sábado, 30 de mayo de 2026

El fluir de la esperanza: ideas insumisas contra épocas retrógradas

 

 FLORES DE MAYO FRENTE A LA VIEJA ESTRATEGIA DE LA ULTRADERECHA


Asistentes a ARTBO/ 2022 ante una obra de Tomas Ochoa (foto propia).

  

© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo

 

Era un 9 de agosto de 1994 cuando un joven, de voz contenida, mantenía su entereza para pedirle a Colombia, y a la justicia, que frenaran la ofensiva contra la izquierda: “Que no quede este crimen impune como el de tantos hombres justos y valientes que han peleado por este país”. Eran las palabras pronunciadas por el actual candidato a la presidencia Iván Cepeda, desde el lugar en el que acababan de asesinar a su padre, Manuel Cepeda Vargas, entonces senador de la Unión Patriótica (UP).  

Por décadas, parte de la sociedad de América Latina elevó sus voces contra la impunidad de los crímenes de Estado; lanzando a volar pétalos de rosas en memoria de aquellas ideas, fuentes de inspiración, que nos dejaron los ausentes: pensamientos no fosilizados, que fluyen por generaciones en cánticos, en versos, entre conversaciones, en las universidades, entre las páginas de los libros; emancipadas, abiertas al debate, construyendo mundo y conocimiento.  

Los crímenes no lograron hacer desaparecer las ideas que creían patrimonio exclusivo de quienes las portaban; ellas, intangibles, irrefrenables, átomos con vida propia, siguieron latiendo vaporosas en el universo; a veces desde el silencio de una celda, otras en la clandestinidad, en los tinteros de los maestros, o en el exilio. Tiempos aquellos en los que se pretendía uniformar y controlar las mentes… como si las ideas no florecieran y no escaparan por las rejas.  

Estas persecuciones sistemáticas que han padecido los políticos progresistas, sindicalistas, líderes sociales, abogados, magistrados o periodistas incómodos, han estado precedidas por despiadadas campañas de criminalización, como sucedió con el genocidio político contra los miembros de la UP.

Explicaba Francisco Sierra en Pensar la guerra. Constitución imperial y modo de control informacional… de qué manera, en el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos instrumentalizó el terrorismo como epicentro de la desinformación -convertido en un concepto fetiche, en palabras de Sara Miles- para legitimar el empleo de los métodos contrainsurgentes.  

Con el paso del tiempo, y recientemente con la Administración de Trump, somos testigos de cómo el relato de la lucha contra el terrorismo internacional, amplificado al narcotráfico, continúa sirviendo de pretexto para amenazar y aprisionar a los adversarios políticos, así como avalar intervenciones militares.

Los resultados de estas narrativas son demoledores: la justificación en Estados Unidos de las deportaciones masivas bajo -expresado por José Antonio Sanahuja- la “inverosímil teoría legal” de la invasión, al identificar a los inmigrantes como una amenaza para los pilares de la nación; la aniquilación bajo las órdenes de Netanyahu de una población palestina etiquetada como terrorista; la seguridad que prioriza Bukele a costa de la inseguridad que viven otros ciudadanos, susceptibles de ser encarcelados sin pruebas, o del acoso a los periodistas que cubren temas de seguridad pública y pandillas, tal como denunció Reporteros Sin Fronteras.

La expansión del pavimento de la extrema derecha en Iberoamérica se muestra visible a través de la iniciativa de Vox de difundir una supuesta conspiración que tiene lugar en una parte de la región “secuestrada por regímenes totalitarios de inspiración comunista, apoyados por el narcotráfico y terceros países”: “Todos ellos, bajo el paraguas del régimen cubano e iniciativas como el Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla, que se infiltra en los centros de poder para imponer su agenda ideológica”, manifiesta la Carta de Madrid, firmada por dos de los candidatos a la presidencia de Colombia: Abelardo de la Espriella, y la uribista Paloma Valencia.

Ante la estrategia de desinformación que está poniendo en riesgo la Seguridad Nacional en materia de democracia, Sergio Gracia sostiene la necesidad de “desmontar sus trampas, señalar sus abusos y no aceptar que el respeto sea una mordaza para los de siempre”, invitando a “negarse a vivir de rodillas ante quienes han hecho del insulto una forma de poder”, expresó en Toca contestar (a la extrema derecha) a quien insulta.

A las puertas de las elecciones presidenciales del 31 de mayo: las turbias campañas de antaño resurgen de la mano de una ultraderecha mundial que añora el orden homogeneizado, la política belicosa y la obediencia; enarbolando un autoritarismo desbocado que parece extraído de celuloides del pasado siglo, y cuyo horizonte dibuja jaulas de acero.

Ante la impúdica violencia verbal, la avalancha de difamaciones y calumnias por parte de aspirantes a la campaña electoral contra el candidato presidencial Iván Cepeda, recordó Hollman Morris en RTVC: “La historia de este país nos enseña que con esos señalamientos, se exterminó un partido político”.

Fluyen por el río las palabras que un acompañante de las comunidades en los procesos restaurativos tejió bajo el anonimato; en ellas habla de la plegaria que habita en los hogares atravesados por los impactos del conflicto armado, en el murmullo de las madres que esperan, en los campesinos e indígenas que resisten en medio del asedio; una plegaria que “sigue llegando hasta nosotros como un río de fondo que pide ser escuchado, que ahora danza y se expresa en la posibilidad de la continuidad de un gobierno progresista”.


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sábado, 28 de marzo de 2026

NARCOTRÁFICO, ESTIGMA, EL AMOR Y LA POLÍTICA

 


  
                                             
Mural en Medellín: Melancolía, Señor OK, Ledania, ZDEY, (foto propia).

 

© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


La palabra narcotráfico connota distintos significados. Que se lo digan a las madres de los pueblos pesqueros gallegos, del norte de España, que tuvieron que ver cómo se les deslizaba de las manos el alma de sus hijos sumidos por la heroína, y seguidamente, soportar el desprecio que gran parte de la sociedad vertía sobre ellos. O que le pregunten a la mayoría de los colombianos qué supuso el narcotráfico por aquellas mismas décadas de los 80 y 90; cercados por los atentados, el miedo, y el estigma que les dejó, a ojos extranjeros, la estela de Pablo Escobar.

