sábado, 26 de noviembre de 2016

EL OCASO DEL PALACIO DE LA MÚSICA



Dalí, Singularidades,1935-1936.


“Todos aquellos lugares mágicos que nos guiaban como faros de la tormenta, poniendo al alcance de nuestra curiosidad mundos ignotos, sonidos formidables y pensamientos rebeldes, esos lugares que marcaban el pulso de la cultura de una ciudad han sido desplazados [...] por la especulación inmobiliaria, la competencia desleal de las grandes superficies, la incompetencia de las administraciones y la trivialización del conocimiento 1”.

Javier Pérez de Albéniz, 
"El derecho a la cultura" en Reacciona.


© Natalie Volkmar Ossa

En medio de esta nueva Gran Vía del siglo XXI, enmarcada entre escaparates de moda e ininterrumpidas cadenas fast food, pareciera que lo único que quedara del Palacio de la Música fuera su esqueleto. Los carteles publicitarios de Gran Vía incitan al consumo frenético marcando un ritmo acelerado que impide fijar la atención en este palacio. Allí permanece; mudo, sin utilidad alguna, como una piedra que estorba en la avenida comercial, inerte, como la sombra de un fantasma. Así, el Palacio de la Música, tan esplendoroso en otros tiempos, tan lleno de creación y fantasía parece cerrar el telón del siglo pasado.

Imaginar cómo sería en sus mejores tiempos, la atmósfera que vivía el auditorio, su ritmo, sus apasionados conciertos, sus glamurosos estrenos cinematográficos o sus experimentos con el Club Teatro se hace difícil teniendo en cuenta el marco decorativo que le rodea. El único café que puede tomarse frente a él procede de un diminuto Burguer King aprisionado entre escaparates de moda desde el cual puede verse el palacio como si éste se hallase fuera de contexto, clavado en la tierra de su pasado y custodiando un espacio ya deshabitado de orquestas, de ilusiones, de aplausos. Sólo se vislumbran sus muros desolados los cuales desprenden una pizca de vida gracias a un limpiabotas que parece haberse colado en otro tiempo. El resto de sus muros están bordeados por gente sin hogar refugiada en sus zócalos y una tanda de grafitis mal pintados.

En estas circunstancias es casi imposible romper las barreras del pasado y traspasar las puertas ya tapiadas para lograr imaginar cómo viviría aquel público a partir de los años veinte acontecimientos tan sorprendentes como el paso del cine mudo al sonoro. Lo que sí podemos imaginar es cómo aún, en la frialdad y penumbra del interior del palacio, permanece una ligera silueta que sigue recorriendo fugaz los pasillos, palcos y butacas;  la sombra de su pasado, que pervive como si la emoción del público se hubiese fosilizado en el aire, como si la música siguiera sonando y desprendiendo aquellas melodías de tiempos lejanos.
Es tras estos muros inertes e invisibles que subyace la memoria del Palacio de la Música cuyo destino ha quedado atrapado entre la cultura y el olvido. De esta forma el palacio, puesto en venta como si se tratase de un producto más de los escaparates de Gran Vía, permanece con las puertas cerradas, tapiadas por un cemento que, a modo de maquillaje, ha borrado su expresión.

Eduardo Galeano recuerda un episodio de su vida que le sirvió como metáfora a la hora de explicar en qué consistía la dignidad del arte:

“Ella y yo éramos los únicos espectadores. Cuando se apagó la luz se nos sumaron el acomodador y la boletera. Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público, trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta. [...] Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala 2”.

Eduardo Galeano, Libro de los abrazos.




 Dalí, Coloquio sentimental, 1944.
En la historia de Galeano, los actores se enfrentaban al vacío de las butacas, en esa circunstancia era la gente que no deseaba ser partícipe de una manifestación artística. Pero, ¿qué ocurriría si fuese al revés, si las butacas estuviesen atiborradas de gente pletórica y expectante esperando con ilusión participar de un acto creativo y sin embargo, el escenario estuviese vacío?
Me pregunto qué sucederá el día en el que la gente desee acudir al auditorio cuando mañana ya no habrá escenario, ni pantalla de cine, ni butacas para soñar sino filas interminables de productos distribuidos meticulosamente bajo las leyes del marketing listos para vender, no tanto para pensar y reflexionar... ¿o pensar ya no está de moda?



Dalí, El escritorio antropomórfico, 1936.


Si la sociedad permite que se siga sustituyendo la cultura por el comercio, el retrato que hacía Marcuse sobre la sociedad de consumo recobrará vigencia: “La gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une el individuo a su sociedad ha cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido 3 ”.
Ante esto, y no menos ante la tendencia que tiene el consumismo a cosificar a las personas, reivindicar la recuperación de la actividad cultural de espacios memorables como el Palacio de la Música o el Teatro Albéniz como lo está haciendo gran parte de la ciudadanía es un acto que, sirviéndonos del relato de Galeano, realza la “dignidad de la cultura4 ”. 


Seguir alimentando esta dignidad es crucial, ya que, como matiza Pérez de Albéniz: “la cultura, como la libertad o la democracia, también son creaciones sociales perecederas. Mantener esa llama exige un mantenimiento, una atención constante ”.

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1 PÉREZ DE ALBÉNIZ, J.: “El derecho a la cultura” en VV.AA.: Reacciona. Madrid. Aguilar, 2011,   págs. 143-144.
2 GALEANO, E.: Libro de los abrazos. Madrid. Siglo XXI de España, 1989, pág. 141.
3 MARCUSE, H.: El hombre unidimensional. Barcelona. Planeta-Agostini, 1985, pág. 39.
4 GALEANO, E.: Libro de los abrazos. Madrid. Siglo XXI de España, 1989, pág. 141.
5 PÉREZ DE ALBÉNIZ, J.: “El derecho a la cultura” en VV.AA.: Reacciona. Madrid. Aguilar, 2011, pág. 144.