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jueves, 20 de marzo de 2025

DOCUMENTAR TU PROPIO GENOCIDIO, FRENTE A LA INDIFERENCIA DEL PODER INTERNACIONAL

 

EL LEGADO DE LOS PERIODISTAS PALESTINOS: 

FUENTES PARA SALVAGUARDAR LA VERDAD DE UN PUEBLO MASACRADO


NATALIE NICOLAIA VOLKMAR OSSA
Foto de Natalie Volkmar Ossa. Manifestación contra el genocidio en Gaza, Madrid. 


  © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


En una céntrica plaza de Madrid (España), a las puertas del 2025, se cerraba el pasado año con una vigilia contra el genocidio en Palestina. Las velas iluminaban las sombras que se iban congregando, mostrando su respeto ante una inagotable fila de nombres y apellidos, encaminada a sumar las que serían más de 48.000 víctimas mortales, entre ellas, periodistas palestinos. “Tengo miedo. No sé por qué. Son las 9 de la mañana y nos vamos a Gaza. Ayer tomamos las primeras fotos de un muerto […]. Ahora nos persiguen los espías israelís. Creo que hoy nos pasa algo”, escribía en su diario a finales de los ochenta, el fotoperiodista español Javier Bauluz. Sus palabras, recuperadas en “Intifada Palestina 1988. No empezó todo en octubre de 2023”, coinciden con Fran Sevilla, al anotar que el acoso a los periodistas y la guerra no comenzaron el 7 de octubre; si bien, a partir de aquel día, Israel emprendió una campaña enfocada a asesinar, en los sucesivos bombardeos, a todos aquellos que “se atrevían a empuñar una cámara, un micrófono, un ordenador o incluso un bolígrafo o pluma”. Una estrategia de antaño que busca acallar la verdad de la víctima, borrar y tergiversar su historia.

Contra ello, la concentración en lamento por los civiles bombardeados en Gaza quedaba sumergida en un profundo minuto de silencio. El sonido que emitía el proyector al visibilizar el número de masacrados, un ronroneo atemporal, parecía tintar aquella atmósfera de blanco y negro, y en un flashback, retornar al siglo pasado: a la universalidad de la guerra moderna. Concretamente, a aquel solar en ruinas al que quedó reducida y pulverizada la España republicana, víctima de los ataques aéreos a cargo del franquismo, fascismo y nazismo.

Aquellas fotografías de los años 30 revelaban por primera vez la espiral de estragos humanos que provocaban los experimentos de la guerra total: la desintegración de cascos urbanos, la muchedumbre huyendo, almas rotas, personas deambulando entre los escombros de sus hogares perdidos, desesperados, buscando a sus familiares…otros, ensimismados, intentando recordar su propio nombre… Era el horror de la guerra total, al que fueron indiferentes potencias como Francia e Inglaterra a pesar de ver -a través de una cobertura periodística colmada de fotografías que probaban las más cruentas masacres contra mujeres, ancianos y niños-, cómo estaba siendo aniquilada, desde el aire y ante sus ojos, la población republicana.

Potencias que permanecieron imperturbables ante el dolor ajeno, sordas a las advertencias de aquellos humanistas, filósofos o juristas que, ya en la época, estaban escandalizados respecto a un método que atentaba contra el Derecho Internacional; aquel que pocos años después, protagonizó la devastación de masivas poblaciones, sumidas en la II Guerra Mundial.

Casi un siglo después, contemplamos la misma indolencia de las grandes potencias y poderes internacionales que, en contra del dialogo, de la responsabilidad y empatía social, continúan enarbolando armas, inyectando odio y alentando con discursos belicistas a más guerra; conduciendo a la humanidad a un mayor retroceso.

Mientras tanto, aquellas fotografías de ruinas, vacío y abandono que recordamos del siglo pasado, se encarnan ahora en Gaza, lugar desde donde Abubaker Abed, en nombre de los periodistas palestinos, pronunciaba un comunicado de prensa, a principios de enero: “Nos has visto derramar lágrimas por nuestros seres queridos, colegas, amigos y familiares. Nos habéis visto morir de todas las formas posibles. Hemos sido inmolados, incinerados, desmembrados y destripados. ¿De qué otras maneras deberíais vernos morir para que podáis moveros y actuar, y detener el infierno que se nos ha impuesto?”.