Por su parte, la narcocultura, en su función propagandística, cimentó su éxito en el pozo de desarraigo en el que se hallaban miles de jóvenes quienes; bien por haber crecido en zonas de desierto laboral, bien por subsistir cerca del umbral de la pobreza, no percibían mayor esperanza que el arraigo brindado por las bandas del crimen organizado que les auguraban un futuro con una identidad reforzada de dinero, y de autoestima. Un espejismo de oro tras el cual se escondía la sordidez, la oscuridad, y el fracaso de aquellos entornos turbios descritos por Alfredo Molano en Rebusque mayor. Relatos de mulas, traquetos y embarque.

En la actualidad, aunque hayan cambiado los enclaves de producción del tráfico de sustancias ilícitas, las rutas de distribución, los modos operandi, y las formas de reclutamiento hayan migrado al ciberespacio; la vulnerabilidad sigue siendo un imán, a nivel mundial, para enganchar a los jóvenes traficantes.

No es extraño que en la rueda de prensa celebrada hace poco más de un mes en Washington D.C.,  tras a la reunión con Donald Trump, el presidente Gustavo Petro subrayara la necesidad de reactivar la economía como antídoto contra el cultivo de coca: “Si la gente no tiene con qué comer, no tiene otras opciones en las selvas, en las montañas, en lugares donde no llega una carretera, o donde para transportarse duran doce horas para sacar un producto agrario legal a un mercado, lo que hará es narcotráfico”.

En ese sentido, el presidente defendió ampliar el ángulo de actuación a las políticas sociales y, antes que bombardear o quemar las casas de los campesinos que sobrellevan la pobreza, reparar la brecha de abandono que condena, en diversos territorios, a sus habitantes al tráfico ilícito, y a ser utilizados como mano de obra del crimen organizado. Yendo más lejos, priorizó perseguir a los “capos de los capos”, primera línea del narcotráfico, que tienen el poder para “dominar el tráfico de mujeres, de niños, de órganos, de armas, de sustancias supremamente venenosas como los insumos del fentanilo, el internet que llaman oscuro…”. Cúpulas del narcotráfico integradas por distintas nacionalidades que, lejos de los cultivos milenarios y las cosechas, habitan en lujosos lugares de Dubái, Miami o de ciudades europeas como Madrid.

Dando un salto a la perspectiva de los millones de habitantes multiculturales de la capital de España que ni se imaginan dónde puede estar personificado el poder del crimen organizado, una joven voz recorría con sus versos los vagones del metro durante estos meses en los que florecen los almendros. Era Apiasere, el rapero colombiano que dedica Soy Putumayo y Campesino a su gente; a su padre, a los trabajadores de la tierra, de “manos sucias y corazón puro”; a su resistencia a pesar de la escasez de hospitales, educación de calidad, y vías de comunicación para poder comercializar sus cultivos. 

De acuerdo con ello, vincular la lucha contra el narcotráfico con el amor, como ha defendido en varias ocasiones el presidente Petro, trasciende a la poética para profundizar en una problemática que afecta al planeta, no sin olvidar aquellos sistemas sociales que generan en el ser humano “la incapacidad de amar y la soledad absoluta”.

A este vacío que afecta a las distintas clases económicas y fomenta las adicciones podríamos añadirle la “anomia”, a la cual se refería Garrido Lora como un “sentimiento de aislamiento del individuo por la carencia de referentes sociales”, alimentado por gran parte de los medios de comunicación: desde la saturación de estimulantes, el desbordado consumismo, hasta la banalización de la muerte y de las conductas criminales. 

Dicho fenómeno es aprovechado para anclar campañas de desinformación en contextos de violencia política, situaciones prebélicas o guerras, con el objeto de instrumentalizar al sujeto que, apático e insatisfecho con sus relaciones humanas: “renuncia a entender los límites entre el bien y el mal, entre los fines y los medios”, explicó Garrido en ¿Qué valores humanos utiliza la propaganda en los conflictos?

Con el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, las repercusiones en Oriente Medio, la destrucción de Gaza, los estragos de las políticas de asfixia a Cuba…, se disparan las informaciones tóxicas enfocadas a engendrar al enemigo, justificar la barbarie, y legitimar los atentados contra los Derechos Humanos. Un veneno cimentado en calumnias, mentiras, montajes y el despliegue de insultos por las redes a través de “sicarios digitales” contra sus oponentes políticos.

Ya en la rampa de las elecciones presidenciales de Colombia, el candidato por el Pacto Histórico, Iván Cepeda, emitía contra este tipo de ataques un comunicado: “Soy hijo de un dirigente y senador de la República asesinado por sus ideas, por una vida íntegramente consagrada a defenderlas. Yo mismo soy sobreviviente del genocidio político que se ha perpetrado por décadas contra la Unión Patriótica y la izquierda en Colombia. He sufrido en carne propia, lo que significa cuando el odio pretende sustituir la palabra”.

En época de elecciones, entre balas y claveles; armas o libros, cárceles o educación, opresión o alas, veremos si logra vencer al odio la fuerza del amor. Hasta entonces, que resuene la metáfora de Amin Maalouf sobre el destino y el velero: “El que está al timón no puede decidir de dónde sopla el viento, ni con qué fuerza, pero sí puede orientar la vela”.

 

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jueves, 29 de enero de 2026

LA OPRESIÓN DE LA ULTRADERECHA

 

EL PENSAMIENTO CRÍTICO CONTRA LA VIOLENCIA Y EL ECO DEL FALSO RELATO


                                       
Ángel Orcajo, Amenaza al amanecer, 1973.
Ángel Orcajo, Amenaza al amanecer, 1973.


© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


Hacer política desde las alturas no suele conducir a los ciudadanos a buen puerto. Todos hemos observado algún día desde la azotea de un edificio cómo una perspectiva tan elevada distorsiona la realidad: empequeñece a los transeúntes, difumina sus rasgos identitarios, culturales, regionales…, borra sus rostros y les reduce a una masa uniforme, anodina y sin alma. Es desde esta falsa superioridad, desconectada de los pueblos del mundo y de sus naciones, que a tan solo 72 horas aproximadas de haber inaugurado el año, se nos comunicaba desde Florida las pretendidas directrices del nuevo rumbo a tomar en Venezuela, y del orden mundial.

“Esto es Estados Unidos primero, esto es la paz a través de la fuerza”: las declaraciones realizadas por Pete Hegseth, a la cabeza del Departamento de Guerra estadounidense, en la rueda de prensa posterior a la controvertida “Operación Resolución Absoluta” abrían el telón del 2026 con una retórica pueril y temeraria, más propia de las pandillas urbanas que de la responsabilidad exigida en cuestiones de Paz, Seguridad y Defensa, y de su obligada proyección hacia la estabilidad geopolítica.

