miércoles, 14 de diciembre de 2016

LA MAGIA TRAS BAMBALINAS



Ángel Orcajo, El caminante ante el mar de niebla, 2000.







             

Al entrar por la puerta giratoria como si de un truco se tratase quedé sumergida en un espacio que irradiaba otra atmósfera. Un intenso calor se pegaba a mi cuerpo junto con un reconfortante olor a materiales escenográficos, carpintería, maquetas, sastrería... un olor a fantasía, a magia.
El teatro guardaba la solemnidad de un museo, sólo que este museo seguía vivo, fabricando creaciones. El recorrido conducía a innumerables pasillos laberínticos que sugerían ser rampas o pistas de aeropuerto dispuestas a despegar hacia la próxima función. De tanto en cuanto, se adivinaba alguno de los innumerables trabajadores anónimos, no se dejaban ver; ni antes ni después de la representación, tenían los rostros desdibujados por la fugacidad de su presencia. Tan sólo eran visibles las huellas que iban regando por cada rincón del teatro; un libreto arrugado repleto de anotaciones coloridas, un instrumento mimado y cubierto cuidadosamente por la chaqueta de su dueño, una silueta que cruzaba veloz el vestíbulo con una caja de herramientas, una camisa sudorosa que descansaba sobre una barra de baile, unos ojos inquietos de rostro curtido que se ocultaba tras bambalinas...

Picasso, El Actor, 1902.

Como una fortaleza, los muros espesos del teatro protegen drásticamente el interior de esta fábrica de fantasía del exterior más cotidiano. Los viandantes bordean sus muros como si el Teatro Real fuese un sagrado o suntuoso mausoleo.
La tarde se funde con un prematuro anochecer de invierno, las luces navideñas de los jardines de la plaza de Oriente parecen ser el vestíbulo de una lujosa recepción. Allí está: La ópera va a comenzar... El aforo queda poblado de miradas expectantes hacia el escenario. Se abre el telón: los trucos tras bambalinas se hacen visibles, imagen y música se compenetran para transportar al espectador a mundos ignotos.

Se cierra el telón, desaparece la ficción y con ella se aleja el murmullo de su público. Tiempo después sólo queda la sombra de la luna y un teatro ya dormido.


Cada butaca del aforo permanece aún con la fragancia de aquella persona que la ocupó. En un ala remota y oscura del edificio un técnico transporta materiales en un pesado montacargas. Permanecen solos la noche, el técnico y su propia respiración que parece ir recobrando fuerzas para la próxima función.
Diminuta, frente aquel volumétrico teatro me pregunto si esta noche se habrá producido sobre el escenario la misma magia que se produce cada instante tras bambalinas.
Las butacas del inmenso salón de actos han quedado vacías, silenciadas, la frialdad de la madrugada ya ha evaporado el aroma que dejó en ellas cada espectador... me pregunto qué habrá sentido aquella persona que se sentó en el segundo piso de la quinta fila, butaca ocho. ¡Qué más da! si mañana será  otro día, mañana será otro público.
No da igual, es cierto que mañana leeremos las críticas del estreno en los periódicos y supondremos que para todo el público la obra produjo o producirá un efecto semejante. Pero si el arte es cosa de dos, entre cada butaca y la obra tuvo que generarse un vínculo más allá del aplauso.

Insisto. ¿Y la butaca del tercer piso, fila cuatro, asiento veintidós...?