Efectivamente, hemos comprobado cómo el cuerpo de periodistas palestinos no ha cesado de documentar, desde dentro, el terror, dolor y desesperación de su propio genocidio.

Frente al estado de humillación, aquel que inmoviliza y hace enmudecer, lograr documentar tu experiencia, reconocerla en el otro, convertirla en conocimiento y en una fuente histórica, constituye -explicaba Didi-Huberman- un acto de subversión. En este sentido, si trasladamos el argumento que desarrolló el filósofo en “Cuando el humillado mira al humillado” -en alusión a las imágenes registradas en 1939 por el fotógrafo republicano Centelles, preso en el campo de concentración de Bram (Francia)-, a la cobertura de los periodistas en Gaza, observamos que, a medida que fraguaron un trabajo documental sobre el genocidio, “por una especie de inversión dialéctica” también fueron germinando un trabajo de rebeldía e insumisión contra él.

Ante la impunidad e indolente normalización del horror que proyectan las grandes potencias respecto a Gaza, nos queda aferramos al legado que nos dejan los periodistas palestinos, aquellos que encaminaron su labor a salvaguardar la verdad de un pueblo, el suyo, sepultado deliberadamente bajo las bombas. Y es que, en consonancia con las palabras de Herbert Matthews, revividas por Paul Preston: “Puede parecer que el periodismo fracasa en su labor cotidiana de suministrar material para la historia, pero la historia nunca fracasará mientras el periodista escriba la verdad”.


Publicado en Desde Abajo


lunes, 4 de marzo de 2024

“VIDAS MINADAS”, LA SIEMBRA DE UN “PROGRESO” DESHUMANIZADO

UNA PEREGRINACIÓN DE AMOR HACIA LA VÍCTIMA

NATALIE NICOLAIA VOLKMAR OSSA                                                                                                         Foto: Gervasio Sánchez, procedencia  expo. “Vidas Minadas 25 años”.

 

 © Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


Caen gotas desde el inabarcable espacio celeste; lluvia para sembrar, cosechar, nutrir raíces y entretejer la existencia con su hábitat. Zonas rurales, selváticas, fértiles, donde el oxígeno y la madera aún perviven: un tesoro de atmósfera poblada de biodiversidad, donde cada amanecer trae consigo la vida.  

En estado puro, podríamos cristalizar esta imagen en el entorno de aquellas culturas que enriquecieron y embellecieron de opciones la tierra, antes de haber sido arrasadas, heridas, maltratadas, por la avaricia del poder occidental.

El paso de los siglos demostró que aquella colonización, cimentada en masacres, expolio, humillación, exterminio y opresión, convirtió dentro y fuera de sus sociedades, la lluvia en bombas, los alimentos en cenizas, la salud en epidemias, el aire en armas químicas, las aldeas en desplazamientos forzosos, las cosechas en fábricas de armamento y los cultivos en acumulación de tumbas.

Hasta la estética tuvo un lugar para abrazar al horror: “La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas, como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas …”, publicó el futurista Marinetti en el marco de la guerra de Etiopía, 1935, mientras la aviación de Mussolini gaseaba a los nativos. Previamente, como documentó Sven Lindqvist, ya Gran Bretaña, EEUU, Francia y España habían bombardeado a poblaciones no occidentales, amparados en un discurso discriminatorio que reajustaba las leyes de guerra conforme a sus intereses y a su autodesignada superioridad; aquella que le permite a EEUU seguir imponiendo su veto en la ONU.

No es de extrañar que, tras haber presenciado la explotación, el hambre, el éxodo y una espiral de guerras a lo largo del siglo XX, el fotógrafo brasileño, Sebastião Salgado, se decantara en su obra “Génesis” por retornar su mirada hacia la plenitud de la naturaleza, y reclamar con “Amazonía” la protección de sus tribus y del ecosistema, gravemente amenazado por proyectos que contribuyen a su destrucción. 