Los alardes de Donald Trump y de su Administración respecto a lo que supuso un ataque a la soberanía de Venezuela y el secuestro a su presidente Nicolás Maduro, van de la mano de una narrativa que instrumentaliza a las Fuerzas Armadas en beneficio de sus intereses, y de una acuciada indiferencia hacia las leyes y los derechos humanos: una peligrosa combinación.

No es de extrañar que el autoritarismo del mandatario, que barre el arte de la diplomacia y eleva su púlpito al ejercer las relaciones internacionales, haya desatado la inquietud mundial ante la suma de señalamientos a Groenlandia, Colombia…y la imposición de aranceles como amenaza disuasoria a aquellos países que muestran resistencia en ceder a la gravedad de sus irresponsables acciones.

Estas máximas arcaicas y simplistas de gana el más fuerte, cuanto más mejor y porque lo digo yo, corroboran la vigencia de las advertencias que nos dejó Hannah Arendt: “cada reducción de poder es una abierta invitación a la violencia; aunque solo sea por el hecho de que a quienes tienen el poder y sienten que se desliza de sus manos, sean el Gobierno o los gobernados, siempre les ha sido difícil resistir a la tentación de sustituirlo por la violencia”. La alerta de la filósofa no era en vano: las prácticas coercitivas, intimidatorias y criminales ordenadas a la lumbre de los autoritarismos, no han dejado de efectuarse para engrosar el poder político y económico.

Las sociedades que conforman América Latina conocen de primera mano la espiral de estragos que conllevan estos tipos de violencias; una radiografía premonitoria la hacía el escritor colombiano German Arciniegas al publicar “Entre la libertad y el miedo”, título que nos recuerda aquel espacio intermedio donde habitaba el silencio en el siglo XX.  

Demasiadas fueron las generaciones obligadas a reprimir sus palabras y la lectura de obras tachadas de subversivas; ejemplares que sobreviven en librerías de segunda mano, algunos de los cuales dejan entrever una postal, una nota, o entrada de cine de quien lo estaba leyendo. Páginas prohibidas que algún día estuvieron escondidas, posiblemente en el interior de la caja de resonancia de la guitarra de un estudiante, ávido por saber; letras con olor a leña, a hogar, a caramelo, a lumbre … a pensamiento, ese gran enemigo de la opresión.

Instrumentos de control como la censura, la omisión o la falsa información han seguido expandiendo sus raíces al paso de las décadas; ensanchando las posibilidades que les brindan las nuevas tecnologías. El objetivo: confundir, manipular, teledirigir a un sector de la población a través de campañas de desinformación que, en la actualidad, navegan por el ecosistema del ciberespacio en forma de serpiente invisible.

Informaciones tóxicas que pasan desapercibidas ante nuestros ojos al estar diseñadas para incendiar emociones como son el miedo, la ansiedad, la furia, la animadversión..., siendo los propios ciudadanos los que participan en su difusión cada vez que las comparten sin cuestionarse el origen de la fuente y su veracidad.

En esta dinámica, el eco del falso relato se expande de manera similar a la reverberación que produce una piedra lanzada al agua; conduciendo estas estrategias de desinformación a episodios alarmantes para la seguridad nacional como han sido el asalto al Capitolio (2021), al Congreso de Brasil (2023) o la disposición para atentar de una célula de la organización terrorista neonazi “La Base” desarticulada hace poco más de un mes en España.

Desalentador es el respaldo dado a la Carta de Madrid, propuesta de extrema derecha impulsada por el líder de Vox, Abascal, contra las iniciativas del Grupo Puebla y el “comunismo” en “Iberoesfera”. Entre sus firmantes se hallan el argentino Milei, la italiana Meloni, el chileno Antonio Kast, la venezolana María Corina Machado y el aspirante ultraderechista a la presidencia de Colombia, Abelardo de la Espriella.

Se acercan las elecciones en Perú, Colombia y Brasil, y aquellos que trabajan en América Latina por fortalecer la democracia, la cohesión y la justicia social, saben bien que ello no se construye con viejas retóricas ni imposiciones del extranjero. Por el contrario, se trenza desde la escucha de los pueblos, de sus valores e historia, y en compañía de quienes, a pesar tener las secuelas de la violencia tatuadas en su alma, siguen luchando para sembrar el dialogo, el amor y la reflexión… desde las aulas donde la represión amordazó la voz…, desde aquellas veredas en las que el río acaricia el silencio…

En tiempos de guerra cognitiva, de información contaminada por mensajes radicalizados de odio contra la oposición, de racismo y xenofobia, que invocan el retorno de historias irreversibles que avergonzaron a la humanidad; el pensamiento crítico, oxígeno de los pueblos, resiste como un escudo contra la sumisión, y esperanza para la democracia.


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martes, 19 de agosto de 2025

VOCES POR LA PAZ, LA UNIDAD Y LA JUSTICIA SOCIAL



Una pancarta ondeada en Santa Marta el 20 de julio (foto propia) 
Una pancarta ondeada en Santa Marta el 20 de julio (foto propia)

                        

© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


Sus huellas, caligrafiadas en las piedras de los ríos, talladas en los troncos de los árboles, tatuadas en las paredes de las universidades, y en los morrales de los estudiantes. Allí están, serpenteando con vigor las calles, iluminando los túneles de la ciudad a través de murales que convocan sus nombres. Su recuerdo revive desde la mirada de los otros, y de tantas voces en Colombia que dan continuidad a sus sueños. Ellos y ellas, asesinados por defender los derechos humanos, su territorio y el medio ambiente, por denunciar los abusos del poder y desvelar la historia no oficial, también estuvieron presentes aquel 20 de julio en el que el canto de la Independencia, emitido desde la perla del Caribe, desplegó sus alas al hilvanar la idea de dignidad, libertad y justicia social. Allí mismo, frente a la oficialidad del acto y bajo una arboleda, se ondeaba una nítida pancarta que rememoraba a los héroes del Magdalena, custodiada por un grupo de costeños de profundos ojos negros en colaboración con los chiquillos que, tras trepar a las ramas, lograban amarrarla y tensarla con mayor pericia. Los rostros de cada uno de ellos, Zully Codina, sindicalista y periodista, Alfredo Correa de Andréis, sociólogo, maestro e investigador, Jorge Adolfo Freytter Romero, docente y sindicalista…, proyectaban el reflejo de miles de personas represaliadas durante décadas; voces indómitas contra la desigualdad social, el crimen organizado, el terrorismo de Estado, y la ocultación de la verdad.

