© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo
La
palabra narcotráfico connota distintos significados. Que se lo digan a las
madres de los pueblos pesqueros gallegos, del norte de España, que tuvieron que
ver cómo se les deslizaba de las manos el alma de sus hijos sumidos por la
heroína, y seguidamente, soportar el desprecio que gran parte de la sociedad vertía
sobre ellos. O que le pregunten a la mayoría de los colombianos qué supuso el
narcotráfico por aquellas mismas décadas de los 80 y 90; cercados por los
atentados, el miedo, y el estigma que les dejó, a ojos extranjeros, la estela de
Pablo Escobar.
Por
su parte, la narcocultura, en su función propagandística, cimentó su éxito en
el pozo de desarraigo en el que se hallaban miles de jóvenes quienes; bien por haber
crecido en zonas de desierto laboral, bien por subsistir cerca del umbral de la
pobreza, no percibían mayor esperanza que el arraigo brindado por las bandas del
crimen organizado que les auguraban un futuro con una identidad reforzada de dinero,
y de autoestima. Un espejismo de oro tras el cual se escondía la sordidez, la oscuridad,
y el fracaso de aquellos entornos turbios descritos por Alfredo Molano en
Rebusque mayor. Relatos de mulas, traquetos y embarque.
En
la actualidad, aunque hayan cambiado los enclaves de producción del tráfico de
sustancias ilícitas, las rutas de distribución, los modos operandi, y las formas
de reclutamiento hayan migrado al ciberespacio; la vulnerabilidad sigue siendo un
imán, a nivel mundial, para enganchar a los jóvenes traficantes.
No
es extraño que en la rueda de prensa celebrada hace poco más de un mes en
Washington D.C., tras a la reunión con
Donald Trump, el presidente Gustavo Petro subrayara la necesidad de reactivar
la economía como antídoto contra el cultivo de coca: “Si la gente no tiene con
qué comer, no tiene otras opciones en las selvas, en las montañas, en lugares donde
no llega una carretera, o donde para transportarse duran doce horas para sacar
un producto agrario legal a un mercado, lo que hará es narcotráfico”.
En
ese sentido, el presidente defendió ampliar el ángulo de actuación a las
políticas sociales y, antes que bombardear o quemar las casas de los campesinos
que sobrellevan la pobreza, reparar la brecha de abandono que condena, en
diversos territorios, a sus habitantes al tráfico ilícito, y a ser utilizados
como mano de obra del crimen organizado. Yendo más lejos, priorizó perseguir a
los “capos de los capos”, primera línea del narcotráfico, que tienen el poder
para “dominar el tráfico de mujeres, de niños, de órganos, de armas, de
sustancias supremamente venenosas como los insumos del fentanilo, el internet
que llaman oscuro…”. Cúpulas del narcotráfico integradas por distintas
nacionalidades que, lejos de los cultivos milenarios y las cosechas, habitan en
lujosos lugares de Dubái, Miami o de ciudades europeas como Madrid.
Dando
un salto a la perspectiva de los millones de habitantes multiculturales de la
capital de España que ni se imaginan dónde puede estar personificado el poder
del crimen organizado, una joven voz recorría con sus versos los vagones del
metro durante estos meses en los que florecen los almendros. Era Apiasere, el
rapero colombiano que dedica Soy Putumayo y Campesino a su gente; a su padre, a
los trabajadores de la tierra, de “manos sucias y corazón puro”; a su resistencia
a pesar de la escasez de hospitales, educación de calidad, y vías de
comunicación para poder comercializar sus cultivos.
De
acuerdo con ello, vincular la lucha contra el narcotráfico con el amor, como ha
defendido en varias ocasiones el presidente Petro, trasciende a la poética para
profundizar en una problemática que afecta al planeta, no sin olvidar aquellos sistemas
sociales que generan en el ser humano “la incapacidad de amar y la soledad
absoluta”.
A
este vacío que afecta a las distintas clases económicas y fomenta las
adicciones podríamos añadirle la “anomia”, a la cual se refería Garrido Lora
como un “sentimiento de aislamiento del individuo por la carencia de referentes
sociales”, alimentado por gran parte de los medios de comunicación: desde la
saturación de estimulantes, el desbordado consumismo, hasta la banalización de
la muerte y de las conductas criminales.
Dicho
fenómeno es aprovechado para anclar campañas de desinformación en contextos de
violencia política, situaciones prebélicas o guerras, con el objeto de
instrumentalizar al sujeto que, apático e insatisfecho con sus relaciones
humanas: “renuncia a entender los límites entre el bien y el mal, entre los
fines y los medios”, explicó Garrido en ¿Qué valores humanos utiliza la
propaganda en los conflictos?
Con
el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, las repercusiones en Oriente
Medio, la destrucción de Gaza, los estragos de las políticas de asfixia a Cuba…,
se disparan las informaciones tóxicas enfocadas a engendrar al enemigo,
justificar la barbarie, y legitimar los atentados contra los Derechos Humanos.
Un veneno cimentado en calumnias, mentiras, montajes y el despliegue de insultos
por las redes a través de “sicarios digitales” contra sus oponentes políticos.
Ya
en la rampa de las elecciones presidenciales de Colombia, el candidato por el
Pacto Histórico, Iván Cepeda, emitía contra este tipo de ataques un comunicado:
“Soy hijo de un dirigente y senador de la República asesinado por sus ideas,
por una vida íntegramente consagrada a defenderlas. Yo mismo soy sobreviviente
del genocidio político que se ha perpetrado por décadas contra la Unión
Patriótica y la izquierda en Colombia. He sufrido en carne propia, lo que
significa cuando el odio pretende sustituir la palabra”.
En
época de elecciones, entre balas y claveles; armas o libros, cárceles o
educación, opresión o alas, veremos si logra vencer al odio la fuerza del amor.
Hasta entonces, que resuene la metáfora de Amin Maalouf sobre el destino y el
velero: “El que está al timón no puede decidir de dónde sopla el viento, ni con
qué fuerza, pero sí puede orientar la vela”.
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