La industria de la minería, hidroeléctricas, cementeras o megaproyectos turísticos que persiguen engrosar su riqueza a costa de tierras ancestrales, sin contar con la aprobación de sus comunidades, es una constante que continúan denunciando sus líderes y lideresas, especialmente en Centroamérica y Suramérica; permanentemente intimidados, criminalizados y asesinados. Entre los testimonios recabados desde Honduras y Guatemala por el fotógrafo Gervasio Sánchez, nos compartía la lideresa hondureña, Rosalina Domínguez, el motor de su perseverancia: trasladar a las siguientes generaciones la necesidad de salvaguardar su entorno, entendiendo que su lucha, incluso su muerte, constituye una siembra… De resistencia y dignidad; un pulso que irradian los rostros de este trabajo documental, “Activistas por la vida”, realizado por el mencionado fotoperiodista quien, no solo ha profundizado durante décadas en las secuelas de los conflictos armados o entramados represivos, sino que se detiene en responsabilizar a la industria armamentística y a quienes la sostienen.

“Los responsables de tanto dolor se esconden tras la nebulosa de intereses y siglas. La industria armamentística es cada día más poderosa e impenetrable a pesar de las leyes sobre el control de armas de los países democráticos y que casi siempre se convierten en papel mojado a la hora de realizar negocios de la muerte”, señaló Gervasio Sánchez en “Vidas minadas 25 años”; su reciente obra que nos conduce a reflexionar sobre cómo las guerras suprimen, mutilan y limitan la vida de las personas, talando su cuerpo a través de un artefacto o perforando su alma ante el dolor de una pérdida: propia o ajena.  Algo actual, que podemos equiparar al recuerdo del cirujano mexicano de Médicos Sin Fronteras, Aldo Rodríguez, sobre los niños que llegan heridos por los bombardeos, sin familiares supervivientes, al hospital en Gaza: “Después de la amputación quedan deprimidos, sin ganas de hablar. Es una situación dramática porque no se trata sólo de la cirugía, sino de todo lo que viene después. […] Puede que mejoren físicamente, pero mentalmente están destrozados”.

Las historias que nos narra Gervasio Sánchez en su último trabajo están intrínsecas en este mosaico de vidas truncadas y muertes vividas, en el pasado y en el presente; todas ellas provocadas por la cara encubierta de los grandes poderes económicos y políticos, responsables de la venta de armas que son utilizadas, mayoritariamente, contra civiles y poblaciones vulnerables.

Respecto a las minas antipersona, aunque prohibidas, siguen germinando muerte bajo la tierra de los campesinos, cercando sus casas, bosques y caminos; un artefacto que no solo simboliza la desconstrucción en tiempos de paz, sino que culmina en una metáfora que aúna a todos los tipos de armas bélicas: la siembra de la deshumanización.

Frente a ello, este periodista que no se pliega a los poderes o entidades, prosigue su andadura y peregrinación de amor hacia las víctimas, en “Vidas Minadas 25 años”, al mostrarnos su cotidianidad: miradas afligidas ante las libertades y oportunidades arrebatadas; miradas atrapadas por su cuerpo, dignificadas por sus propios retos; miradas que siembran vida…  que no se doblegan, y nos hacen repensar con qué tipo de “progreso” queremos continuar.


Publicado en Desde Abajo

martes, 14 de noviembre de 2023

Tierra callada bajo cielos estrellados


NATALIE NICOLAIA VOLKMAR OSSA
 Fotografía del periodista Jesús Abad Colorado López: Necocli, Uraba, 2012.
Foto de la exposición "El Testigo" tomada por Natalie Volkmar Ossa en el Claustro de San Agustín, Bogotá. 
                                                    


© Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


En este presente, tensionado por la guerra y ausencias ininterrumpidas, me es imposible olvidar aquella fotografía en la que Jesús Abad Colorado, nos muestra el interior de una casa destruida, redecorada con unas flores que su dueña, Ana Felicia, deposita entre las ruinas. Aquella acción, que nos habla de resistencia y dignidad, me hizo tomar conciencia del pulso perseverante de las víctimas; un latido atemporal y trasfronterizo que nos acompaña de manera intergeneracional… un susurro rebelándose contra el olvido.

