UN ESCUDO CONTRA EL SOMETIMIENTO: LA SOLIDARIDAD
© Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo
Sonaba
la sirena de fondo y una voz alterada desde Cali: “Todo se destrozó… mi mamá:
todo lo de su casita… no quedó nada vivo”. Los testimonios traspasaban municipios,
departamentos y fronteras hasta aterrizar en los celulares de sus compatriotas en
el extranjero. En aquella mañana del 10 de agosto, en la que un sismo de
magnitud 7.4 sacudió a Colombia, las voces sonaban nerviosas y atropelladas, otras
silenciosas permanecían atrapadas en sectores incomunicados. La incertidumbre crecía y los estragos de la
catástrofe aumentaban: voces quebradas, consumidas por un pozo de vacío y
desesperación.
En
medio del abismo, la mano amiga de la ciudadanía brotaba: una irrefrenable lucha
por salvar vidas se fue expandiendo entre los habitantes de los pueblos,
cercanos o lejanos. Bajo la luna y el sol, desde las horas más críticas; jóvenes
decididos, vecinos, ciudadanos y diversas organizaciones sociales entregaron sin
tregua, su cuerpo y alma a las tareas de rescate, sin recibir más orden que el
pulso de la empatía. En aquellas primeras 72 horas, Ovidio Pizares, del Consejo
Regional Indígena del Cauca, expresaba: “Aquí donde estamos, en Cali, hay
también un símbolo de resistencia”. A las 5:30 de la mañana, una abundante
camaradería se percibía en el lugar desde el cual, el coordinador de la guardia
indígena hacía un llamado a la colaboración del sector campesino, afro e indígena,
por el “deber y responsabilidad de defender la vida”. La inmediata y espontánea
organización de los habitantes fue visible para la comunidad internacional: “Tendríais
que ver cómo están trabajando, de verdad, sus rescatistas y voluntarios. Se
dejan la piel”, manifestó en sus redes sociales la corresponsal española,
Almudena Ariza.
Durante
los momentos más decisivos, en los que el nuevo gobierno de Colombia se negaba
a solicitar ayuda internacional para los rescates; los Topos Aztecas, una
brigada de rescatistas expertos, sin ánimo de lucro e independientes a la
oficialidad, lograban entrar en Cali bajo el abrazo de la ciudadanía.
La
imparable movilización de colectivos y voluntarios fue multiplicando las redes
de abastecimiento, distribuidas en camiones por carreteras y por lanchas en las
vías fluviales; emprendiendo un peregrinaje a lugares desatendidos por el
gobierno; así lo hizo la caravana de la “Minga Humanitaria por la Vida”, llegando
al departamento del Chocó -epicentro del sismo- cargada de “esperanza y compromiso”.
En
otra orilla, las prioridades del recién nombrado presidente, Abelardo de la
Espriella, parecieron anteponer los intereses de los mandatarios de Estados
Unidos e Israel, a las exigencias del estado de emergencia.
El
aplauso otorgado a 82 soldados israelís, después de haber rechazado a la
experimentada Brigada de la Secretaría Nacional de la Defensa de Rescatistas de
México, ofrecida por la presidenta Claudia Sheinbaum, supuso una ofensa para gran
parte de la población colombiana que vio irrumpir en su territorio al Ejército
responsable de un genocidio que ha dejado al planeta sin aliento; más aún con
las recientes declaraciones del ministro de Seguridad israelí, Ben-Gvir: “Creo
que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando 30 o 40
personas cada noche. No solo a quien representan una amenaza inmediata: hay
gente que no merece vivir, que no deberían vivir, que ni siquiera son
personas”.
A
su vez, la visible tarea propagandística del personal israelí, antepuesta a sus
labores de rescate, ha recibido fuertes críticas dentro de la población al
percibir que, a costa del dolor del pueblo colombiano, Israel está blanqueando su
imagen dañada. No es de sorprender la estrategia de comunicación israelí al
intentar presentarse como los salvadores, teniendo en cuenta que la aceptación
de su narrativa, aquella que ha justificado sus crímenes en Gaza y sus violaciones
al Derecho Internacional, ha caído en declive y perdido credibilidad, tal como
corroboran fuentes expertas en el campo de la Seguridad y la Defensa española.
En
paralelo, las declaraciones del secretario de Defensa, Pete Hegseth, sembraron
inseguridad por anunciar, en pleno colapso de los estragos del terremoto, la
autorización de Abelardo de la Espriella para realizar operaciones militares conjuntas,
integradas en el marco de la Coalición de las Américas contra los Cárteles, aunque
su fin señala ir más lejos al afirmar: “Estamos matando terroristas y estamos
derrotando esas fallidas ideologías del socialismo, el extremismo y el
comunismo. Hablando de socialismo, que quede claro: la izquierda internacional”.
El estadounidense trazó un escenario enemigo en el que alineó al
narcoterrorismo y a la izquierda internacional: un anuncio que abona el terreno
para legitimar la violencia contra el adversario político, dar la espalda a los
Derechos Humanos, y al Tribunal Penal Internacional, al cual atacó e instó a sus
aliados a rechazar su jurisdicción.
Siendo
así, desde la posesión presidencial del 7 de agosto una avalancha de frentes, incluyendo
asesinatos a líderes sociales y una desaforada cadena de incendios, han acentuado
la tensión en Colombia. En este marco, Jorge
Aguilera trae a colación el objetivo del aceleracionismo de la extrema derecha,
al explicar cómo, a modo de guerra psicológica, busca maximizar las crisis para
romper el tejido social, saturar a la sociedad, y doblegarla emocionalmente. Frente
a ello -sostiene- la solidaridad resurge como un antídoto contra el sometimiento.
En
este sentido, el pueblo colombiano, el anónimo y omitido en los discursos del estrenado
gobierno, ha demostrado tener la fuerza brava de un océano y el temple de quien
se sabe gobernar a sí mismo. Entre el amor y la lucha, la generosidad y el compromiso,
el fluir de sus venas revela estar en una revolución permanente; enraizado con
otros pueblos cuya historia les ha enseñado a salvaguardar a la humanidad: a la
tierra, y a su mano amiga, América Latina.







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