Dicha conmemoración, celebrada en el marco de un desfile militar desligado de toda narrativa belicista, lejos de limitarse a un recordatorio histórico, trazó un horizonte de reflexión en torno a un abanico de propuestas sociales, en un contexto de anhelo por la paz en el que se fusionó la diversidad con las flores, la prevención con la cultura, la patria con las oportunidades, los uniformes con los libros, y la paz sin sumisión.

En aquella arboleda, personas de diversas generaciones, resguardadas entre el amor y el dolor, esperaban pacientes y expectantes el discurso del presidente de la República, cuyas palabras, que aludían a la poesía e ingenio de García Márquez, también hicieron referencia a los ausentes que habitaban aquella pancarta de gran dimensión simbólica, y hacia quienes cobijaban su recuerdo.

La esperanza hizo eco para abrazar a la población palestina con la invitación de Gustavo Petro a abandonar la soledad y cederle el paso a la solidaridad; en concordancia con la reciente cumbre del Grupo de La Haya celebrada en Bogotá, en la cual se alertó de la amenaza que suponen los experimentos aéreos de Israel contra Gaza, espejo de aquellos que pulverizaron Gernika y materializaron la deshumanización en la II Guerra Mundial.

A la mañana siguiente, la cotidianidad retomó su rutina. El vendedor de periódicos regresó a su habitual esquina cerca al Museo del oro Tairona, en cuyo interior perviven creencias prehispánicas como la de los Ettes, indígenas que colgaban figuras de perros en las hamacas para ahuyentar el mal y escoltar sus sueños, lo cuales recibían como reales. No tan alejados de ellos, nos debatimos en la actualidad cómo proteger los nuestros del retorno y perversidad del racismo, de sus ejércitos empleados para la muerte, de las cadenas y celdas para los migrantes, de los falsos relatos y persecución a periodistas, de los golpes blandos que ignoran la voluntad del pueblo, de la impunidad…Cada día, los titulares nos anuncian la esfera de violencia que azota al mundo. En Colombia, a los líderes sociales les siguen arrebatando la vida por intereses ocultos; en Argentina, Milei carga de odio contra los periodistas; en EEUU, Trump pretende adoctrinar en las escuelas con una historia falsificada; en España, los inmigrantes trabajadores del campo en Torre Pacheco (Murcia) se recuperan de la caza neonazi, alentada por el partido ultraderechista Vox, al más aterrador estilo de la película La Jauría Humana.

Si bien, las reflexiones que nos dejó aquel 20 de julio, mantienen su pulso activo en un llamado a la unidad; acompañando nuestros pasos, aquí y allá, en una trenza de retos y rebeldía contra el declive de la humanidad.

Así, en cualquier rincón del mundo; una música, una pieza de baile, unas gotas de lluvia sobre el rostro, la mirada amiga de un desconocido, o una rockera de bella sonrisa mestiza cuya letra rompe la monotonía del tráfico de Bogotá, nos recuerdan la lucha de tantos ausentes que dieron su vida por un mundo en el que todos, indistintamente del color de las ideas, religiones o banderas, podamos soñar, expandir las alas y volar…

 

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jueves, 3 de julio de 2025

DESINFORMACIÓN COMO ESTRATEGIA, LA INSTRUMENTALIZACIÓN DEL CIUDADANO Y EL ODIO

 


Extracto de “La lucha”, 1975, Ángel Orcajo (foto propia)

 

© Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo

 

Pasaba los tornos de un control de seguridad en España cuando un guardia civil le recordó a un periodista que le enseñaba sus bolsillos vacíos de artefactos, que la pluma era más peligrosa que un arma. Este instrumento, de tintero, carbón o dígitos fabricados desde un ordenador, si bien ha denunciado los abusos de poder y dado voz a los invisibilizados, también ha sido utilizado a lo largo de los siglos para incendiar y quebrantar sociedades.

Narrativas fabuladas, información engañosa enfocada a sembrar incertidumbre; tácticas retóricas y una violencia verbal encaminada a despertar el germen del odio han cristalizado en actos terroristas, golpes de Estado, guerras civiles, persecuciones a colectivos y exterminios. “Inventar y expandir ficciones, fantasías, ilusiones” en aras a desinformar, manipular y controlar, es algo que ha existido durante miles de años, anotó Yuval Noah Harari al matizar que la mayoría de los alemanes que votaron a Hitler en 1933, lejos de ser psicópatas, aplaudieron al nazismo por “un problema de información”.

En este sentido, el funcionamiento de las campañas de desinformación se basa en instrumentalizar a la opinión pública, pilar imprescindible para la salud democrática.  Si bien, esclarece el especialista en comunicación, Jordi Ballera: “Se requiere anclar esa campaña en un evento traumático que haya tenido un impacto emocional relevante entre los ciudadanos, y que les haya conmocionado. Esa conmoción genera agitación entre la población que demanda una respuesta que garantice la seguridad futura”.

Siendo así, a partir de un acontecimiento como puede ser un atentado, una reducción de poder drástica para un sector de la población, ataques terroristas…, los actores interesados aprovechan el miedo latente entre la población para avivarlo.

No es extraño, explicó el historiador González Calleja, que el miedo sea aplicado como táctica ya que, al igual que la agresividad, está programado en la conducta del hombre como supervivencia al medio hostil, de modo que frente a una amenaza el ser humano responde atacando, acción que puede desencadenar conductas con un grado de violencia equiparable al nivel de temor que esté padeciendo, tal como buscan los instigadores.

Cabe recordar el papel que jugó parte de la prensa chilena, con El Mercurio a la cabeza, en generar un clima prebélico para justificar el posterior golpe de Estado al legítimo gobierno de Allende. Así mismo, la limpieza étnica en la ex Yugoslavia estuvo precedida por una feroz campaña de incitación al odio. En relación con los efectos que provoca la creación semántica del enemigo y su articulación mediática, indicó Ballera: “Hay una graduación, una escala, una cronología del odio. La indiferencia, la burla, el desprecio, el odio y finalmente la eliminación”.

De tal manera que, tras la degradación, cosificación y animalización verbal del otro, a la cual se refirió en su día Hannah Arendt como la “elocuencia del diablo”, el temor se convierte en aversión al supuesto enemigo y ante todo lo que él representa.     

