lunes, 19 de diciembre de 2016

ENTRE LA ÓPERA Y SU ESPECTADOR, LA SUGERENCIA



Ángel Orcajo. En el enigma, años 2000.

Al pensar en una ópera instantáneamente viene a mi mente un escenario repleto de arte y complejidad. 
Si la puesta en escena de una danza contemporánea hace sentir que la escultura tradicional cobra vida, que el espíritu de las esculturas se liberan del mármol para comunicar sus emociones, la puesta en escena de una ópera parece despertar los grandes lienzos y revivir sus escenas pictóricas. 
La ópera se construye como un collage de destrezas artísticas: una soprano al jugar con la agilidad de su voz se acerca a la personificación de una delicada armonía, la orquesta conforma la atmósfera y hábitat de los personajes dejando que cada instrumento provoque una imagen o emoción nueva; amenaza, melancolía, ensoñación... El coro late pesado, compacto, acentuando la carga dramática mientras la agilidad de los bailarines descompone sus cuerpos e interactúa en el espacio generando metáforas y volúmenes arquitectónicos. La escenografía como marco decorativo junto con las ilusiones ópticas, juegos lumínicos, tonalidades... son tan sólo algunos de los recursos artísticos que se conjugan para construir la pieza final: la ópera.



Una vez orquestadas estas piezas, la opera como producto termina, no así como manifestación artística puesto que entra en juego un nuevo elemento creativo e indispensable para que se complete el arte: la mirada del espectador.
El espectador es creativo en tanto que su imaginación interpreta aquello por lo que es seducido. Por tanto, antes de producirse la manifestación artística como tal, será necesario que se genere un nexo de unión entre el público y la obra, una reciprocidad o sencillamente aquella “simpatía” a la que se refería Thomas Mann:

“Los hombres no saben por qué les satisfacen las obras de arte. No son verdaderamente entendidos, y creen descubrir innumerables excelencias en una obra, para justificar su admiración por ella, cuando el fundamento íntimo de su aplauso es un sentimiento imponderable que se llama simpatía1 ”.

Thomas Mann,   Muerte en Venecia, 1912.

Jacques Rancière2 va más allá al explicar cómo el “mirar” y “percibir” son fenómenos totalmente activos mediante los cuales el público completa la obra y le otorga un sentido dentro de la ambigüedad interpretativa que conlleva toda creación. Por tanto, el “efecto” de una obra no pertenece a quien la crea; producir, orquestar las piezas de una ópera no significa producir su “efecto”. Para producir dicho efecto será necesario recurrir a la percepción e interpretación del espectador activo. Ya nos lo anticipaba Roland Barthes3 al explicarnos cómo “el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor”.

El efecto de cada obra representada será diferente en el corazón de cada espectador e intentar homogeneizarlo sería limitar la creación, basta con que el público coincida en un detalle; que por una u otra razón la obra provoque en él, un “despertad de sus sentidos”. Este despertar será el encuentro, el diálogo necesario entre “la obra y su espectador”, el requerimiento indispensable para que pueda fortalecerse la manifestación artística como tal.

Desde esta perspectiva, entendemos que la belleza del arte se encuentra más allá de la estética, trucos y maravillas que acontecen sobre el escenario, reside más bien en el magnetismo que pueda provocarse entre la obra y su espectador. 
Así, siguiendo la línea de Rancière4 cabría pensar en el espectador como un “coautor” de la obra si se quiere culminar el proceso artístico entendido como la empatía que surge entre la obra y su espectador.

Pero ¿cómo generar ese vínculo, magnetismo o fascinación entre la obra y su espectador?


Si rebobinamos en el tiempo es indudable que la ópera en su origen fue todo un fenómeno audiovisual, es más, ya en el siglo XVII contemplar un lienzo de Caravaggio en penumbra, bajo las velas de una silenciosa iglesia barroca era en sí un espectáculo, un vuelco de simbolismo y tenebrosidad para los sentidos. 
Sin embargo, en el siglo XXI las iglesias modernas incorporan un despliegue tecnológico demasiado vulgar para la mirada del espectador y la religión poco tiene que ver con la lúgubre Contrarreforma por lo que sería difícil pensar que el mismo lienzo de Caravaggio bajo una fría luz de neón pudiera irradiar el mismo impacto que en siglos pasados.


Teniendo en cuenta que el arte se va redefiniendo acorde a las nuevas demandas que exige todo proceso histórico, cabría  preguntarse qué espera el público del siglo XXI  para ser conmovido en una ópera.

De entrada, no cabe duda del enorme potencial que tiene el género operístico para despertar los sentidos y la creatividad del espectador. Sin embargo, muchas veces observamos decepcionados desde la butaca cómo la riqueza de recursos e instrumentos artísticos son utilizados para construir escenas desde imágenes escrupulosamente explicitas, prescindiendo de uno de los más extraordinarios recursos del arte; la sugerencia.

Insinuar o “sugerir”,  implica necesariamente al espectador en el proceso creativo, demanda su participación, le invita a crear y aportar elementos desde su imaginación, no ocurre así cuando se abusa de la literalidad en la construcción de una obra, hecho que encamina al espectador hacia una tediosa pasividad. Por el contrario, la “sugerencia” proyecta la mirada del espectador hacia un horizonte inacabado; construye imágenes y sensaciones a partir de elementos como la sutileza, el matiz, la indeterminación, la sorpresa...lo que desprende cierta dosis de enigma, infinitud y poesía, capaces avivar sus sentidos.

Sin ánimo de pretender adivinar las expectativas del público del siglo XXI, sí me atrevería a defender la sugerencia como un recurso indispensable para el “despertar de los sentidos” del espectador, si tenemos en cuenta que cada persona necesita un margen de libertad para soñar...

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1MANN, T.: La muerte en Venecia, Las Tablas de la ley. Barcelona.  PLAZA&JANES, S.A., Traducciones de Martín Rivas, Raúl Schiaffino, primera edición de la colección: 1982. Cap. 2.
2RANCIÉRE. J.: El espectador emancipado. Castellón. Ellago, traducción de Ariel Dilon, 2010.
3BARTHES, R.: El susurro del lenguaje: más allá de la palabra y de la escritura. Barcelona.  Paidós, 2009, pág. 75.

4RANCIÉRE. J.: El espectador emancipado. Castellón. Ellago, traducción de Ariel Dilon, 2010.