Realidad,
pasado y emoción parpadean de forma compleja en torno a la fotografía; quiénes
no habremos querido robarle al tiempo una prueba de ese fragmento de
experiencia vivido, agarrar una copia capaz de reproducirla físicamente cuantas
veces lo deseemos. Nos aferramos a un trozo de papel donde el reflejo de aquel
instante perdura físicamente hasta que la nostalgia nos recuerda que ha dejado
de existir, que la imagen que tenemos delante es tan sólo la sombra del momento
vivido.
| Archivo LOTY, Calle y puerta de Toledo, IPCE. |
Es
indudable que la fotografía construye memoria, es más, como un catalejo mágico
nos invita a mirar a un pasado desconocido, a conocer otros rostros, distintas
miradas, ciudades, acontecimientos o épocas que no están al alcance de nuestra
imaginación. Nos transporta a expresiones y vivencias que algún día fueron,
revive anécdotas, parajes, calles, mercados, ambientes... que no sólo
enriquecen nuestro conocimiento, sensibilidad e imaginación, sino que sirven de
bálsamo para aliviar nuestra nostalgia:
“Cuando
el monótono gotear de la lluvia invernal nos arrincona en el hogar solitario de
donde huyeron los hijos, esas colecciones nos desentumecen, evocando los días
placenteros de la juventud y madurez. ¡Qué pena se siente al pensar en la
muchedumbre de seres ignotos, descendidos a la tumba y que viven y palpitan,
sin embargo en nuestras viejas fotocopias [sic]. Saludemos de pasada a estos
muertos transeúntes, ignorantes de que, gracias a nuestro objeto, alcanzaron
una sombra de vida y un momento de actualidad 1”.
Ramón
y Cajal, 1941.
Sin
estas fotografías que nos desvelan un tiempo lejano resultaría difícil
imaginar, por ejemplo, la plaza de Callao durante los años 20; el silencio, la
ausencia de tráfico, el polvo de la arena, el ritmo pausado de los
transeúntes... Suponerlo es fácil sí, no tanto imaginarlo; para ello
necesitamos referencias y las únicas que preservamos, tales como algunos
edificios antiguos, descansan en un segundo plano, permanecen desplazadas por
la escenografía de fluorescentes y pantallas audiovisuales que chispean insaciables
al servicio del consumo. En este entorno, el transeúnte no elige qué mirar, es
la imagen quien lo elige a él, lo agarra y absorbe con sus efectos, parpadeos y
colores chillones, aun cuando él no lo desea. Un exceso de imagen y saturación
de los sentidos que hace sombra al pasado; obstaculizando valorar lo “viejo”,
adjetivo que se torna con cariz despectivo al connotar inutilidad en una
sociedad cada vez más práctica.
La misma esencia de las fotografías digitales está orientada a la fácil sustitución, muy en consonancia con una sociedad donde los productos tienen una pronta caducidad: si todo aquello que fotografío es borrado o sustituido en milésimas de segundo, ¿por qué guardar una fotografía vieja o perder el tiempo observando algo ya caduco? La propia dinámica social y económica pone en peligro la protección de aquellos bienes que, en este caso fotográficos, dan testimonio de lo que algún día existió. Y así, inmersos en una cultura que aplaude lo novedoso, lo canjeable y la estandarización, vamos borrando las huellas del pasado; poesía capaz de replantearnos nuestro presente.