Cuando bajas el tono para que el vecino no escuche tu opinión política, silencias tu preferencia ideológica en el trabajo por temor a un despido, miras con rencor a un miembro de la familia que opina diferente, detestas a un colectivo que también te aborrece y sientes cómo te hierve la sangre de rechazo hacia el contrario, en ese momento, la violencia verbal está a un paso de convertirse en física, teniendo en cuenta que, tal como perfiló el historiador y filósofo Xabier Irujo: “la esencia del mal radica precisamente en la ausencia de empatía”.

“Los tutsis ya no nos parecían humanos, ni siquiera criaturas de Dios”, atestiguó un victimario, en alusión a lo fácil que les resultaba “suprimirlos” durante el genocidio en Ruanda (Hatzfel, 2006).  La gravedad de esta violencia verbal radica en que, una vez deshumanizado el grupo social, los victimarios ya no consideran que en su represión haya cabida para los derechos humanos, expresó Gideon Levy al referirse a la estigmatización sufrida por los palestinos.

Observamos que esta estrategia de antaño se expande con mayor velocidad en el ecosistema del ciberespacio, donde el propio ciudadano -incauto y manipulado- participa en la propagación de noticias falsas circunscritas en aquellas campañas de desestabilización que forman parte de las actualmente denominadas: amenazas híbridas.

En esta coyuntura geopolítica, convulsa e incierta, marcada por el auge de una extrema derecha retrógrada y xenófoba, por gobernantes de potencias que izan las banderas bélicas, ponen en riesgo la seguridad mundial y demuestran un ofensivo desprecio hacia los derechos humanos; en este contexto, sin obviar, un crimen organizado transnacional que pretende asentarse en los Estados y élites económicas, las campañas de desinformación operan en la esfera cognitiva para confundir y atizar a los ciudadanos, susceptibles de pasar de víctimas a potenciales victimarios.

Ante escenarios políticos cada vez más polarizados, frente a la ilimitada libertad de expresión que circula por las redes sociales y en algunos medios de comunicación incendiarios, y considerando que los ciudadanos somos el instrumento del que se valen los actores hostiles para sembrar el desconcierto, la tensión social y fracturar nuestros lazos de convivencia, sería pertinente repensar el vínculo existente entre ética y libertad ya que, tal como subrayó Xabier Irujo: “No hay ética sin responsabilidad con respecto a otros individuos como tampoco hay libertad sin obligación hacia estos”.

 

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jueves, 20 de marzo de 2025

DOCUMENTAR TU PROPIO GENOCIDIO, FRENTE A LA INDIFERENCIA DEL PODER INTERNACIONAL

 

EL LEGADO DE LOS PERIODISTAS PALESTINOS: 

FUENTES PARA SALVAGUARDAR LA VERDAD DE UN PUEBLO MASACRADO


Manifestación contra el genocidio en Gaza, Madrid. (Foto Propia)



  © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


En una céntrica plaza de Madrid (España), a las puertas del 2025, se cerraba el pasado año con una vigilia contra el genocidio en Palestina. Las velas iluminaban las sombras que se iban congregando, mostrando su respeto ante una inagotable fila de nombres y apellidos, encaminada a sumar las que serían más de 48.000 víctimas mortales, entre ellas, periodistas palestinos. “Tengo miedo. No sé por qué. Son las 9 de la mañana y nos vamos a Gaza. Ayer tomamos las primeras fotos de un muerto […]. Ahora nos persiguen los espías israelís. Creo que hoy nos pasa algo”, escribía en su diario a finales de los ochenta, el fotoperiodista español Javier Bauluz. Sus palabras, recuperadas en “Intifada Palestina 1988. No empezó todo en octubre de 2023”, coinciden con Fran Sevilla, al anotar que el acoso a los periodistas y la guerra no comenzaron el 7 de octubre; si bien, a partir de aquel día, Israel emprendió una campaña enfocada a asesinar, en los sucesivos bombardeos, a todos aquellos que “se atrevían a empuñar una cámara, un micrófono, un ordenador o incluso un bolígrafo o pluma”. Una estrategia de antaño que busca acallar la verdad de la víctima, borrar y tergiversar su historia.

Contra ello, la concentración en lamento por los civiles bombardeados en Gaza quedaba sumergida en un profundo minuto de silencio. El sonido que emitía el proyector al visibilizar el número de masacrados, un ronroneo atemporal, parecía tintar aquella atmósfera de blanco y negro, y en un flashback, retornar al siglo pasado: a la universalidad de la guerra moderna. Concretamente, a aquel solar en ruinas al que quedó reducida y pulverizada la España republicana, víctima de los ataques aéreos a cargo del franquismo, fascismo y nazismo.

Aquellas fotografías de los años 30 revelaban por primera vez la espiral de estragos humanos que provocaban los experimentos de la guerra total: la desintegración de cascos urbanos, la muchedumbre huyendo, almas rotas, personas deambulando entre los escombros de sus hogares perdidos, desesperados, buscando a sus familiares…otros, ensimismados, intentando recordar su propio nombre… Era el horror de la guerra total, al que fueron indiferentes potencias como Francia e Inglaterra a pesar de ver -a través de una cobertura periodística colmada de fotografías que probaban las más cruentas masacres contra mujeres, ancianos y niños-, cómo estaba siendo aniquilada, desde el aire y ante sus ojos, la población republicana.

Potencias que permanecieron imperturbables ante el dolor ajeno, sordas a las advertencias de aquellos humanistas, filósofos o juristas que, ya en la época, estaban escandalizados respecto a un método que atentaba contra el Derecho Internacional; aquel que pocos años después, protagonizó la devastación de masivas poblaciones, sumidas en la II Guerra Mundial.

Casi un siglo después, contemplamos la misma indolencia de las grandes potencias y poderes internacionales que, en contra del dialogo, de la responsabilidad y empatía social, continúan enarbolando armas, inyectando odio y alentando con discursos belicistas a más guerra; conduciendo a la humanidad a un mayor retroceso.

Mientras tanto, aquellas fotografías de ruinas, vacío y abandono que recordamos del siglo pasado, se encarnan ahora en Gaza, lugar desde donde Abubaker Abed, en nombre de los periodistas palestinos, pronunciaba un comunicado de prensa, a principios de enero: “Nos has visto derramar lágrimas por nuestros seres queridos, colegas, amigos y familiares. Nos habéis visto morir de todas las formas posibles. Hemos sido inmolados, incinerados, desmembrados y destripados. ¿De qué otras maneras deberíais vernos morir para que podáis moveros y actuar, y detener el infierno que se nos ha impuesto?”.

