LA PROTECCIÓN DE LA SOBERANÍA Y EL RESPETO A LOS DERECHOS HUMANOS
© NatalieVolkmar Ossa / Publicado en Desde Abajo
Un
tendero del siglo XIX escribía en los albores de la Independencia: “Los objetos
indígenas, que hallamos por casualidad o por codicia, más que por amor al
estudio, son destruidos o llevados al extranjero, en vez de quedarse en nuestro
museo”. J. Caballero, cuyo diario cobija
la Biblioteca Nacional de Colombia, reclamaba la protección de la riqueza de
los testimonios prehispánicos que emergían como faros de identidad. Bajo la
bruma de las montañas, entre mares y ríos, han seguido ensanchándose y orbitando
las voces que han reivindicado el respeto a la soberanía y a su Patrimonio
Cultural, frente a la explotación de los recursos naturales, humanos y
económicos por parte de la codicia de potencias extranjeras, en detrimento del
progreso del pueblo colombiano.
Los
rieles de la historia: un ferrocarril para Santa Marta expone en el Centro
Cultural de Cartagena cómo la United Fruit Company, además de abusar de la mano
de obra de sus habitantes, se apropió de su ferrocarril: un elemento económico,
identitario y propulsor de manifestaciones culturales para la región del
Magdalena. El desenlace lo trazó Débora Arango en su obra El tren de la muerte:
cientos de huelguistas asesinados en la Masacre de las Bananeras, lo que
tradujo la complicidad de la compañía con los poderes estatales y la Fuerza
Pública, denunció J. Eliécer Gaitán ante el Congreso (1929).
En
el actual contexto, el juramento de fidelidad a Estados Unidos realizado por
Abelardo de la Espriella ha desatado el temor de que gobierne bajo intereses
ajenos a la nación, por lo que un segundo grito de la Independencia cobra
reverberación para gran parte de la ciudadanía: “el tercero” matizó una
conductora -defensora de “la paz y el amor”- al argumentar que el segundo se
logró cuando subió Gustavo Petro a la Presidencia.
La
controversia no fue ignorada dentro del encuentro periodístico Iberoamericano
de la Fundación Gabo: Carmen Aristegui lo abordó en su entrevista a Juan Manuel
Santos. “Hay discusiones más importantes en este momento”, contestó el
exmandatario. Su insistencia en restarle magnitud al problema desató la
sorpresa de la periodista mexicana que recalcó: “Es un tema importante, y en
este momento ardiente”. En el auditorio se dejó sentir una atmosfera ávida de
debate, sesgada por la evasiva respuesta. El oxígeno, la resistencia y el
latido periodístico recobraron fuerza en la sala más pequeña del recinto, donde
se exploró otro frente de máxima preocupación: las amenazas de “mano dura” del
próximo presidente contra la protesta social. Partiendo de la represión que,
siendo presidente Iván Duque, padecieron varios periodistas en el Paro Nacional
de 2021, se abrió el debate para establecer redes de cuidado que permitan
cubrir futuros reclamos sociales.
En
relación con el Estallido Social recordé, en el marco de la cobertura de Cali,
el anuncio que el periodista José Alberto Tejada, hizo de lo que definió como
“una bocanada de esperanza” y “un potente mensaje de solidaridad del sector que
menos se esperaba”: la Reserva Activa del Pueblo (R.A.P.). Un movimiento
pacífico de veteranos y reservistas progresistas del Ejército de Colombia se
posicionaba por entonces al lado del pueblo frente a las desapariciones,
asesinatos y torturas que estaba cometiendo la Fuerza Pública contra
manifestantes que reclamaban dignas condiciones de vida. Los jóvenes se
defienden “con escudos de madera o de lata y los están asesinando con fusiles”
expresaba el Sargento (R) Alexander Chalá Sáenz, representante del movimiento
que brindó protección a líderes sociales y a Alberto Tejada, crudamente
amenazado y cuyo trabajo -expresó Amnistía Internacional- fue “crucial para
denunciar violaciones de derechos humanos y crímenes de derecho internacional”.
El
reciente 10 de julio, la R.A.P. hacía oficial un “Comunicado a la opinión
pública: Movimiento de Reservas Activas del Pueblo” a través del cual daba a
conocer su nueva etapa, remarcando un enfoque en la defensa de los Derechos
Humanos, resolución pacífica de conflictos, reconciliación y paz social;
invitando a ciudadanos, jóvenes, profesionales y líderes comunitarios
interesados en la “democracia constitucional” a desarrollar actividades
pedagógicas, acompañamiento comunitario, solidaridad social…, “dentro de un
estricto enfoque de legalidad, no violencia, transparencia y respeto por la dignidad
Humana”. Una labor, ampliada por los territorios de Colombia, que seguirá
brindando protección en el cubrimiento de las manifestaciones a periodistas en
riesgo.
El
20 de julio, en aquella plaza de Bolívar donde todavía resuena la música del
concierto de la Esperanza, comenzaban los primeros pasos de la resistencia en
las calles. Después de la multitudinaria
acogida que tuvo lugar en el sur de Bogotá, Ciudad Bolívar, la conmemoración de
la Independencia, frente al Palacio de Nariño se concentraban jóvenes,
familias, parejas y compañeros de universidad con sus pancartas; la dignidad de
la guardia indígena se ondeaba junto al color de Palestina, así como una
discreta bandera de la R.A.P. cuyos miembros desprendían entusiasmo y energía.
Entre ellos, Alexander Chalá, con rostro de alma curtida y mirada traslúcida,
de libro abierto.
Mientras
un pintor alegraba la vista con un cuadro en el que Cepeda conversaba con el
pueblo, la estatua de Bolívar era rodeada por niños y niñas de trenzas, lazos y
capuchas con sus padres, y abuelos a los que la historia de Colombia les ha
corrido por las venas: un flujo de generaciones se reflejaba en el brillo de
los adoquines de aquella tarde lluviosa donde circulaban ejemplares de la
prensa independiente, camarógrafos y periodistas, trabajadores heterogéneos y
unos brazos que expresaban en alto: “No somos colonia de nadie”.
Frente
a la sospecha de que el presidente entrante dé la espalda a la soberanía y a
los Derechos Humanos, gran parte del pueblo colombiano, desde los diversos
sectores -entre diálogos, abrazos y talantes erguidos- ha comenzado a
entretejer redes de cuidado mutuo; fortaleciendo el pulso de la resistencia, en
defensa de la Constitución y de su derecho sagrado a la vida… nuevamente:
“hasta que la dignidad se haga costumbre”.
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