Abrazada a este pensamiento rebusqué en el Centro de Memoria Histórica de Salamanca huellas y testimonios sobre los represaliados en España, hasta quedar obnubilada por una poderosa enredadera, de un verde intenso, que se abría paso entre las piedras. Aquel pálpito silvestre, insumiso, pretendiendo escapar del silencioso recinto parecía ser el murmullo de los ausentes, resistiéndose a desvanecer.

Me aferré a mi maletín cargado de fuentes históricas, rememorando aquella metáfora que equipara al patrimonio con “nuestro equipaje de mano” y emprendí mi regreso. Había oscurecido y empezaba a llover. Me fijé en los reflejos del agua y a modo de espejismo imaginé cómo emergían sobre los adoquines los rostros de la guerra: reflejos caídos de las estrellas. En la espera de un semáforo elevé la vista y percibí en una inmensa pared el dibujo de unos ojos pensativos, en blanco y negro, que decía: “La mirada donde pueda ver más lejos”. Los únicos brochazos de color que tenía aquel mural del artista Caín Ferreras, compartían el amarillo, azul y rojo de la bandera de Colombia.

Enseguida me transporté a aquellas tardes de diluvio por la séptima de Bogotá, y concretamente, a los cielos estrellados de lugares “donde se ofendió la vida”: fotografías de Abad Colorado que bien podrían conformar una bóveda que recubra el Claustro de San Agustín: espacio de sigilo, actualmente habitado por la exposición “El Testigo”.

Un recorrido que -en comunión con la necesidad que defendía Walter Benjamin de resignificar la guerra, desde abajo, desde quienes sufren sus estragos-, visibiliza las ausencias, las historias inconclusas, los episodios rotos, sus fragmentos y resistencias, lo anónimo…

De acuerdo con ello, la labor documental de Jesús Abad manifiesta la cara opuesta a toda espectacularidad, heroización y estetización bélica, caligrafiando los estragos con imágenes rebeldes, independientes, humanizadas, dentro de las cuales el detalle y lo cotidiano, insignificantes para los grandes medios de comunicación, rebosan de significado. En este sentido, sus fotografías, desvinculadas de toda “narrativa codificada” - diría Susan Buck-Morss -, sacuden y desmontan, generando una contranarrativa, aquella versión unilateral diseñada por determinadas élites que proyectan -bajo sus intereses y desde un ángulo contrario a la víctima- una justificación y representación banal, normalizada y permisiva de la guerra.  

Algo habitual, teniendo en cuenta que tal como expresaba J. Esteban Marquillas, en una entrevista para La Vanguardia, toda decisión de hacer la guerra surge “de un cálculo de coste- oportunidad por el que las élites la instigan tras calibrar incentivos y desincentivos”. Frente a ello, las fotografías de Abad -a las cuales R. Barthes se referiría como pensativas o “subversivas”, por rasgar y herir más allá del impacto-, amplían el prisma con el que responsabilizar a quienes -a salvo de sufrir los efectos bélicos-, fomentan el odio para perpetuar la violencia. Una reflexión que va en consonancia con el argumento de Hannah Arendt respecto a cómo el grado de responsabilidad no debe reducirse a quien porta el arma.

En este contexto, los testimonios visuales que recoge el periodista y fotógrafo para documentar en profundidad el conflicto armado de Colombia, lejos de quedar restringidos a una temporalidad o geografía, irradian un valor universal.

Si nos acogemos a la interpretación que hace G. Didi- Huberman respecto a los usos antagónicos que tiene la imagen, los testimonios de Abad Colorado -contrarios a registrar el poder- desvelan su “potencia” al resignificar la guerra, precisamente, desde la “impotencia” o entereza de quienes se hallan en una situación de vulnerabilidad, opresión e invisibilidad, tal como lo hizo en su tiempo Goya con los Estragos de la Guerra o Picasso en Gernika.