Efectivamente, hemos comprobado cómo el cuerpo de periodistas palestinos no ha cesado de documentar, desde dentro, el terror, dolor y desesperación de su propio genocidio.

Frente al estado de humillación, aquel que inmoviliza y hace enmudecer, lograr documentar tu experiencia, reconocerla en el otro, convertirla en conocimiento y en una fuente histórica, constituye -explicaba Didi-Huberman- un acto de subversión. En este sentido, si trasladamos el argumento que desarrolló el filósofo en “Cuando el humillado mira al humillado” -en alusión a las imágenes registradas en 1939 por el fotógrafo republicano Centelles, preso en el campo de concentración de Bram (Francia)-, a la cobertura de los periodistas en Gaza, observamos que, a medida que fraguaron un trabajo documental sobre el genocidio, “por una especie de inversión dialéctica” también fueron germinando un trabajo de rebeldía e insumisión contra él.

Ante la impunidad e indolente normalización del horror que proyectan las grandes potencias respecto a Gaza, nos queda aferramos al legado que nos dejan los periodistas palestinos, aquellos que encaminaron su labor a salvaguardar la verdad de un pueblo, el suyo, sepultado deliberadamente bajo las bombas. Y es que, en consonancia con las palabras de Herbert Matthews, revividas por Paul Preston: “Puede parecer que el periodismo fracasa en su labor cotidiana de suministrar material para la historia, pero la historia nunca fracasará mientras el periodista escriba la verdad”.


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miércoles, 22 de enero de 2025

DOCUMENTAR LAS AUSENCIAS, REVELAR LO ENCUBIERTO, FISURAR EL SILENCIO

 

Plegaria, 1949, F. Botero.


 © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


“Quisiera no decir mucho para no perturbar el silencio de las madres ausentes que arañaron esta montaña de escombros con la fuerza del amor, la memoria y la desgarrada esperanza”, fueron las palabras del magistrado de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), Gustavo Salazar, al iniciar la intervención forense en La Escombrera, Comuna 13 de Medellín, en busca de víctimas de la desaparición forzada durante el conflicto armado en Colombia. El pasado 18 de diciembre, una poderosa luna roja se descubría ante las montañas antioqueñas de la mano de las primeras estructuras óseas halladas bajo tierra.

Las pruebas encontradas han ido demostrando que la existencia de cuerpos bajo fosas clandestinas en La Escombrera no era una leyenda urbana; las madres “no estaban locas, como en su momento había señalado el Estado y la sociedad”, comunicó la JEP.

El método de la desaparición forzada ha ido engrosando la tierra de impiedad, ha colmado hogares de un lamento prolongado, de un eterno insomnio con lágrimas de impotencia, de velas que, bajo cientos de lunas, alumbraron cada noche el recuerdo; miradas penetrantes, tiernas, acongojadas por la añoranza del abrazo perdido.

Titánicas las voces que, durante décadas, consagraron su amor a la búsqueda; manos curtidas sosteniendo las fotografías de los rostros desaparecidos, su anhelo, reivindicando los cuerpos robados, arrojados, pronunciando sus nombres queridos. Aquella fuerza irrefrenable de la dignidad, que logró vencer al miedo, fue fisurando el silencio; destapando la opacidad de un modelo represivo trazado para acallar la historia de la víctima.

Este método está blindado por un muro que obstaculiza su investigación, su cobertura periodística y la labor documental: ¿cómo testimoniar lo invisible, lo incorpóreo, lo clandestino, lo sumergido? “Tú, investigador, busca por todas partes, en cada parcela del terreno. Allí encontrarás enterrados documentos, los míos y los de otra gente, que sacan a la luz la crudeza de todo lo que aquí ha sucedido”, podía leerse en un escrito encontrado en Auschwitz al cual alude Didi-Huberman para referirse a la necesidad de desenterrar fragmentos que puedan desmontar el “plan de desimaginación” de los victimarios. Y es que, aquellas violencias invisibilizadas, han quedado relegadas a lo inimaginable, intangible, indescriptible; a un peligroso paso de lo increíble e irreal.

Precisamente, hacer pasar la ignominia por una invención, un mito, forma parte de la narrativa intrínseca a estos patrones represivos, edificados en la negación, tergiversación y ocultación de la verdad. Ya Hanna Arendt explicaba que el nazismo estaba convencido de que el éxito de sus crímenes residía en que nadie del exterior “podría creérselo”.

En sintonía con ello, las últimas palabras que escribió Matilde Gras en sus Memorias sobre la represión franquista y ejecución de su marido, caligrafiaron una esperanza: “Espero que todo esto que os he contado no lo toméis como un cuento”.  A pesar del salto en el tiempo, también las madres que reclamaron la búsqueda de sus familiares en La Escombrera han tenido que demostrar que no narraban cuentos.

Ante esta estrategia de negación se torna imprescindible, desde un punto de vista social, periodístico e histórico: investigar, hallar y visibilizar las intervenciones forenses que vienen a completar aquella labor documental inacabada, sesgada, abortada por una narrativa que ha tergiversado la historia, pretendiendo reducir métodos como la desaparición forzada a lo que temía Matilde…a una leyenda o fantasía, cuando por el contrario, ha sido una realidad tangible, descriptible, estandarizada y sistemática.

Ejemplo de su meticulosa planificación lo revelan las dolorosas cifras de desaparecidos que dejó en América Latina la implantación de la Doctrina de la Seguridad Nacional durante la Guerra Fría. El investigador Prudencio García, coronel retirado y ex miembro del equipo de expertos internacionales de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de la ONU en Guatemala, destacó en Crímenes de Guerra que la Escuela de las Américas, fundada en el Canal de Panamá, adiestró a miles de jefes y oficiales de ejércitos latinoamericanos con el objetivo de derrocar al “enemigo interior” y a sus “potentes tentáculos subversivos” de ámbitos civiles, eclesiásticos, empresariales, universitarios, artísticos, literarios… Este elaborado aparato doctrinal estadounidense amplió el ángulo de acción en su lucha contra el comunismo a opositores políticos, defensores de derechos humanos, activistas sindicales o estudiantes que, aun siendo democráticos, se les reducía a la categoría de individuos que merecían ser secuestrados, torturados y finalmente eliminados, con o sin desaparición de su cadáver. La puesta en marcha de la Operación Cóndor contribuyó a incrementar el horror.

