sábado, 28 de marzo de 2026

NARCOTRÁFICO, ESTIGMA, EL AMOR Y LA POLÍTICA

 


  
                                             
Mural en Medellín: Melancolía, Señor OK, Ledania, ZDEY, (foto propia).

 

© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo


La palabra narcotráfico connota distintos significados. Que se lo digan a las madres de los pueblos pesqueros gallegos, del norte de España, que tuvieron que ver cómo se les deslizaba de las manos el alma de sus hijos sumidos por la heroína, y seguidamente, soportar el desprecio que gran parte de la sociedad vertía sobre ellos. O que le pregunten a la mayoría de los colombianos qué supuso el narcotráfico por aquellas mismas décadas de los 80 y 90; cercados por los atentados, el miedo, y el estigma que les dejó, a ojos extranjeros, la estela de Pablo Escobar.

Por su parte, la narcocultura, en su función propagandística, cimentó su éxito en el pozo de desarraigo en el que se hallaban miles de jóvenes quienes; bien por haber crecido en zonas de desierto laboral, bien por subsistir cerca del umbral de la pobreza, no percibían mayor esperanza que el arraigo brindado por las bandas del crimen organizado que les auguraban un futuro con una identidad reforzada de dinero, y de autoestima. Un espejismo de oro tras el cual se escondía la sordidez, la oscuridad, y el fracaso de aquellos entornos turbios descritos por Alfredo Molano en Rebusque mayor. Relatos de mulas, traquetos y embarque.

En la actualidad, aunque hayan cambiado los enclaves de producción del tráfico de sustancias ilícitas, las rutas de distribución, los modos operandi, y las formas de reclutamiento hayan migrado al ciberespacio; la vulnerabilidad sigue siendo un imán, a nivel mundial, para enganchar a los jóvenes traficantes.

No es extraño que en la rueda de prensa celebrada hace poco más de un mes en Washington D.C.,  tras a la reunión con Donald Trump, el presidente Gustavo Petro subrayara la necesidad de reactivar la economía como antídoto contra el cultivo de coca: “Si la gente no tiene con qué comer, no tiene otras opciones en las selvas, en las montañas, en lugares donde no llega una carretera, o donde para transportarse duran doce horas para sacar un producto agrario legal a un mercado, lo que hará es narcotráfico”.

En ese sentido, el presidente defendió ampliar el ángulo de actuación a las políticas sociales y, antes que bombardear o quemar las casas de los campesinos que sobrellevan la pobreza, reparar la brecha de abandono que condena, en diversos territorios, a sus habitantes al tráfico ilícito, y a ser utilizados como mano de obra del crimen organizado. Yendo más lejos, priorizó perseguir a los “capos de los capos”, primera línea del narcotráfico, que tienen el poder para “dominar el tráfico de mujeres, de niños, de órganos, de armas, de sustancias supremamente venenosas como los insumos del fentanilo, el internet que llaman oscuro…”. Cúpulas del narcotráfico integradas por distintas nacionalidades que, lejos de los cultivos milenarios y las cosechas, habitan en lujosos lugares de Dubái, Miami o de ciudades europeas como Madrid.

Dando un salto a la perspectiva de los millones de habitantes multiculturales de la capital de España que ni se imaginan dónde puede estar personificado el poder del crimen organizado, una joven voz recorría con sus versos los vagones del metro durante estos meses en los que florecen los almendros. Era Apiasere, el rapero colombiano que dedica Soy Putumayo y Campesino a su gente; a su padre, a los trabajadores de la tierra, de “manos sucias y corazón puro”; a su resistencia a pesar de la escasez de hospitales, educación de calidad, y vías de comunicación para poder comercializar sus cultivos. 

De acuerdo con ello, vincular la lucha contra el narcotráfico con el amor, como ha defendido en varias ocasiones el presidente Petro, trasciende a la poética para profundizar en una problemática que afecta al planeta, no sin olvidar aquellos sistemas sociales que generan en el ser humano “la incapacidad de amar y la soledad absoluta”.

A este vacío que afecta a las distintas clases económicas y fomenta las adicciones podríamos añadirle la “anomia”, a la cual se refería Garrido Lora como un “sentimiento de aislamiento del individuo por la carencia de referentes sociales”, alimentado por gran parte de los medios de comunicación: desde la saturación de estimulantes, el desbordado consumismo, hasta la banalización de la muerte y de las conductas criminales. 

Dicho fenómeno es aprovechado para anclar campañas de desinformación en contextos de violencia política, situaciones prebélicas o guerras, con el objeto de instrumentalizar al sujeto que, apático e insatisfecho con sus relaciones humanas: “renuncia a entender los límites entre el bien y el mal, entre los fines y los medios”, explicó Garrido en ¿Qué valores humanos utiliza la propaganda en los conflictos?

Con el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, las repercusiones en Oriente Medio, la destrucción de Gaza, los estragos de las políticas de asfixia a Cuba…, se disparan las informaciones tóxicas enfocadas a engendrar al enemigo, justificar la barbarie, y legitimar los atentados contra los Derechos Humanos. Un veneno cimentado en calumnias, mentiras, montajes y el despliegue de insultos por las redes a través de “sicarios digitales” contra sus oponentes políticos.

Ya en la rampa de las elecciones presidenciales de Colombia, el candidato por el Pacto Histórico, Iván Cepeda, emitía contra este tipo de ataques un comunicado: “Soy hijo de un dirigente y senador de la República asesinado por sus ideas, por una vida íntegramente consagrada a defenderlas. Yo mismo soy sobreviviente del genocidio político que se ha perpetrado por décadas contra la Unión Patriótica y la izquierda en Colombia. He sufrido en carne propia, lo que significa cuando el odio pretende sustituir la palabra”.

En época de elecciones, entre balas y claveles; armas o libros, cárceles o educación, opresión o alas, veremos si logra vencer al odio la fuerza del amor. Hasta entonces, que resuene la metáfora de Amin Maalouf sobre el destino y el velero: “El que está al timón no puede decidir de dónde sopla el viento, ni con qué fuerza, pero sí puede orientar la vela”.

 

Publicado en Desde Abajo