Imágenes de carácter universal que, en este caso, despegan del Claustro de San Agustín - un refugio pedagógico, democrático y sede de patrimonio cultural donde rostros, voces y miradas sobresalen de las paredes entretejiendo y cristalizando memoria- para abrir sus alas entre las páginas de la reciente colección publicada, en cuatro volúmenes, “El Testigo: Memorias del Conflicto Armado Colombiano…”. Libros cuya adquisición me hace evocar aquella bellísima noción de patrimonio que esboza Serban Anghelescu: “Patrimonio (patrimonium) es, etimológicamente la herencia del padre (pater) pero se puede llevar consigo, en sus peregrinaciones, las cenizas o los huesos del padre, se puede tratar patrimonialmente el propio cuerpo paterno. Es el caso de Ulenspigel, que no se separa jamás de un saquito hecho por su madre, de un saquito que contiene las cenizas del corazón de su padre […]”.

De esta manera, tal como custodiamos a nuestros ancestros con el corazón, nuestro patrimonio cultural y la memoria colectiva nos reviste de una segunda piel al enseñarnos a transitar, comprender y a mirar fuera de nosotros mismos.

Considerando que la guerra es enemiga del saber, y atendiendo a aquella fotografía de Abad Colorado que muestra a una niña en Bahía Portete, la Guajira, frente a un tablero de una escuela derruida, en disposición de escribir y envuelta en un vestido de un rojo intenso que simboliza para los wayuu la resistencia, cada libro de esta colección se subleva -de la mano de las víctimas- contra la desinformación, en busca de memoria: un derecho de los territorios para sembrar la paz, reescribir su historia y compartir una conciencia social capaz de trenzar una red de solidaridad, universal, en contra de la violencia.  

Siendo así, y en cualquier rincón del mundo, cada vez que el viento levanta el vuelo de las hojas -diminutas perlas sobrevolando la atmosfera-, está presente el latir de los ausentes, junto con la esperanza que personificó Jesús Abad al fotografiar a un campesino adentrándose en una vereda tapizada de un manto de hojas (o mariposas) amarillas… en ese caminar en paz.  Ha llegado el momento, escribía María Belén Sáez de Ibarra, de “alejarnos de la procesión victoriosa de los amos de la guerra” y acompañar “la resistencia”…, una fortaleza que bien podría ser la de los pueblos, en un canto a la vida y acto de rebeldía contra toda guerra.  


 Publicado en Desde Abajo

martes, 19 de octubre de 2021

EL CAMPO DE VISIÓN EN LA FOTOGRAFÍA AMPLIADO 180 GRADOS CON ÁLBUM DE POSGUERRA


LOS ESTRAGOS DE UNA GUERRA, MÁS ALLÁ DE LO NOTICIABLE

NATALIE NICOLAIA VOLKMAR OSSA

Álbum de Posguerra, frag. foto de Gervasio Sánchez, Biblioteca Sarajevo, Lukimedia, Movistar+


© Natalie Volkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


La potencia de toda pieza cultural, pensativa, inquieta, rebelde, crítica…, es que rebosa de esos detalles capaces de sacudirnos para (re)pensar ideas, y es en este riego de creaciones que vamos construyendo un espacio neutro, compartido y recíproco; una biblioteca de inagotables reflexiones que se manifiestan en los más variopintos formatos. Es aquí donde sitúo al reciente documental, Álbum de Posguerra, que arranca desde otra hermosa biblioteca, solo que esta -bombardeada en la guerra de Bosnia- no alcanzó a dejarnos ideas; nos quedan, sin embargo, las historias de los supervivientes y un interesante tema a explorar; extensible a todos los conflictos armados, banderas y fronteras.

Lejos de referirse a entrañables fotografías que avivan los recuerdos encajonados, este documental, nos conduce a aquellas historias que laten invisibles en la actualidad; silenciosas ellas, desapercibidas ante nuestra mirada; en definitiva, ignoradas por aquel mercado que decidió determinar en qué debemos o no reflexionar, categorizando el drama, y resolviendo que las consecuencias de la guerra no interesan.