Tras décadas de negación, con la apertura de las fosas comenzó a emerger lo encubierto, lo prohibido, lo silenciado, lo tabú; historias que hasta entonces habían sido ignoradas, se fueron tornando visibles, legibles y demostrables. En este sentido, se establecía un diálogo pendiente entre un pasado soterrado y un presente inconcluso, en aras a esclarecen una verdad secuestrada, ignorada y estigmatizada.

Detener este proceso, truncar la memoria colectiva, teledirigirla a un camino unidireccional; vaciar de verdad la historia borrando las desapariciones forzadas como aspira el gobierno de Milei y sectores de la ultraderecha mundial, denota un acuciante desprecio hacia los derechos humanos.

 

Pertenezcan o no los hallazgos en La Escombrera a desaparecidos en el marco de la Operación Orión, el salto ha sido enorme: la indiferencia vertida sobre las madres buscadoras a lo largo de más de veinte años ha quedado atrás.

Ellas, empoderadas, han demostrado que son capaces de revelar aquellos testimonios que la impunidad condenó al olvido, pero que la dignidad sigue luchando por rescatar.

 

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lunes, 4 de marzo de 2024

“VIDAS MINADAS”, LA SIEMBRA DE UN “PROGRESO” DESHUMANIZADO

UNA PEREGRINACIÓN DE AMOR HACIA LA VÍCTIMA

                                                                                                         Foto: Gervasio Sánchez, procedencia  expo. “Vidas Minadas 25 años”.

 

 © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


Caen gotas desde el inabarcable espacio celeste; lluvia para sembrar, cosechar, nutrir raíces y entretejer la existencia con su hábitat. Zonas rurales, selváticas, fértiles, donde el oxígeno y la madera aún perviven: un tesoro de atmósfera poblada de biodiversidad, donde cada amanecer trae consigo la vida.  

En estado puro, podríamos cristalizar esta imagen en el entorno de aquellas culturas que enriquecieron y embellecieron de opciones la tierra, antes de haber sido arrasadas, heridas, maltratadas, por la avaricia del poder occidental.

El paso de los siglos demostró que aquella colonización, cimentada en masacres, expolio, humillación, exterminio y opresión, convirtió dentro y fuera de sus sociedades, la lluvia en bombas, los alimentos en cenizas, la salud en epidemias, el aire en armas químicas, las aldeas en desplazamientos forzosos, las cosechas en fábricas de armamento y los cultivos en acumulación de tumbas.

Hasta la estética tuvo un lugar para abrazar al horror: “La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas, como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas …”, publicó el futurista Marinetti en el marco de la guerra de Etiopía, 1935, mientras la aviación de Mussolini gaseaba a los nativos. Previamente, como documentó Sven Lindqvist, ya Gran Bretaña, EEUU, Francia y España habían bombardeado a poblaciones no occidentales, amparados en un discurso discriminatorio que reajustaba las leyes de guerra conforme a sus intereses y a su autodesignada superioridad; aquella que le permite a EEUU seguir imponiendo su veto en la ONU.

No es de extrañar que, tras haber presenciado la explotación, el hambre, el éxodo y una espiral de guerras a lo largo del siglo XX, el fotógrafo brasileño, Sebastião Salgado, se decantara en su obra “Génesis” por retornar su mirada hacia la plenitud de la naturaleza, y reclamar con “Amazonía” la protección de sus tribus y del ecosistema, gravemente amenazado por proyectos que contribuyen a su destrucción. 

La industria de la minería, hidroeléctricas, cementeras o megaproyectos turísticos que persiguen engrosar su riqueza a costa de tierras ancestrales, sin contar con la aprobación de sus comunidades, es una constante que continúan denunciando sus líderes y lideresas, especialmente en Centroamérica y Suramérica; permanentemente intimidados, criminalizados y asesinados. Entre los testimonios recabados desde Honduras y Guatemala por el fotógrafo Gervasio Sánchez, nos compartía la lideresa hondureña, Rosalina Domínguez, el motor de su perseverancia: trasladar a las siguientes generaciones la necesidad de salvaguardar su entorno, entendiendo que su lucha, incluso su muerte, constituye una siembra… De resistencia y dignidad; un pulso que irradian los rostros de este trabajo documental, “Activistas por la vida”, realizado por el mencionado fotoperiodista quien, no solo ha profundizado durante décadas en las secuelas de los conflictos armados o entramados represivos, sino que se detiene en responsabilizar a la industria armamentística y a quienes la sostienen.

“Los responsables de tanto dolor se esconden tras la nebulosa de intereses y siglas. La industria armamentística es cada día más poderosa e impenetrable a pesar de las leyes sobre el control de armas de los países democráticos y que casi siempre se convierten en papel mojado a la hora de realizar negocios de la muerte”, señaló Gervasio Sánchez en “Vidas minadas 25 años”; su reciente obra que nos conduce a reflexionar sobre cómo las guerras suprimen, mutilan y limitan la vida de las personas, talando su cuerpo a través de un artefacto o perforando su alma ante el dolor de una pérdida: propia o ajena.  Algo actual, que podemos equiparar al recuerdo del cirujano mexicano de Médicos Sin Fronteras, Aldo Rodríguez, sobre los niños que llegan heridos por los bombardeos, sin familiares supervivientes, al hospital en Gaza: “Después de la amputación quedan deprimidos, sin ganas de hablar. Es una situación dramática porque no se trata sólo de la cirugía, sino de todo lo que viene después. […] Puede que mejoren físicamente, pero mentalmente están destrozados”.

Las historias que nos narra Gervasio Sánchez en su último trabajo están intrínsecas en este mosaico de vidas truncadas y muertes vividas, en el pasado y en el presente; todas ellas provocadas por la cara encubierta de los grandes poderes económicos y políticos, responsables de la venta de armas que son utilizadas, mayoritariamente, contra civiles y poblaciones vulnerables.

Respecto a las minas antipersona, aunque prohibidas, siguen germinando muerte bajo la tierra de los campesinos, cercando sus casas, bosques y caminos; un artefacto que no solo simboliza la desconstrucción en tiempos de paz, sino que culmina en una metáfora que aúna a todos los tipos de armas bélicas: la siembra de la deshumanización.

