![]() |
| Ángel Orcajo. En el enigma, años 2000. |
Al pensar en una ópera
instantáneamente viene a mi mente un escenario repleto de arte y
complejidad.
Si la puesta en escena de
una danza contemporánea hace sentir que la escultura tradicional cobra vida,
que el espíritu de las esculturas se liberan del mármol para comunicar sus
emociones, la puesta en escena de una ópera parece despertar los grandes
lienzos y revivir sus escenas pictóricas.
La ópera se construye
como un collage de destrezas artísticas: una soprano al jugar con la agilidad
de su voz se acerca a la personificación de una delicada armonía, la orquesta
conforma la atmósfera y hábitat de los personajes dejando que cada instrumento
provoque una imagen o emoción nueva; amenaza, melancolía, ensoñación... El coro
late pesado, compacto, acentuando la carga dramática mientras la agilidad de
los bailarines descompone sus cuerpos e interactúa en el espacio generando
metáforas y volúmenes arquitectónicos. La escenografía como marco
decorativo junto con las ilusiones ópticas, juegos lumínicos, tonalidades...
son tan sólo algunos de los recursos artísticos que se conjugan para construir
la pieza final: la ópera.
![]() |
Una vez orquestadas estas
piezas, la opera como producto termina, no así como manifestación artística
puesto que entra en juego un nuevo elemento creativo e indispensable para que
se complete el arte: la mirada del espectador.
El espectador es creativo
en tanto que su imaginación interpreta aquello por lo que es seducido. Por
tanto, antes de producirse la manifestación artística como tal, será necesario
que se genere un nexo de unión entre el público y la obra, una reciprocidad o
sencillamente aquella “simpatía” a la que se refería Thomas Mann:
“Los hombres no saben por
qué les satisfacen las obras de arte. No son verdaderamente entendidos, y
creen descubrir innumerables excelencias en una obra, para justificar su
admiración por ella, cuando el fundamento íntimo de su aplauso es un sentimiento
imponderable que se llama simpatía1 ”.
Thomas Mann,
Muerte en Venecia, 1912.
![]() |
El efecto de cada obra representada
será diferente en el corazón de cada espectador e intentar homogeneizarlo sería
limitar la creación, basta con que el público coincida en un detalle; que por
una u otra razón la obra provoque en él, un “despertad de sus sentidos”. Este
despertar será el encuentro, el diálogo necesario entre “la obra y su
espectador”, el requerimiento indispensable para que pueda fortalecerse la
manifestación artística como tal.
Desde esta perspectiva,
entendemos que la belleza del arte se encuentra más allá de la estética, trucos
y maravillas que acontecen sobre el escenario, reside más bien en el magnetismo
que pueda provocarse entre la obra y su espectador.
Así, siguiendo la
línea de Rancière4 cabría pensar en el espectador como un “coautor” de la obra
si se quiere culminar el proceso artístico entendido como la empatía que surge entre la obra y su espectador.
Si rebobinamos en el tiempo es indudable que la ópera en su origen fue todo un fenómeno audiovisual, es más, ya en el siglo XVII contemplar un lienzo de Caravaggio en penumbra, bajo las velas de una silenciosa iglesia barroca era en sí un espectáculo, un vuelco de simbolismo y tenebrosidad para los sentidos.
Pero ¿cómo generar ese vínculo, magnetismo o fascinación entre la obra y su espectador?
Si rebobinamos en el tiempo es indudable que la ópera en su origen fue todo un fenómeno audiovisual, es más, ya en el siglo XVII contemplar un lienzo de Caravaggio en penumbra, bajo las velas de una silenciosa iglesia barroca era en sí un espectáculo, un vuelco de simbolismo y tenebrosidad para los sentidos.
Sin embargo, en el siglo XXI las iglesias modernas incorporan un despliegue tecnológico demasiado vulgar para la mirada del espectador y la religión poco tiene que ver con la lúgubre Contrarreforma por lo que sería difícil pensar que el mismo lienzo de Caravaggio bajo una fría luz de neón pudiera irradiar el mismo impacto que en siglos pasados.
![]() |
Teniendo en cuenta que el
arte se va redefiniendo acorde a las nuevas
demandas que exige todo proceso histórico, cabría preguntarse qué espera el público del siglo
XXI para ser conmovido en una ópera.
De entrada, no cabe duda
del enorme potencial que tiene el género operístico para despertar los sentidos
y la creatividad del espectador. Sin embargo, muchas veces observamos
decepcionados desde la butaca cómo la riqueza de recursos e instrumentos
artísticos son utilizados para construir escenas desde imágenes
escrupulosamente explicitas, prescindiendo de uno de los más extraordinarios
recursos del arte; la sugerencia.
Insinuar o “sugerir”, implica necesariamente al espectador en el
proceso creativo, demanda su participación, le invita a crear y aportar
elementos desde su imaginación, no ocurre así cuando se abusa de la literalidad
en la construcción de una obra, hecho que encamina al espectador hacia una tediosa
pasividad. Por el contrario, la “sugerencia” proyecta la mirada del espectador hacia un
horizonte inacabado; construye imágenes y sensaciones a partir de elementos
como la sutileza, el matiz, la indeterminación, la sorpresa...lo que desprende cierta dosis
de enigma, infinitud y poesía, capaces avivar sus sentidos.
Sin ánimo de
pretender adivinar las expectativas del público del siglo XXI, sí me atrevería
a defender la sugerencia como un recurso indispensable para el “despertar de
los sentidos” del espectador, si tenemos en cuenta que cada persona necesita un
margen de libertad para soñar...
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
1MANN,
T.: La muerte en Venecia, Las Tablas de la ley. Barcelona. PLAZA&JANES, S.A., Traducciones de Martín
Rivas, Raúl Schiaffino, primera edición de la colección: 1982. Cap. 2.
2RANCIÉRE.
J.: El espectador emancipado. Castellón. Ellago, traducción de Ariel Dilon,
2010.
3BARTHES,
R.: El susurro del lenguaje: más allá de la palabra y de la escritura.
Barcelona. Paidós, 2009, pág. 75.
4RANCIÉRE.
J.: El espectador emancipado. Castellón. Ellago, traducción de Ariel Dilon,
2010.