Acostumbrados a observar las fotografías en las salas de exposiciones y en las páginas de gruesos libros habitados de miradas que no nos ven, de gritos que no nos escuchan, y de manos que no podemos estrechar; Gervasio Sánchez libera sus imágenes para devolverlas, entre quienes fueron tomadas, a su lugar de origen: Sarajevo, compleja ciudad que flota entre un pasado y futuro incierto. Es en Álbum de Posguerra que este periodista y fotógrafo del mundo -incansable e incisivo en esa búsqueda de respuestas entorno a los estragos de las guerras- nos embarca en un recorrido transfronterizo y temporal para ofrecernos otro ángulo con el que percibir sus imágenes, y el significado de una guerra.

No será desde la heroica literatura que este documental nos hable de las cicatrices del conflicto bélico, sino desde las heridas que siguen sangrando en silencio; ocultas a la mirada ajena y refugiadas en ese compartimento clandestino que conlleva toda intimidad. El reencuentro entre aquellos que fueron niños bajo las bombas, la suciedad y el hambre en el Sarajevo de los años noventa, con la imagen de su infancia, será lo que desate la memoria de sus protagonistas: recuerdos que abrigan su alma y dan cobijo a lo que fueron, y a quienes ya no están.


Frag. foto de Gervasio Sánchez, Selma y Alma, (propia), en Expo Los ojos de la Guerra 

                                                                                                

Edo, Saban, Damir, Jasmin, Alma, Selma, Danko… son los rostros de una generación que forma parte de aquella historia sigilosa, hija de la guerra, que sigue haciendo de ellos lo que son.  Ni el escritor más carismático lograría recrear a tal altura las genuinas confidencias, reflexiones y elocuencias que con admirable generosidad nos comparten sus protagonistas en esa regresión en el tiempo y pasarela al presente.

Son sus vivencias de la guerra las que nos ayudarán a completar aquellos fuera de campo, connaturales a la fotografía pero que, inevitablemente, no dejan de seducir a toda imaginación inquieta: ¿qué había detrás de esa mirada?, ¿cómo eran los sótanos en los que se refugiaban?, ¿dónde estaban los padres?, ¿qué sucedió antes y después de haber sido captados por el objetivo de aquel fotoperiodista español?; muchas de estas preguntas, predestinadas a evaporarse en las salas de exposiciones ante la ausencia de sus protagonistas, serán respondidas en este espacio de reencuentro que logra, al unísono, romper el blindaje de ese otro fuera de campo que es el tiempo.

Gervasio Sánchez, a lo largo del documental, deja su batuta de testigo/autor, intrínseca a todo intermediario o traductor -diría Giorgio Agamben-, y da un paso atrás con esa peculiar nobleza que trae consigo el acto de ceder la palabra y la cámara, para situarse en un segundo plano desde el cual invita a contar; convirtiéndose él mismo, en oyente y espectador.

El magistral tratamiento que hace el equipo creativo de los recursos audiovisuales para entretejer los saltos en el tiempo, con Ángel Leiro y Airy Maragall como directores, y el dialogo que despierta la música de Xabier Capellas en ese puente entre el pasado y el presente, nos sumerge con cautela y delicadeza, en la realidad desmaquillada de sus protagonistas, no por ello exenta de tonalidades, poesía y de una elegante serenidad.

Siendo así, Álbum de Posguerra aleja a la fotografía de esa concepción que la encajona en un instante fosilizado, mudo, insonoro y limitado, para otorgarle una inusual elasticidad e interacción que consigue ampliarnos el campo de visión de lo fotografiado 180 grados. En contra de las imágenes inmediatas, crudas, urgentes y de escaso pudor que tienden a sintetizar los patrones del horror de una guerra; ese profundizar en las historias y trascender en el tiempo acaba por demostrarnos que el mercado se equivoca al detener prematuramente el cronómetro de lo noticiable: no se habla de ellos pero ahí están; en el aire y belleza de Sarajevo, y en tantos otros lugares, conformando su historia, encadenados entre un pasado persistente y un futuro acelerado, con esa fortaleza y talante que da la resistencia y que nos ayuda a comprender la permeabilidad en el tiempo de los estragos de una guerra.