Frente a ello, este periodista que no se pliega a los poderes o entidades, prosigue su andadura y peregrinación de amor hacia las víctimas, en “Vidas Minadas 25 años”, al mostrarnos su cotidianidad: miradas afligidas ante las libertades y oportunidades arrebatadas; miradas atrapadas por su cuerpo, dignificadas por sus propios retos; miradas que siembran vida…  que no se doblegan, y nos hacen repensar con qué tipo de “progreso” queremos continuar.


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lunes, 29 de enero de 2024

Ante una población civil bombardeada por el terror:

VOCES ALUMBRAN EL PLANETA CONTRA LA DESTRUCCIÓN DE GAZA, Y DE LA HUMANIDAD


                                                                              Manifestación en Madrid, enero 2024. (Foto propia).





Estar señalado, cercado, desplazado de tu tierra… despojado de tu casa y arrojado hacia la nada… acompañado del vacío de una maleta en cuyo interior resiste tu nombre, erguido, aquel que hace tiempo unos, con otro nombre, decidieron que no tenía valor humano. “Mi ciudad está triste”, escribía el pasado siglo la poetisa palestina, Fadwa Tuqan: “las ventanas del cielo se cerraron”. Años posteriores, el fotoperiodista Javier Bauluz describía la insoportable situación que sufría la población palestina bajo aquel cielo clausurado por la ocupación israelí. Era 1988: “He visto a niños, viejos y mujeres casi muriendo, tras haberlos encerrado en su propia casa con gas dentro”. […] He visto a los soldados bailar al día siguiente de haber matado a un niño. He visto detener a gente en sus casas y golpearlos con los cañones de los fusiles hasta hacerles perder el conocimiento”.

Si enlazamos las concatenaciones de “yo lo he visto” del pasado con el presente, comprobamos que la violencia selectiva e intencionada contra la población civil, no ha cesado de ejecutarse hasta quebrantar la humanidad.

El periodista L. Delaprée, testigo de los bombardeos contra hogares, escuelas y hospitales del Madrid republicano, escribió en 1936: “El sentimiento más fuerte que he experimentado hasta el día de hoy no es el miedo, ni la ira, ni la compasión, ES LA VERGÜENZA. Estoy avergonzado de ser un hombre cuando el género humano se muestra capaz de masacrar de tal forma a los inocentes”. En eso consistía la guerra total, en atacar a los más frágiles y vulnerables con la “máxima intensidad y violencia” -indicaba Giulio Douhet- para desmoralizar al enemigo ante “la pesadilla continua de las terribles acciones ofensivas”: un método que acabó siendo materializado y justificado por gobiernos y potencias democráticas. Y es que, a pesar de la incompatibilidad de la “guerra moderna” con el progreso humanitario, el símbolo de Gernika -ocultado bajo la tela de la ONU en una rueda de prensa en la que EEUU anunciaba bombardear Irak, en busca de unas armas inexistentes (2003)- , lejos de cerrar el ciclo del horror, abrió el telón a un método aéreo que expandió su grado de crueldad desde Dresde o Hiroshima y Nagasaki en adelante, bajo distintos contextos y tecnologías, pero con un denominador común: sembrar el terror entre la población indefensa.

Que Israel apunte como objetivo a civiles para inyectar el terror, tal como hicieron los deleznables ataques terroristas de Hamas del 7 de octubre, convierte sus acciones en otra forma de terrorismo. Lo atestiguan las escenas que desde Gaza cerraban el año y retoman la espiral en 2024:  un médico ve llegar a su hospital los cuerpos de su padre e hijo bombardeados; una trabajadora sanitaria entra en pánico al reconocer a su pequeña agonizando;  un adolescente tiembla al tomar conciencia de que su amigo acaba de ser enterrado bajo los escombros; un padre regresa con una prenda para calentar a su hijo y lo encuentra bombardeado; un grito desgarrador emerge de un familiar al no poder revivir a un ser querido: aquel gemido que nace de las entrañas y ante el cual nos tapamos los oídos para no saber a qué suena tanto dolor; las voces entrecortadas de los periodistas despidiéndose porque saben que van a ser asesinados en días, horas o minutos… “Este es el último hospital en funcionamiento en Gaza. Esto significa que miles de heridos están solos en el hospital […] Todavía estoy viva pero no sé si sobreviviré esta noche”, reportó Bisan Wizard.

Frente al terror psicológico que supone el saber que vas a morir, y antes de ser masacrado junto a su familia, Refaat Alareer, dibujó con sus versos una cometa que hilvanaba paz, amor y esperanza, en un acto de entereza contra los tortuosos bombardeos que persiguen enloquecer el alma de los supervivientes.

Esta vieja aplicación del terror viene precedida de una violenta instrumentalización del lenguaje, a fin de generar odio contra un sector de la población, deshumanizarlo y justificar lo injustificable: su exterminio. Basta con ver los intolerables vídeos que se toman los soldados israelís festejando, degradando y burlándose con sevicia de los civiles masacrados, al tiempo que recibimos las lágrimas contenidas de un padre que sólo puede envolver con una bolsa de plástico el pequeño cadáver de su hijo, la imagen de un chiquillo que recoge restos humanos o  niños amputados sin anestesia, sin medicamentos, sin agua, sin alimentos, sin padres… Es en su nombre, que durante la pasada manifestación en Madrid, adultos y niños sembraron sus pancartas entre jardines, plazas y flores, convirtiendo la vía pública en un Paseo por Palestina.

Entretanto, incomunicados bajo un cielo tapizado por el horror, civiles y periodistas, siguen lanzando su voz con lo que les queda de aliento, de vista, de oído. “¿Habrá alguien que escuche?”, recitó en 2011 la palestina Rafeef Ziadah: “Hoy, mi cuerpo fue una masacre televisiva y dejarme decir que no hay nada que vuestras resoluciones de las Naciones Unidas hayan hecho jamás”.

Más de una década después, ante un genocidio visibilizado por sus víctimas civiles, me pregunto en qué violencia se inserta su justificación, el silencio, cinismo o la omisión; actitudes que perduran dentro de la comunidad internacional.

Menos mal que no todo el globo terrestre está dominado por la uniformidad y que la dignidad de Sudáfrica alzó su voz; aplaudida, en una ofrenda de gratitud, por otras miles de voces y pulsaciones de esperanza que siguen alumbrando el planeta para clamar la condena y el cese de los actos terroríficos de Israel contra la población civil palestina:  una exigencia sin la cual, de ninguna manera, se podrá cosechar humanidad.

 

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