© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo
Era
un 9 de agosto de 1994 cuando un joven, de voz contenida, mantenía su entereza para
pedirle a Colombia, y a la justicia, que frenaran la ofensiva contra la
izquierda: “Que no quede este crimen impune como el de tantos hombres justos y
valientes que han peleado por este país”. Eran las palabras pronunciadas por el
actual candidato a la presidencia Iván Cepeda, desde el lugar en el que
acababan de asesinar a su padre, Manuel Cepeda Vargas, entonces senador de la
Unión Patriótica (UP).
Por
décadas, parte de la sociedad de América Latina elevó sus voces contra la
impunidad de los crímenes de Estado; lanzando a volar pétalos de rosas en
memoria de aquellas ideas, fuentes de inspiración, que nos dejaron los ausentes:
pensamientos no fosilizados, que fluyen por generaciones en cánticos, en
versos, entre conversaciones, en las universidades, entre las páginas de los
libros; emancipadas, abiertas al debate, construyendo mundo y conocimiento.
Los
crímenes no lograron hacer desaparecer las ideas que creían patrimonio
exclusivo de quienes las portaban; ellas, intangibles, irrefrenables, átomos
con vida propia, siguieron latiendo vaporosas en el universo; a veces desde el
silencio de una celda, otras en la clandestinidad, en los tinteros de los
maestros, o en el exilio. Tiempos aquellos en los que se pretendía uniformar y
controlar las mentes… como si las ideas no florecieran y no escaparan por las
rejas.
Estas
persecuciones sistemáticas que han padecido los políticos progresistas, sindicalistas,
líderes sociales, abogados, magistrados o periodistas incómodos, han estado
precedidas por despiadadas campañas de criminalización, como sucedió con el genocidio
político contra los miembros de la UP.
Explicaba
Francisco Sierra en Pensar la guerra. Constitución imperial y modo de control
informacional… de qué manera, en el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos
instrumentalizó el terrorismo como epicentro de la desinformación -convertido
en un concepto fetiche, en palabras de Sara Miles- para legitimar el empleo de
los métodos contrainsurgentes.
Con
el paso del tiempo, y recientemente con la Administración de Trump, somos
testigos de cómo el relato de la lucha contra el terrorismo internacional,
amplificado al narcotráfico, continúa sirviendo de pretexto para amenazar y aprisionar
a los adversarios políticos, así como avalar intervenciones militares.
Los
resultados de estas narrativas son demoledores: la justificación en Estados
Unidos de las deportaciones masivas bajo -expresado por José Antonio Sanahuja-
la “inverosímil teoría legal” de la invasión, al identificar a los inmigrantes
como una amenaza para los pilares de la nación; la aniquilación bajo las
órdenes de Netanyahu de una población palestina etiquetada como terrorista; la
seguridad que prioriza Bukele a costa de la inseguridad que viven otros
ciudadanos, susceptibles de ser encarcelados sin pruebas, o del acoso a los
periodistas que cubren temas de seguridad pública y pandillas, tal como denunció
Reporteros Sin Fronteras.
La
expansión del pavimento de la extrema derecha en Iberoamérica se muestra
visible a través de la iniciativa de Vox de difundir una supuesta conspiración que
tiene lugar en una parte de la región “secuestrada por regímenes totalitarios
de inspiración comunista, apoyados por el narcotráfico y terceros países”:
“Todos ellos, bajo el paraguas del régimen cubano e iniciativas como el Foro de
São Paulo y el Grupo de Puebla, que se infiltra en los centros de poder para
imponer su agenda ideológica”, manifiesta la Carta de Madrid, firmada por dos
de los candidatos a la presidencia de Colombia: Abelardo de la Espriella, y la
uribista Paloma Valencia.
Ante
la estrategia de desinformación que está poniendo en riesgo la Seguridad
Nacional en materia de democracia, Sergio Gracia sostiene la necesidad de “desmontar
sus trampas, señalar sus abusos y no aceptar que el respeto sea una mordaza
para los de siempre”, invitando a “negarse a vivir de rodillas ante quienes han
hecho del insulto una forma de poder”, expresó en Toca contestar (a la extrema
derecha) a quien insulta.
A
las puertas de las elecciones presidenciales del 31 de mayo: las turbias campañas
de antaño resurgen de la mano de una ultraderecha mundial que añora el orden
homogeneizado, la política belicosa y la obediencia; enarbolando un
autoritarismo desbocado que parece extraído de celuloides del pasado siglo, y
cuyo horizonte dibuja jaulas de acero.
Ante
la impúdica violencia verbal, la avalancha de difamaciones y calumnias por
parte de aspirantes a la campaña electoral contra el candidato presidencial
Iván Cepeda, recordó Hollman Morris en RTVC: “La historia de este país nos
enseña que con esos señalamientos, se exterminó un partido político”.
Fluyen
por el río las palabras que un acompañante de las comunidades en los procesos
restaurativos tejió bajo el anonimato; en ellas habla de la plegaria que habita
en los hogares atravesados por los impactos del conflicto armado, en el murmullo
de las madres que esperan, en los campesinos e indígenas que resisten en medio
del asedio; una plegaria que “sigue llegando hasta nosotros como un río de
fondo que pide ser escuchado, que ahora danza y se expresa en la posibilidad de
la continuidad de un gobierno progresista”.
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