Fotograma Álbum de Posguerra, Aljosa, Lukimedia, Movistar +


Fotograma Álbum de Posguerra, Damir y Jasmin, Lukimedia, Movistar +

       
Fotograma Álbum de Posguerra, Sarajevo, Lukimedia, Movistar +


Álbum de Posguerra, Lukimedia, Movistar +


Publicado en Desde Abajo , Desinformémonos

lunes, 5 de marzo de 2018

EL DOLOR AJENO, Y EL INSTANTE “CEDIDO”



© Natalie Volkmar Ossa

Ya son varios los fotoperiodistas que han reconocido cierto malestar psíquico al pensar que su trabajo se nutre del dolor ajeno. Viejo debate moral sin zanjar que no deja de reactivarse cada cierto tiempo, más aún cuando existen premios de renombre que inevitablemente acaban por fomentar la competitividad y con ello conductas poco éticas. Porque no todo vale cuando se trata de inmortalizar un pedazo de la historia de los otros, un drama que no nos pertenece. 
Sin intención de reactivar el espinoso debate deontológico sobre qué y cuándo fotografiar sin afectar o arriesgar la vida de la víctima,  no deja de sonar algo sarcástico el hecho de que la industria periodística siga premiando fotografías construidas desde el dolor ajeno.



No cabe duda de que el fotoperiodismo se manifiesta como un oficio fundamentalmente social en tanto que nos muestra un abanico de historias dignas de ser rescatadas del olvido. De no ser por este tipo de imágenes, posiblemente no saldríamos de aquel estado narcisista en el que entramos cada vez que rumiamos más de la cuenta alrededor de nuestro limitado mundo. Sin ellas nos resultaría más difícil aproximarnos a imaginar aquellas realidades que conviven superpuestas y que, tarde o temprano, acaban por confluir en un mismo espacio. Tal sería el caso del sur de España donde, desde un punto de vista metafórico podríamos visualizar el mar como una explanada de cadáveres; decenas de africanos ahogados por la huida, flotando entre el oleaje y el sol del amanecer mientras lanchas de turistas y bañistas despreocupados rozan los cuerpos sin tan siquiera detener su mirada.
Pero la imagen fotográfica quiebra ese filtro emocional, consigue avergonzarnos al revelar cómo por esas mismas aguas por donde estamos nadando se balancean a la deriva hombres, niños y mujeres. Allí están, ausentes y presentes para ceder el peor instante de su vida a algún fotoperiodista. Por eso no deja de suscitar cierto malestar el hecho de que esta clase de fotografías sean objeto de nominaciones, aplausos y trofeos.



Claro que puestos a asumir que la industria periodística ha decidido que es lícito galardonar este tipo de imágenes, me pregunto en qué lugar quedaría premiada la víctima ya que, al fin y al cabo, es la constructora y conductora de su propia escena.

¿Qué sucede cuando el decorado forma parte de la realidad de los otros y es la propia situación trágica que como un agente del diablo impresiona al espectador al generar una imagen dantesca? Si se trata de registrar un escenario ya montado, vivo, real y ajeno, no es descabellado que pensemos en el fotoperiodista, no tanto como en un autor sino como en un traductor capaz de conectar al espectador con la víctima a través de esa ventana indiscreta que acaba siendo el objetivo.


Distinto sería si el fotoperiodismo estuviera estrechando lazos con el arte, manipulando con la estética el drama ajeno…, claro que ahí habría un nuevo dilema ético, más que nada porque la industria periodística que tanto insiste en hacernos creer que existe un extraño concepto de objetividad sublime, está difundiendo dichas fotografías como "cobertura informativa", bajo aquella abanderada palabra, tan codiciada y casi profética: veracidad. Por este motivo, chirría y resulta más contradictorio que esta industria premie fotografías cuyo contenido esté generado y protagonizado por instantes que ni tan siquiera le pertenecen al fotógrafo…

Tiempo ha pasado desde el comienzo del auge del fotoperiodismo y ya son abundantes las fotografías que recogen aquel instante decisivo nombrado en su momento por Henri Cartier-Bresson, muchas de las cuales han sido premiadas con el Pulitzer o el World Press Photo. Pero seguro que todavía queda tiempo entre ceremonia y concurso para reflexionar sobre en qué lugar queda la víctima cada vez que comparte su dolor con aquella extraña e inhóspita cámara y le “cede” aquel instante con el que mañana el fotógrafo recibirá su exitoso galardón.