallazgos de Serrulla Rech estiman que podrían existir alrededor de 14.755 fosas, en las que estarían inhumadas 130.000 víctimas de la represión franquista durante la guerra: maestras, jornaleros, menores de edad...

Siguen ahí, arrojados, frente al corazón encogido de las generaciones de sus seres queridos que continúan sin poder darles cobijo.

Fue en el territorio de la llamada Iberoamérica -designada recientemente como “Iberoesfera” por una ultraderecha española íntimamente vinculada a la extrema derecha latinoamericana-, que las desapariciones forzosas poblaron de pupitres vacíos las universidades, de madres velando en la oscuridad, y cuerpos bajo los montes.  

Desafortunadamente, basta con cambiar el método: los modelos de opresión se adaptan; sobreviven vociferando una falsa libertad y aplican la represión de forma encubierta,  aunque las prácticas de corte pinochetista que se ejercieron con sevicia contra los manifestantes de Colombia, retrocedieron décadas.

Así mismo, en esta “tendencia circular a la rima”, la violencia verbal se nutre inyectando odio a través de campañas de desinformación -maquilladas de rigor periodístico por grandes grupos mediáticos-, que tergiversan las ideas de izquierda y difaman a quienes las llevan. Ya cuestionaban Noam Chomsky y Edward S. Herman en Los guardianes de la Libertad la supuesta actuación “desinteresada” del sistema periodístico al explicar su imbricación en las élites políticas y empresariales.

Otra “tendencia circular a la rima” es el plan de ocultación y negación de la verdad, que se erige como una violencia añadida al revictimizar a los ausentes y a sus seres queridos; una estrategia del olvido diseñada para borrar la historia de las víctimas, y acallar futuras canciones de libertad y justicia social.

Inmersos en este bucle de la historia, nos plantamos en una actualidad donde el atardecer sigue acariciando, sigiloso, las cunetas de las carreteras, las explanadas de los valles, el reflejo de los ríos, la hierba mojada: la tierra. Allí están, hablando a través del viento… “ven pasar árboles y pájaros”, el susurro de Benedetti se hace presente: “cuando empezaron a desaparecer como el oasis en los espejismos a desaparecer sin últimas palabras tenían en sus manos los trozos de cosas que querían”. Permanecen entre la savia, en algunos lugares más que en otros, aferrados a esos pequeños “trozos de cosas que querían”; destellos que perduran, entre la tierra y sus huesos, para hablarnos de ellos en vida: de su presente arrebatado y desahogar su verdad.  

Son los ausentes, los desaparecidos, aquellos que vivieron la experiencia hasta el final, los que tocaron fondo y no sobrevivieron para contarlo, nombrados por Giorgio Agamben como “los verdaderos testigos”. Aquí o allá: están en todas partes, silenciados por defender los derechos del otro -que también fueron los suyos-, por querer construir solidaridad y caminar con una mirada inquieta, rebosante de dignidad.

Recuperar su voz rota, liberar su cuerpo atado y sacar a la luz lo negado, lo oculto, lo demasiado doloroso para ser creíble: los restos de quienes fueron sumergidos en un silencio obligado, en la profundidad de un hueco impersonal, con su cuerpo secuestrado y el esqueleto enraizado en un subsuelo que no eligió, se torna una responsabilidad social.

Dejar una rosa roja, amarilla y azul, o violetas, sobre ese pedazo de tierra fértil, sembrado de ideas, donde permanecieron los ausentes, demanda escucharlos y reivindicar su historia. De lo contrario, cobrarían vigencia las palabras de Walter Benjamin cuando pronosticó: “ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence”. Efectivamente, la estrategia de negación y tergiversación de la verdad que impulsaron los victimarios, todavía, en algunos países: “no ha cesado de vencer”.

Si bien, la estela de los ausentes ha logrado traspasar la arena, los ríos y montañas, dejando florecer sus semillas en generaciones de pensamiento, política, arte y cultura: impulsando ese renacer perseverante y vivo, de conciencia social.

Hemos escuchamos a Francia Márquez animando a cambiar la historia con un lapicero: un objeto, de poderoso simbolismo, cuyo potencial ha demostrado ser el vehículo más eficaz contra la sumisión: aquel que tiene pálpito y pensamiento. Esos lapiceros que sueñan ideas y crean democracia quizás logren, con su voto, dignificar a los ausentes; a la bruma de aquellas hermosas y profundas montañas de Colombia donde tanto dolor merece ser arropado por el amor de todo un pueblo.


Publicado en Desde Abajo